Las identidades bajo el terror.
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1.Los datos del problema.

En la Guatemala contemporánea hay básicamente tres grupos etno-culturales, a saber: el (según la denominación colonial), al que corresponde la designación MAYA, con más propiedad, que está constituido aproximadamente por el 65% de la población total; el (o mestizo), que está formado por el 34% de la misma. El 1% restante está compuesto por los (descendientes de los contingentes de esclavos traídos del África Ecuatorial a lo largo de las tres centurias que van desde el siglo XVI hasta el XIX), que habitan en las riberas del Mar Caribe en una franja que se extiende desde Belice hasta Panamá.


En otro lugar al aludir a la situación precolonial nos detuvimos a explicar las formas muy propias que los pueblos mesoamericanos elaboraron para situarse, o sea, para consubstanciarse con una naturaleza cuyos ejes de comprensión son el espacio y el tiempo vistos en la infinitud cósmica. Así mismo, allí señalamos la creencia -extendida en todos los niveles sociales- en la sucesión, tanto cíclica como incesante, de períodos de bienestar y adversidad que dominaba inexorablemente la vida colectiva.

De ahí que la tarea mas señera de los gobernantes consistía en leer en las entretelas del tiempo el ritmo de dichos ciclos, con el objeto de preparar a la población para las contingencias que se avecinaban, a fin de aumentar el disfrute o minimizar el daño, según la carga favorable o desfavorable de cada ciclo en particular.

Indicamos también que si bien estas formas de aprehender el entorno vital correspondieron a las épocas de mayor certidumbre (que pudieron haber coincidido con el período llamado clásico: entre el 300 y el 900 de la era cristiana), las que vinieron más tarde -cuando la expansión comercial, apuntalada en acciones guerreras, provocó colisiones sangrientas inevitables, al tiempo que técnicas agrícolas perdían eficacia para alimentar a una población en aumento, y los descontentos sociales se enseñoreaban de la escena- presenciaron el fin del gobierno de quienes ya no estuvieron en posibilidad de prever y, de ser posible, disminuir el alud de desgracias que se precipitaba sobre el hombre común, dejándolo -según su propio sentir- en estado de indefensión en el presente y atenazado por la incertidumbre ante el porvenir.

El poder de aquellos gobernantes se diluyó y los símbolos más conspicuos de su señorío (las pirámides templarias, las estelas, las aras, etc) dejaron de ser erigidos y cayeron en desuso. Sin embargo, la idea de la sucesión de los ciclos, así como el complejo entretejido cósmico que la subtiende siguieron teniendo significado y validez para las generaciones subsiguientes, las cuales -como suele suceder a todos los pueblos del mundo- las fueron sometiendo a revisiones y reinterpretaciones en consonancia con las experiencias propias de los tiempos que fueron llegando.

Otro tipo de pensamiento, quizás menos abstracto que el anterior, mantuvo a través de sus cultores la continuidad de las ideas centrales y se aseguró que el significado de las mismas se derramara por toda la urdimbre social e hiciera marchar al unísono la conciencia de la colectividad y los corazones de las individualidades que la conformaron.

Allí quedó asentada la certeza de cada pueblo mesoamericano, no sólo de tener rasgos distintivos propios (que le daban un perfil singular) sino la de formar parte de un conjunto de pueblos con los que compartía las ideas fundamentales para entender el mundo y vivir la vida, sabiendo que esas ideas venían de los antepasados y, en lo esencial, marcarían los derroteros de sus descendientes. En otras palabras, sobre una cosmovisión, tan inescindible como dinámica, se articuló una civilización agraria consciente de sí misma y de su historiabilidad.

Estas son las bases de la identidad histórica y la conciencia colectiva que, desde los inicios del siglo XVI, van a colisionar con el bagaje ideológico de los invasores y, más adelante, soportaran el asedio de la colonización.
Además de las secuelas en el área sur de Mesoamérica, conviene resaltar que, a más de los episodios sangrientos y de la mortandad causada por las enfermedades infecto-contagiosas hasta entonces desconocidas en tierras americanas, la población agredida tuvo que soportar los despojos de todo tipo, y -tras la humillación de sus mujeres- la imposición de una descendencia mestiza que, no sólo tuvo que abrirse paso entre sentimientos adversos (confusos y contradictorios) sino aposentarse en esa en la que quedó colocada en el escalón intermedio de una jerarquía en la que los prejuicios racista y clasista arrodillaron ante un padre blanco -más ficticio que real- y la arrojaron en contra de una madre india -mucho más real que ficticia-.

