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12.06.2009 DIARIOS
DIARIOS II

24/02/08


¿Es posible concebir una escritura carente de finalidad? ¿Que se fagotice así misma y se convierta en una mera tautología de la propia identidad? ¿Una reiteración obscena de sí mismo, una hipérbole del yo? Esto es lo que me preocupa de la escritura diarística y lo que, en cierto modo, me distancia de ella. Hay indudablemente recursos para sortear el yo, aunque en mi caso carezco de imaginación suficiente para llevar a cabo cualquier forma de suplantación. No obstante, vengo observando que sí parece existir una suerte de fractura entre el yo pesaroso de la conciencia y el yo que escribe; se produce al escribir un cierto distanciamiento que permite al sujeto prepararse para la representación: observando y observándose. Una tarea que requiere, por tanto, algún tipo de engaño, de efecto. No conviene mostrarse demasiado desnudo ante la página en blanco porque incluso uno mismo sospecharía de su propia sinceridad; se recomienda un maquillaje sutil, un vestuario adecuado a la ocasión; no demasiado ostentoso, pero que no pase por completo desapercibido. Se trata de ser visto sin que uno quede desvelado por completo, lo que por otro lado sería no sólo imposible sino radicalmente falso. Al hablar del yo jugamos con la mentira como parte de una trama que incluye el enigma. Me gustaría que el Diario le diese una tregua a la conciencia para aplacar su ansiedad. No estoy muy seguro que la solución pase por la invención, o mejor, el disfraz del yo, pero no se me ocurre otra manera de sortear este círculo de silencio para volver a escribir.
Recuerdo que desde muy joven me preocupó el problema de la vocación, y no únicamente en su sentido religioso aunque fuese éste el carácter más determinante. Todo ello lo vivía con una gran confusión porque no sabía si se trataba de una llamada exterior a mí que yo me sentía incapaz de oír y que, consecuentemente, me apartaba de los elegidos o, por el contrario, era yo el que arrogantemente me negaba a escuchar cualquier voz que no proviniese de mi interior. Ya entonces tenía la sospecha de que mi yo oponía una obstinada resistencia ante todo aquello que no se dejase apresar por mi propia conciencia; temeroso, acaso, de perder lo único que me permitiría proseguir en dicha encrucijada. Desde entonces, desde aquel verano en Santa Amalia en que mi primo Jacinto me leía la Carta a los romanos entre los maizales, sigo en ese cruce de caminos.







4/03/08

¿Qué se puede esperar de un debate político de esta naturaleza, en el que los candidatos de los partidos mayoritarios confunden intencionadamente al espectador arrojando sobre su contrincante el descrédito? Me molesta que se utilice el símil boxístico para describir un espectáculo de esta naturaleza caracterizado por la simulación, el subterfugio, el golpe bajo y la afrenta intelectual. No hay verdad en la contienda porque, en el fondo, no hay verdadero riesgo; no me atrevería a decir que se incurre en el tongo pero tengo la impresión de que en una situación hipotética, dictada por otras coyunturas, los contendientes podrían perfectamente intercambiarse sin que se modificase sustancialmente el contenido de sus discursos; quizás otra cosa sean sus agendas ocultas, algo con lo que deberíamos empezar a contar en política. Llegados a este punto acaso sea más importante lo que se calla que lo que se dice, aunque esto último esté así mismo camuflado por lo que se oculta. La televisión no ejecuta ningún acto de desvelamiento, ni hace más transparente y diáfano el sistema democrático, por el contrario desvirtúa su propia complejidad haciéndonos creer que las realidades sociales y políticas de un Estado como el español están adecuadamente y únicamente representadas por Rajoy o Zapatero cuando ellos mismos son conscientes de su debilidad estructural ante otros actores no invitados al ensayo de hoy, pero principales ante el verdadero drama. Lo que me importa de este tipo de debates no es quién lo gana sino el método por medio del cual se nos convierte en cómplices de esta falacia. Ese fácil antagonismo nos incapacita para una meditación más exigente y más severa de nuestra realidad política, induciendo al ciudadano a utilizar el voto como un arma arrojadiza; metaforizándose las elecciones en una suerte de guerracivilismo entre vencedores y vencidos. Me temo que para algunos votantes la papeleta electoral camufla la pistola. Y, sin embargo, hay razones de sobra para responder al cinismo que ellos representan con nuestro escepticismo. En este juego hay víctimas y conviene saberlo.












