En diciembre de 1996 se firmó en Guatemala el Acuerdo
de Paz que pone final a una guerra de más de 35 años. La firma
de la paz en este país es el último paso en la normalización
política y en el tránsito a la democracia en la región
centroamericana, y es parte del proceso más amplio de democratización
en América Latina.
En conjunto, los analistas del proceso y la clase política, tanto
de los países occidentales como de América Latina, mantienen
la opinión de que comienza a abrirse el largo túnel de la
década de los ochenta donde la crisis económica, social, política
y cultural ensombreció el panorama latinoamericano y sumió
en una noche oscura a un importante número de personas y de colectivos
de todo el subcontinente. Si fue una década perdida para América
Latina, fue especialmente dura para la región en el centro de la
estrategia de defensa de los intereses de la política exterior anticomunista
de los Estados Unidos.
Hay lugar para el optimismo en los procesos de paz, normalización
política y solidaridad internacional que se están dando en
la región. En El Salvador primero y en Guatemala ahora se han abierto
espacios de oportunidad para las grandes minorías (campesinos, indígenas,
mujeres y pobres urbanos) que se vieron marginadas económica y políticamente
en la construcción de sus propias vidas, enfrentados a regímenes
autoritarios en lo político y excluyentes en lo social; se abren
espacios de expresión y franjas de diálogo desde las que empiezan
a vislumbrarse caminos de salida y futuros posibles a lo que hace poco considerábamos
una región compuesta de jirones.
Hoy, al final del milenio, vivimos un momento importante en la definición
de las líneas estratégicas de la construcción del mundo
futuro que también han llegado a Centroamérica.
Pero el optimismo no puede desatender los desafíos a los que la paz
se enfrenta. Los problemas estructurales que convirtieron Centroamérica
en general, y a Guatemala en particular, en un polvorín persisten.
Permanecen las estructuras de desigualdad y estratificación social
extrema, con pequeñas elites de grandes propietarios y terratenientes,
vinculadas a fuertes intereses corporativos internacionales, imponiendo
su dominio; continúa la represión del ejército sobre
las poblaciones indígenas, campesinas o urbanas desplazadas; se mantiene
una estructura institucional y del estado vinculado a los intereses de los
grupos corporativos más fuertes.
Por todo ello persiste la tendencia a mantener a la mayoría de la
población al margen de la toma de decisiones que les permitiría
construir el mundo, desde sus propias definiciones y diseños de vida,
desde sus intereses y expectativas.
Los artículos que incluimos aquí quieren recuperar datos y
argumentos desde los que poner en cuestión el optimismo ciego, y
por ello irresponsable, que subyace a las grandes palabras sobre la democratización
de la región y reubicar el debate de los alcances, desafíos
y oportunidades de la paz en Centroamérica, y en particular en Guatemala.
En el primer artículo, «Los Alcances de la Paz», el sociólogo
de Costa Rica, Edelberto Torres-Rivas, nos proporciona un marco histórico
comparativo desde el cual situar los procesos de paz en Centroamérica
contrastando las similitudes y diferencias de El Salvador Y Guatemala.
Como él muestra, los procesos de paz hay que verlos como parte de
relaciones sociales históricas en las que los distintos colectivos
pugnan por construir espacios favorables a sus ideas e intereses. Los procesos
de paz de la década de los noventa se entienden mejor cuando los
consideramos como parte de los mecanismos en los que en el ámbito
de la globalización que conlleva la consolidación de una economía
global, se modifica la estructura de oportunidad de los distintos colectivos,
en particular de las oligarquías y de las clases medias.
Estos grupos habían articulado históricamente el proyecto
económico, político y social nacional en Centroamérica
a su inserción en el sistema económico mundial mediante la
producción y exportación de productos agrarios tradicionales,
que conllevaba la existencia de grandes explotaciones y la participación
ingente de mano de obra estacional. El proceso de la creciente globalización
ha puesto en fuerte competencia a las distintas regiones del mundo, lo que
ha hecho declinar la producción centroamericana, amenazando su anterior
situación de ventaja competitiva.