Al aumentar en número y quedar predominantemente asentada en los centros de agresión colonial (ciudades, cabeceras municipales, puertos y ), no sólo acrecentó su caudal a través de las relaciones entre mestizos, sino afirmó su papel de intermediaria de la explotación económica de la población indígena -que salvo en lo atinente a ciertas modalidades de la ENCOMIENDA y de los SERVICIOS PERSONALES- fue confinada en los PUEBLOS DE INDIOS o logró esparcirse por las regiones montañosas. Es relativamente fácil comprender entonces cómo el mestizo se deja atrapar en las redes de la pigmentocracia que le tiende el régimen colonial, y hace de ella el asidero más seguro de sus inseguridades.

Tomando prestada una idea de Américo Castro, puede decirse que hace de ella el instrumento para . Ponerse a la mayor distancia social del indio y acercarse real o imaginariamente, al peninsular (al principio), al criollo (más adelante) y al norteamericano o al europeo blancos (desde hace poco más de un siglo hasta hoy) es su meta más codiciada.

Parecerse a ese extranjero mediante la copia servil o caricaturesca de lo que se cree que son sus pensamientos, valores, técnicas, prejuicios, gustos y defectos es uno de los grandes anhelos, cuya concreción -si cree que la ha plasmado- llega siempre con tanto retraso como desfiguración. El ladino, más que el fugitivo del indio que trata de ser, es el prófugo incansable de sí mismo, quien -por carecer del sentido de lo trágico- no alcanza a atisbar la inexorabilidad de su tragedia.

El acceso al poder lo inicia al desaparecer el nexo político con el imperio español y lo consolida con la Reforma Liberal en 1871. Sin embargo, desde la época del coloniaje directo fue capaz de ir hilvanando los elementos distintivos de una cultura propia, en una doble vertiente urbana y rural, en cuyo seno fue capaz de acuñar tradiciones, costumbres, gustos, valores, extendidos tanto horizontal como verticalmente, en el tejido social y amoldarlos a las distancias jerárquicas del mismo.

Pero, con certeza absoluta de ser, por derecho natural, superior a la cultura indígena, cuya existencia incluso mantiene en duda, ya que la denigra o simplemente ignora. Es digno de traer a cuenta el hecho de que en la historia del pensamiento (es decir, ladino) los temas sociales de fondo no son abordados más que indirectamente si se trata de interpretarlos. En su lugar aparece la descripción siempre parcial de los cronistas.

Los intentos de análisis de la estructura social son todos del siglo XX y no es sino hasta el final de los años 60 y durante los años 70 de dicho siglo cuando se abre el debate sobre la temática en medio de una tormenta de intransigencia verbal, que ya tenía como telón de fondo a la violencia real de la guerra de guerrillas. Para poder sacar de su sueño de hibernación racista al sector más esclarecido de la interculturalidad ladina hubo de sonar el despertador de la metralla, en una época en la que el subcontinente latinoamericano entero se había convulsionado con el triunfo de la revolución cubana y, con él, la demostración de que, aún en medio de la guerra fría de las superpotencias, los ejércitos de América Latina podían ser vencidos por sus propios pueblos.

Hoy mismo, cuando los pueblos originarios han hecho sentir el inicio de su peso y el mundo ladino ha empezado a ceder espacios (muy a su pesar), la mayoría de sus componentes no están en capacidad de abandonar el bagaje de prejuicios que ha venido arrastrando desde hace ya cinco siglos. Aun cuando el único intento de definir sea en términos negativos, a saber, que ladino es el que no es indio; y sea incapaz de decir quién es, se empecina en discriminar al indio porque es indio, o sea, porque es el resumen de todo lo negativo y, por ende, inferior.