22/03/08


No estoy muy convencido de mi reflexión sobre el debate televisivo entre Rajoy y Zapatero y no tanto porque tenga dudas respecto al escaso valor democrático del espectáculo que protagonizaron, sino porque siento que hay demasiad rabia en mis palabras. Me siento incómodo y eso se percibe en ese modo de escribir tenso, a la defensiva, carente de ironía. No creo que haya que bromear con la situación, máxime después de unos resultados que aparentemente sepultan la complejidad y diversidad política en un bicromatismo ideológico, pero hay que descargar de tensión, promoviendo un moderado y sutil relativismo, la imagen de interesada crispación con la que ambos líderes han querido retratarse. El PP se equivocó al proponer una política pétrea, de valores cosificados, de principios irrenunciables, ideologizando en exceso sus propias convicciones e invitando al elector a una suerte de conversión espiritual por la salvación de España. Una política no sólo previsible sino, lo que es peor, lamentablemente muy alejada de la realidad. Se han empeñado en exorcizar los problemas de España como si se tratasen de males que aquejan a un espíritu poseído; de ahí la insistente demonización del nacionalismo, del laicismo, del pacifismo, etc. Un partido que ha envejecido en los últimos años y que, acaso como consecuencia tanto del aznarismo como de notables victorias parciales, se siente incapaz de redefinir sus propios discursos, revisándolos críticamente, así como de exponerse a un durísimo y agrio debate interno. La derecha no ha sido nunca en este país un bloque compacto, no, al menos, en un sentido ideológico, aunque la voluntad de poder y la defensa de unos intereses comunes le haya empujado a formar amplias, pero desiguales, coaliciones. Quizá sea este el momento propicio para ajustar equilibrios internos en un partido que ha empezado a manifestar síntomas de división que, en su caso, anuncian no sólo el inevitable relevo ante un liderazgo fracasado sino, lo que a mi juicio es más relevante, la nueva formulación política del PP. Si quiere gobernar el Estado tendrá que contar con otros y para ello habrá de incorporar la ductilidad a su estilo de hacer política. Sin maximalismos, sin pronunciamientos edificantes, sin condena; en un ejercicio de moderación crítica donde ellos vean a los demás y se vean a sí mismos como parte del problema y no únicamente como solución del problema.
En el otro lado de ese arco parlamentario, que ha ido perdiendo sus matices, nos encontramos con un partido cuya cualidad en las pasadas elecciones ha sido su carácter líquido; se ha adaptado de tal manera a cualquier recipiente que el elector ha creído, interesadamente, que el PSOE tenía la capacidad de adaptar cualquier discurso, cualquier reivindicación; de tal modo que la concentración de poder le colocaba en una situación de envidiable privilegio para ensayar todo tipo de propuestas e, incluso, modificar las suyas si así fuese necesario. Un partido indudablemente abierto, indeterminado por lo que se supone que no debería admitir restricciones previas más allá de las que impone el juego democrático, y, sin embargo, por ello mismo, inconsistente, errático; su propia indefinición le hace permeable y vulnerable, dinámico pero carente de finalidad. Un partido moderno que ha librado en su seno la batalla de la desideologización y que, presumiblemente, la ha ganado; diseñado para ganar siempre y cuando se cumpla la máxima condición de no tener ninguna; su secreto estriba en su complicidad, en su neutralidad, en la desvalorización que ha llevado a cabo de su propia herencia ideológica. Y, sin embargo, el problema que se le presenta al PSOE después de estas elecciones es que, paradójicamente, se ha ido quedando sin disfraces; amplios sectores de la izquierda y hasta los propios nacionalistas le están empujando con sus votos a que defina su política; le exigirán que mueva las piezas en un tablero de ajedrez en el que se juegan varias partidas al mismo tiempo. Es probable que me equivoque, pero me temo que el PSOE intentará camuflarse tanto tiempo como le sea posible; priorizando el consenso en temas que a todos nos afectan como la situación económica y enfriando aquellos otros que puedan erosionar en poco tiempo su solidez y estabilidad.