El artículo de Guzmán Bockler, historiador controvertido guatemalteco
de origen alemán, nos remite a una segunda estructura de larga duración
poco considerada en el enfoque de Edelberto Torres-Rivas, la de la resistencia
de las poblaciones locales, en particular las indígenas. Guzmán
Bockler encuentra en la cultura maya una estructura que atraviesa el tiempo
ligada a referentes de religiosidad. La particular cosmogonía maya
sería el eje sobre el que se construye y permanece la identidad indígena,
reforzada por la resistencia constante a una sucesión de sistemas
de dominio que ha excluido de forma reiterada a los grupos indígenas
en lo social, en lo político y en lo cultural, y los ha explotado
en lo económico. Para Guzmán Bockler no hay paz que pueda
construirse desde esa fractura permanentemente reproducida en la historia
de Guatemala y legitimada desde arriba por la construcción de sistemas
pigmentocráticos basados en los prejuicios articulados de raza y
clase, y apoyados, con perseverancia, sobre regímenes de terror.
El énfasis de Guzmán Bockler en la resistencia indígena
constituye un correctivo a las argumentaciones que construyen el futuro
desvinculado de la historia porque esa construcción está llamada
a repetir los mismos errores. Para mantener su argumentación acerca
de la resistencia indígena Guzmán Bockler se apoya en la existencia
de una identidad específica del pueblo Maya, que anclada en la cultura
precolonial se habría modificado y, a la vez, reforzado en lo esencial
en el proceso de permanente resistencia a los sucesivos sistemas de dominio.
El texto de Guzmán Bockler apunta a lo que W. Benjamín denominó
el «estado de emergencia», esa situación bajo el terror
y la represión en la que muchos hombres y mujeres en muchos lugares
y en muchos momentos de la historia se han visto forzados a organizar de
manera individual y colectiva sus vidas, a establecer sus estrategias de
sobrevivencia. La consideración del estado de emergencia de Benjamín
modificaría sensiblemente nuestros enfoques acerca de la historia
y de la evolución social al colocar en el centro de la relaciones
sociales el conflicto derivado de la distribución desigual del poder
en su forma más extrema, que es la de la violencia de los grupos
dominantes y su corolario, el terror de sus víctimas. Nuestras hipótesis
sobre el cambio social están relacionadas más con teorías
de la normalidad que del conflicto.
El antropólogo Taussig ha analizado, desde esta perspectiva, la emergencia
de los movimientos de madres y viudas en los regímenes de terror
de Chile y Argentina, que han logrado a través de su persistencia
y sacrificio recuperar los nombres, y a veces los cuerpos o las localizaciones
de los cuerpos, de sus hijos y maridos. En esa recuperación, las
madres y viudas exploran las debilidades humanas que se refieren a la familia
y al papel abnegado de la mujer, del discurso de los regímenes autoritarios
que sembraron como una estrategia el terror, contraponiéndolo mediante
la reivindicación de sus familiares una estrategia de vida. En este
sentido Bockler describe los movimientos de mujeres indígenas de
Guatemala que por medio de su protesta están llamadas a jugar un
importante papel en la transición política del país.
El caso es especialmente interesante porque permite ligar la resistencia
indígena local con la solidaridad internacional: un caso ejemplar
para Guatemala es el de Rigoberta Menchú.
La existencia de una identidad maya distintiva es hoy un importante argumento
en la política guatemalteca ya que posibilita estrategias de acción
política basadas en la etnicidad. Sólo entendiendo esta afirmación
puede empezar a comprenderse la tensión que el problema de las identidades
provoca hoy en Guatemala, tensión que se refleja en el artículo
de Juan Carlos Gimeno. La etnicidad a final del siglo XX se ha convertido
en una de las claves de la reestructuración de los estados a nivel
mundial. El problema es que ha habido tanto experiencias positivas como
la de Sudáfrica y, hasta cierto punto el caso de Checoslovaquia,
como también, muy negativas, véase el caso de la antigua Yugoslavia.
Los intectuales indígenas son conscientes de las posibilidades que
supone el mantenimiento de una política nacional con un fuerte componente
en la etnicidad, pero también son conscientes de los problemas de
las reacciones que pueden entrañar en parte de los mestizos ladinos.