En tal actitud se puede medir la intensidad del temor del ladino a su propia ninguneidad, ya que al afirmar que el ladino no es indio, reconoce tácitamente que el indio sí es alguien. ¿Y él...?
El mantenimiento del modelo agroexportador, desde las postrimerías del siglo XVI hasta la fecha, prueba su eficacia para soportar el andamiaje de la desigualdad y hacer de esta la última piedra sillar de una sociedad cimentada en la violencia para forzar a los sectores indígenas mayoritarios y económicamente débiles a una convivencia tan indeseable como insoslayable. Los éxitos económicos de las elites agroexportadoras han corrido parejos con los precios -sucesivamente- del cacao, el añil, la grana y el café.

A cada bonanza en los precios de estos productos corresponde un aumento de presión sobre la mano de obra indígena y un alza de la agresividad del pseudo-Estado ladino en contra de la totalidad del pueblo maya. Contrariamente, a cada crisis provocada por el naufragio de cada uno de dichos productos en el mercado internacional corresponde un debilitamiento del cerco que envuelve a los explotados. Puesto que la colonización apareja también la incomunicación del colonizado -en el sentido total del término-, las grietas que se han venido abriendo en cada crisis, lejos de cerrarse, se han ahondado y han permitido a éste respirar loa aires purificadores que traen el reencuentro con su propia cultura y, al mismo tiempo, abren la posibilidad de dialogar con las del exterior y, paradójicamente, también con la ladina.

Conviene ahora traer a cuenta que la última crisis, es decir, la de los precios del café, producida en buena medida por el aumento de su oferta a escala mundial, incrementada desde el final de la segunda guerra mundial con la aparición de los productores africanos en gran escala, no fue prevista por la elites agroexportadoras de Guatemala, las cuales no tomaron medidas eficaces para defender su propia posición de privilegio societal.

No tuvieron la perspicacia para comprender que asistían al fin de otra era (la del café) y que estaban obligadas a encontrar salidas diferentes para sí mismas. Intentaron recorrer, a partir de una planificación insuficiente y sectorizada, tanto los caminos de la diversificación de cultivos como los de ampliación de un sector industrial muy embrionario, así como los de la aventura financiera, pero mantuvieron el régimen de tenencia de la tierra y sus desigualdades (sostenidas a ultranza) en momentos en que la población rural se duplicaba y necesitaba, a más del salario estacional e insuficiente de las grandes explotaciones agroexportadoras, tierras para la agricultura comercial interna y, desde luego, para la subsistencia. No se abrieron centros de trabajo distintos de los agrícolas ni se pensó en programas de capacitación en otras ramas para las jóvenes generaciones de campesinos sin tierra.

Y, ante las protestas, cada vez más airadas, de los miembros de éstas, que no veían (porque no existían) caminos alternativos, se respondió con brutalidad policial y militar. Se creyó que la represión ayudaría a mejorar la economía de una elite agraria ya claramente incapaz hasta de llevar adelante el sistema que había servido a sus antecesoras para mantener sus privilegios. La caducidad del modelo y la búsqueda, por parte de sus defensores, de la vía sanguinaria para remediar las consecuencias de su propia imprevisión, condujo a una guerra que, escudada en el anticomunismo desparramado por los gobiernos estadounidenses por toda América Latina, tomó -cada vez en forma más clara- las características de una guerra anticampesina y, sobre todo, antiindia.

Para terminar de comprender el fenómeno estudiado, hay que señalar que el modelo de la explotación hacia adentro y de la dependencia hacia afuera, por definición, no puede constituir un proyecto de nación o de estado y, ni siquiera, de burguesía nacional, ya que uno de los presupuestos esenciales de la existencia de ésta descansa en la dependencia hacia la metrópoli de turno y su rol real no es más que la atadura entre esta última y la mano de obra generadora de las cosechas destinadas a la agroexportación.

Consecuentemente, el otro engranaje -igualmente fuerte- con la metrópoli de turno está constituido por el colonialismo mental, es decir, la aceptación irrestricta de que las iniciativas -de cualquier tipo- únicamente pueden provenir de fuera, ya que es en ese allá donde se inventa, se crea, se piensa, y en este aquí donde se actúa, se copia y se remeda.