Al margen de este meditación política, excesivamente improvisada que deseaba sobretodo corregir el tono de la reflexión anterior, prosigo a tientas con este Diario que me reclama insidioso a que escriba desde el silencio de una conciencia que no quiere, que no desea callarse pero que no sabe muy bien qué decir. Imagino que se trata de esperar a que cambie la climatología del espíritu o, por el contrario, forzar a éste para que no se repliegue tan dentro de sí que se haga inexpugnable. A veces presiento esa dureza del espíritu que no desea confesarse, que no cree en ese acto de salvación de la palabra, que duda no ya de la verdad sino de la pura y simple conveniencia de articular palabras, de conjugar ideas, de esforzarse por romper esa capa de hielo que con toda seguridad volverá a cerrarse sobre nosotros. En cierto modo, sentimos que el silencio nos sepulta; es en ese preciso momento cuando la escritura se llena de esperanza y se impone como una voluntad de resurrección. ¿Bastaría con repetir una palabra, ni tan siquiera eso, una sola letra hasta el infinito para sentir que estamos vivos? Dejar el testimonio de un signo, una señal de ayuda, un grito de socorro. Un simple garabato para justificar una existencia, al menos para indicar que alguien estuvo aquí. ¿Qué sentimos ante una escritura cuyo alfabeto desconocemos? Hay en ella un vestigio no sólo de otros hombres sino del misterio de otros hombres.


11/04/08


Deseo escribir sobre Antonio y no sé cómo hacerlo. Me enteré de su muerte hace unos días y no dejo de pensar en él. Amaba el jazz y parecía un hombre de fuertes convicciones; confiaba en que un trabajo bien hecho le libraría de tener que dar excesivas explicaciones. Hablaba lo justo; una palabra y un gesto siempre amable. Elegante y distante, nunca servicial. Cada noche descendía a sus infiernos. La locura habitaba en su casa desde hacía años. A la mañana siguiente los ojos cansados, con un círculo ceniciento en los párpados; los pómulos algo más sobresalientes y la delgadez afilando su rostro. Pero nada más. De nuevo un trabajo impecable y una corrección exquisita. Dejó que un tren lo atropellara. Los testigos dicen que no se movió.

26/08/08

He terminado La razón humilde. El acopio de las últimas notas para la conclusión del libro ha planteado nuevos interrogantes, algunos de ellos verdaderamente sugestivos como el de la controversia entre la oración mental y la vocal; pero también ha generado algunas dificultades formales a la hora de encajar estas meditaciones en un texto ya casi cerrado.
El bochorno del día parece haber pesado sobre nuestros ánimos; una crispación difusa adherida a nuestra piel, pero no era el cuerpo sino el alma la que sudaba. Una exudación maligna que parecía sentirse atraída por el dolor. La noche ha vuelto a apaciguar los corazones.

31/08/08

Contra el olvido, pero preservando los secretos. De una lectura de Malraux. Llevo días preguntándome qué es lo que me está alejando de los hombres. Y tengo miedo. Hay que armar este Diario con todo lo que me importe, ya llegará el tiempo de la criba.

1/09/08

Hay algo de puritano en el empeño de construir identidades; el sano juicio, la voluntad firme, el recto cumplimiento del deber expresan la marcialidad de una conducta que se refleja en un rostro mecánico. Una máscara aprisionada a nuestro ser como un grillete. Sin dudas, sin sobresaltos, sin intersticios, preservándonos de cualquier tentación de extravío. Se comprende entonces la extrañeza que provoca en los heridos o entre los enfermos cualquier forma de mutilación; hay que aprender a vivir con la que ya no somos y en esa falta se descubre, a veces, otro que yo mismo. Todo esto es confuso pero no encuentro otro modo de expresar esa idea que es común a la escritura diarística de que el yo se opone con toda la fuerza que le otorga el buen sentido a la tentación orgiástica de los heterónimos. El otro, y lo otro de nosotros mismos, nos corta la respiración. Preferimos inventarnos la conciencia que angustiarnos con lo trascendente. ¿Hasta cuando es posible sin incurrir en la indecencia seguir diciendo yo?
A partir de ahora este cuaderno debe acompañar a las lecturas, dispuesto a sorprender una idea o captar una imagen. Este segundo Diario debe elaborarse con una materia informe que sólo el paso del tiempo, en ello confío, irá devastando. El objetivo no es otro que la pretensión, no exenta de vanidad, de transformar una conciencia difusa en una identidad probable por lo que no hay más remedio que ir arrojando fragmentos de uno mismo como si se tratase de pecios de un naufragio. Algo quedará que pueda salvarse e incluso lo suficiente para sobrevivir como le aconteció a Robinsón Crusoe, arquetipo de la conciencia moderna.