Las visiones que construyen la identidad desde la resistencia tienden a
romantizar, idealizar y ahistorizar la naturaleza de los grupos y colectivos
que se resisten. El problema de un esquema dualista entre resistencia y
dominio es que cada elemento opuesto es uniformizado y unificado, como si
a una estructura dominante monolítica se enfrentara una resistencia,
en este caso étnica, igualmente coherente. Sin embargo, los grupos
dominantes y los dominados no son sujetos colectivos constituidos de una
vez y para siempre, son grupos de composición heterogénea
y mantienen su relación recíproca como un campo de tensión
y conflicto a través del cual se redefinen a sí mismos, tanto
como tratan de redefinir su relación en función de sus intereses.
Estas redefiniciones no se dan en el vacío, sino mediante procesos
que modifican las estructuras de oportunidad de los distintos grupos, que
redefinen su composición interna ofreciendo nuevos espacios para
la movilidad social para algunos de sus miembros y no para otros, y en consecuencia
modifican las formas de estructuración social y las posibles alianzas
entre los grupos, viejos y nuevos.
La globalización económica ha modificado la estructura de
oportunidad de los distintos grupos en Guatemala. Nuevos ámbitos
de inserción en la economía global se están configurando
y conllevan la emergencia de nuevos actores económicos, sociales
y también políticos. Este artículo trata de explorar
lo que esta problemática puede significar en el ámbito del
establecimiento de la paz en Guatemala.
Como Juan Carlos Gimeno explica, su reflexión es producto de un curso
que impartió a los alumnos de la Maestría de Gerencia Sostenible
que la Universidad Autónoma de Madrid ha implantado en la ciudad
de Quetzaltenango, centro de la región occidental principalmente
habitada por población indígena. Su reflexión sitúa
las perspectivas desde las que se ha analizado la globalización en
Centroamérica, estrategia mediante la cual buscó estimular
las respuestas de los alumnos y alumnas de la Maestría, la mayor
parte de ellos indígenas. Jaime Eduardo Gómez Son, maya quiché,
médico y psicólogo, coordinador del área de salud de
una las más importantes organizaciones no gubernamentales indígenas
de Guatemala es uno de los alumnos de la Maestría. Su trabajo permite
mostrar las inquietudes y perspectivas desde la que los mayas afrontan y
tratan de apropiarse, tanto como pueden, de la globalización que
los envuelve a finales de este milenio.
Jaime Eduardo Gómez Son forma parte de un conjunto de indígenas
guatemaltecos que están buscando una base formativa que posibilite
conocer ideas, hechos y teorías que les permita plantear sus propias
definiciones y prácticas del desarrollo. La curiosidad por conocer
y el ansia de saber no es casual, es como las de todos nosotros interesada.
Frente a los viejos argumentos que vincularon la formación colonial
de las elites poscoloniales, que señalaron con acierto Fanon, Memmi
o Carnoy en los años 50 y 60, la educación no sólo
es vista por los mayas como el arma del imperialismo mediante la cual se
coloniza sus mentes. Con la conciencia de estar vivos a finales del siglo
XX, bajo la certeza de saber que no pueden más que elaborar sus propios
significados, con la voluntad de elaborarlos en la dirección de construir
un mundo mejor para ellos, y para los demás, huyendo de la tentación
de un optimismo ciego, pero también de una ilusoria vuelta atrás
Jaime Eduardo Gómez Son es una voz maya que escribe como si hiciera
suyos los versos del poeta Humberto Ak'abal, fundiendo el cambio y la permanencia
de Heráclito y Parménides: «el agua pasa, el río
permanece».
Por último, pero no menos importante, el desafío de la paz
en Guatemala tiene otro frente abierto que los artículos aquí
presentados sólo abordan de forma tangencial. La paz se está
construyendo como el horizonte de la esperanza de una vida más plena
para todos. Hay un consenso en el reconocimiento del papel que en la consecución
de la paz han jugado las mujeres, y muy especialmente las mujeres indígenas.