He recibido un e-mail de Annie Fremaux sugiriéndome algunos títulos para su libro: Fray Luis de León: La voz perdida de un pacifista o mejor, Fray Luis de León: el pacifismo utópico en tiempos de la Contrarreforma. Me propone, así mismo, la supresión de cualquier referencia al cabalismo cristiano para evitar «la confusión con cualquier libro de esoterismo vulgar y para recuperar la dimensión histórica del fenómeno». Es cierto que en nuestras precipitadas conversaciones de estos últimos días le insinué el riesgo que suponía cualquier apelación a la cábala y la facilidad con la que podía ser prejuzgado por posibles lectores un título como el del “cabalismo cristiano de Fray Luis de León”. Y, sin embargo, sigo pensando que es el mejor título y que por ello mismo merece la pena correr el riesgo. En el fondo, la tesis que plantea su obra es verdaderamente controvertida. Prosigue su carta con el diálogo sobre la oración mental que la otra noche quedó lamentablemente interrumpido: «lo esencial de la oración mental, que preocupó tanto a la Iglesia, era la dimensión individualista de la meditación o recogimiento religioso, el rechazo de la adhesión a fórmulas institucionales y a ciertos puntos del dogma católico; y, sobre todo, la desvinculación “soberbia” con las autoridades». Mi respuesta a su carta fue la siguiente: Querida Annie: la desvinculación de la jerarquía, como condición de una espiritualidad más honda, no impidió que se articulasen nuevas prácticas litúrgicas comunitarias que era lo que en verdad preocupó a los inquisidores. Por otro lado, la oración mental podría conducir a un cierto gusto por el solipsismo y el recogimiento interno –amparado en algunos casos en la creencia de impecabilidad del ejercitante- muy alejado de la dimensión intercesora o apotropáica del espiritualismo evangélico. Seguiremos hablando.

2/09/08

No expresar intenciones, sino hechos. Ejecutar la tarea de escribir como un acto puro, sin mediación alguna. Una escritura que se fagotice a sí misma, sin ideas preconcebidas, carente de finalidad. ¿Qué quiere decir todo esto?

3/09/08

Leo estos días los Cuadernos de Saramago: incisivos, sobrios, pero en el fondo falsamente humildes. El autor parece sentir la necesidad de justificar ante sus compatriotas su propio talento literario. En cuanto a sus juicios políticos comparten a un tiempo la firmeza y la parcialidad, como no podía ser de otro modo en alguien que mantiene desde hace años sus mismas convicciones. No sería justo hablar de fosilización ideológica porque muchos de sus juicios son verdaderamente certeros y porque, en definitiva, quién puede poner en duda el hecho de que el mundo está verdaderamente a la deriva. Crisis, colapso de la globalización; desde luego no escasean los argumentos. No es difícil conceder que el capitalismo ha mutilado el rostro del hombre. Otra cosa es seguir alentando la utopía. Los universos cerrados nos ciegan; él lo sabe, aunque siga alentando una difusa esperanza que tiene más de fidelidad que de honda convicción. Fidelidad no tanto a las ideas sino a los hombres que las encarnaron y no rehuyeron el martirio. El comunismo convertido en apostolado. Su aparente anacronismo le otorga un sello de distinción, de quijotismo aristocrático. Prefiere quedarse sólo con tal de mantenerse fiel. Es esa voluntad de ejemplaridad consigo mismo y de reciedumbre moral lo que le emparenta con Miguel Torga.
Pero lo que más me acerca a él son sus recuerdos que siento como míos: la pobreza de aquella tierra en la que transcurrió nuestra infancia. Algún rescoldo paradisíaco aletea en nuestra común memoria del Alentejo y de Extremadura. Cuando evoca es verdaderamente un maestro, un excelente cultivador de un tiempo muerto y de una geografía que comienza a desfigurarse.

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Autor: Luis Llera [ver]

Entrada publicada el 12.06.2009
Entrada modificada el 12.06.2009
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