Para unos y otros son ellas las que más han padecido, perdiendo a
sus hijos y maridos en los dos bandos de la contienda; es sabido que los
muertos en ambos bandos los pusieron los indígenas. Para los grupos
étnicos mayas son las mujeres las que mediante su callada y sufrida
lucha han mantenido la esperanza de un futuro diferente conservando en el
hogar y las comunidades la llama de la cultura maya, iluminando a sus hijos
ante las sombras del terror. Si hubiera que reconocer un héroe en
este período absurdo de la guerra en Guatemala tendría el
rostro anónimo de una mujer indígena. Y es, sin embargo, el
anonimato en el que permanecen las mujeres lo que plantea algunos interrogantes
acerca del proceso de paz en Guatemala.
La historia muestra que en sus múltiples luchas contra la dominación
los grupos subalternos construyen su resistencia, legítimamente a
nuestro juicio, a partir de ideologías que se asientan en la reivindicación
de un conjunto de rasgos que consideran propios y específicos y que
les permite dejar ciertos aspectos de sus vidas al margen de los mecanismos
de dominación; es así como la dominación fomenta ideologías
culturalistas (y/o también religiosas) desde la que los grupos subalternos
se resisten y se reproducen en ella. La historiadora india Chatterjee, en
su análisis de las relaciones del nacionalismo indio y las mujeres
en la búsqueda de la independencia nacional, ha elaborado un marco
de referencia que es útil para abordar las relaciones entre el género
y la cultura maya en la construcción de Guatemala a fines del siglo
XX.
La ideología nacionalista india en su lucha contra la dominación
inglesa construyó su resistencia en función de la separación
entre las esferas material y espiritual. Reconociendo la superioridad occidental
en lo material vinculó la esencia de su identidad india al ámbito
de la espiritualidad. Para superar la dominación, el pueblo colonizado
indio debería aprender las técnicas superiores occidentales
de organización económica e incorporarlas a su propia cultura.
Pero esto no podía significar la imitación de Occidente en
los demás aspectos de la vida; los nacionalistas indios sostenían
que era indeseable imitar a Occidente en lo demás, pues en el dominio
espiritual Oriente era indudablemente superior a Occidente. Lo que era necesario,
pensaban, era cultivar las técnicas materiales de la civilización
occidental moderna mientras conservaban y fortalecían la esencia
espiritual distintiva de la cultura nacional india. Por decirlo de otra
manera, pretendían quedarse con lo mejor de los dos mundos.
El discurso culturalista maya como el discurso culturalista indio reconoce
la superioridad de Occidente en el ámbito exterior de lo material.
Para superar la dominación externa las estrategias culturalistas
se centran en el aprendizaje de las técnicas occidentales y su incorporación
a la cultura material del pueblo maya. Como sugiere el artículo de
Jaime Eduardo Gómez Son, los mayas, lejos de quedarse anclados en
el pasado, están dispuestos a incorporarse, y a apropiarse, de la
globalización económica en ciernes. La puesta en marcha de
la Maestría en Gerencia del Desarrollo Sostenible que la Universidad
Autónoma de Madrid imparte en Quetzaltenanago tiene su origen en
la petición de ciertas organizaciones económicas e intelectuales
mayas de acceder al conocimiento de los poderosos instrumentos de la gerencia
occidental que ha logrado dominar el mundo material. Los culturalistas mayas,
como los nacionalistas indios, parten de la idea de que su cultura es superior
a la cultura que los domina. De hecho, los mayas sugieren que los ladinos
carecen de cultura ya que sus rasgos culturales y su identidad se define
por oposición a la cultura maya.
Es aquí donde el llamamiento a la superioridad de la cultura juega
un papel fundamental hoy en las aspiraciones políticas nacionalistas
del pueblo maya. En Guatemala el alto porcentaje de la población
indígena (cerca del 60%, aunque depende de las fuentes) hace que
la propuesta étnica se convierta en una poderosa baza en la instrumentación
política de las reformas del estado que la puesta en marcha del proceso
de paz requiere; en consecuencia, la cultura maya, considerada la esencia
distintiva de la población indígena, se ha convertido en un
verdadero campo de batalla. El artículo de Carlos Guzmán Bockler,
haciéndose eco de una idea mayoritaria entre los intelectuales mayas,
que el enfoque de sus mismos escritos ha ayudado a emerger, sitúa
su esencia cultural en la espiritualidad que se deriva de la permanencia
de una cosmovisión propia que ha trascendido las prácticas
de dominio de los sucesivos sistemas que los han oprimido. Pero ¿dónde
radica la espiritualidad maya?, ¿cómo ha podido reproducirse
fiel a sí misma a lo largo del tiempo y bajo los distintos sistemas
de dominio?, ¿cómo la espiritualidad ha quedado al margen
de la contaminación cultural occidental, incluso en los momentos
en que el dominio del mundo exterior ha sido brutalmente impuesto por el
terror?
Los culturalistas mayas, como los nacionalistas indios del análisis
de Chatterjee, tienden a ligar la dicotomía entre lo material/espiritual
con las de lo externo/interno, y a la del mundo/casa. En su discurso político
culturalista, la espiritualidad maya está localizada en dos espacios
«internos». Los especialistas (los Aj kij) habrían mantenido
viva la cosmovisión maya a lo largo del tiempo de subordinación
sucesiva, mientras la espiritualidad cotidiana quedaría ligada a
las mujeres, como expuso recientemente el antropólogo y periodista
maya Estuardo Zapeta en el II Congreso de Estudios Mayas. Las mujeres habrían
sido el elemento clave de la reproducción cultural, y con ello de
la resistencia del pueblo maya, al haber sido tanto el vehículo de
socialización cultural, que habría transmitido la tradición
maya y sus valores, como por haber sido el instrumento físico de
la reproducción biológica de los hombres y mujeres indígenas,
cuyo número lejos de extinguirse está en proceso de expansión,
mientras el de los ladinos desciende.
Es así como el discurso maya al oponer a la dominación de
los sucesivos sistemas occidentales, siempre provenientes del exterior,
una permanente resistencia espiritual interior, tiende a situar las características
esenciales de su cultura en los cuerpos de las mujeres y en sus funciones
como madres, y las ignora como sujetos históricos específicos,
dueños de deseos, espectativas e intereses concretos diferenciales.
En su análisis Chatterjee sostiene que las categorías material/espiritual
que corresponden a la interpretación y posicionamiento del nacionalismo
indio frente al dominio de Occidente se desplazaron para posicionar también
el acceso desigual al poder genérico. En el intento de resistirse
al occidente colonizador para no ser colonizado la necesidad decisiva de
proteger, preservar y fortalecer el núcleo duro de la cultura india,
habría tenido consecuencias insospechadas, y posiblemente no deseadas.
Una vez equiparado el nuevo significado de la dicotomía casa/mundo
con la indentificación de los roles de género, se construyó
un marco ideológico dentro del cual se produjo la construcción
política de la propuesta nacionalista a las alternativas de la construcción
del estado. La resistencia y la búsqueda de libertad de la cultural
nacional india, su liberación basada en el mantenimiento y reproducción
de su especificidad cultural tuvo como consecuencia la construcción
de un nuevo patriarcado culturalista.
Es útil tener en cuenta el análisis de Chatterjee, pero obviamente
sería un error hacer una aplicación mecánica a los
discursos actuales culturalistas mayas. Hoy muchos elementos del análisis
son distintos y se cuenta con otros referentes. El terreno de la superioridad
tecnológica de Occidente está, al menos en parte, cuestionado
en la globalización económica por los importantes papeles
de Japón y los llamados Tigres Asiáticos, por no mencionar
a China, que sugieren que el futuro está por decidir. Y la globalización
no sólo es económica, es también cultural y política.
En los últimos años se han creado nuevos espacios de contacto,
solidaridad y alianza entre grupos subalternos en todo el mundo donde se
excede el ámbito nacional y las problemáticas sectoriales.
De estos espacios está surgiendo una nueva conciencia y nuevas estrategias
que parten de la necesidad de articular los proyectos reivincativos de clase,
género y etnia. La paz en Guatemala podría no ser sólo
un ejemplo encomiable de cómo se termina una larga guerra, podría
enseñar al mundo los caminos fructíferos por los que se construye
un futuro más democrático, más igualitario y más
justo, esta vez sí, para todos y todas.