Ahora bien, si se renuncia a la creatividad se está reconociendo implícitamente la inautenticidad, o sea, la vacuidad. Ese vacío pudo haber sido colmado por una identidad, la cual sólo puede surgir y consolidarse sobre los restos calcinados del modelo colonial. Sin embargo, si eso llegare a suceder, ya no tendría que ser una identidad ladina, porque lo ladino se quedaría en un recodo de la historia. No tendría, por otra parte, que ser india o maya, la cual -en ese supuesto de desaparición del modelo colonial- si bien sobreviviría a causa de su continuidad histórica, tendría, a su vez, que botar el lastre colonial que la obligó a la confrontación total.

El modelo ha tomado una bocanada de oxígeno para las elites dominantes con la aparición en su beneficio del tráfico de drogas y del lavado de dólares, por un aparte, y con la migración cada vez más numerosa de campesinos sin tierra hacia los Estados Unidos de América, en otro esfuerzo por encontrar, esta vez a mucha distancia de sus lares originarios, el sustento que su patria les niega; y todo dentro del paréntesis que da, por una parte, el reacomodo de las superpotencias y las potencias declinantes y nacientes que habrá de consolidarse al inicio del siglo XXI, y por otra, la firma de los acuerdos de la paz interna para Guatemala, que pueden ser sólo una tregua o, en el mejor de los casos, el inicio de la lenta recuperación de una población que languidece exangüe y desencantada después de 34 años de guerra civil, en la que el ejército y sus grupos paramilitares esparcieron el terror en nombre de la democracia, el cristianismo, el anticomunismo y la civilización occidental, dejando a su paso un rastro de muerte, desolación y amendrentamiento, mediante la puesta en práctica de la política de , por cuya desgracia muchos miles de guatemaltecos (en su mayoría mayas) perdieron la vida, tuvieron que huir masivamente a los estados mexicanos colindantes y mucho más allá, o hubieron de errar por distintos rumbos del país víctimas del desarraigo y sumidos en la frustración.


Recordemos brevemente que, como consecuencia de la supresión violenta de los dirigentes de las sociedades autóctonas, llevada a cabo por los invasores en los albores del siglo XVI, la población sobreviviente, a más de las múltiples pérdidas materiales que sufrió, se vio privada totalmente de la conducción religiosa y moral que emanaba de sus sabios, lo cual puso a prueba la consistencia misma de su concepción del mundo y de la vida, ya que, desprovista de los intérpretes especializados en desentrañar los designios de la naturaleza, lucía -a primera vista- desarmada para encarar su destino.

Empero, las líneas esenciales de su cosmovisión estaban tan larga y profundamente arraigadas en la conciencia colectiva, que los grupos y los individuos que los componían encontraron un anclaje seguro en las verdades primigenias de su milenaria civilización milenaria, cuyos principios -en parte desestructurados y en parte reinterpretados- lograron rescatar de la debacle y, a su sombra protectora, retomar el hilo de su existencia, pero esta vez para ir creando una estrategia colectiva de resistencia que, aun cuando dejara tirados en el camino retazos de sabiduría, fuera capaz de entretejer una nueva urdimbre con algunos de los jirones más hermosos del legado de sus ancestros. Así, sin más cobijo que el que les daba la madre tierra, reanudaron su mundo para adentrarse en la noche colonial que, si bien les impidió ver el sol de otras culturas, los ayudó a concentrarse en la propia y mantener enhiestos sus símbolos expresivos (artes, lenguas, etc.), así como su cohesión social, en la certeza de pertenecer a un NOSOTROS HISTORIABLE, es decir, atracado en la remotidad de los antepasados y, a la vez, capaz de orientar a las generaciones por venir.

Un ritual sencillo, conducido por los guías (los AjKij) tan desprovistos de bienes como los demás, pero ungidos por el respeto de éstos, aseguró la permanencia de una religiosidad popular que, a la postre, habría de ser la columna vertebral de la resistencia y que, hoy por hoy, alcanza para empujar el tránsito hacia una estrategia colectiva de acción. Las verdades de esa religión cosmogónica, expresadas en rituales que extraen su vigor de las fuerzas de la naturaleza, sirven de sustento a los pensamientos, sentimientos y actitudes de una población que, en muchas y variadas formas, ha tenido que acomodarse a los reclamos del cristianismo del colonizador, dando paso a formas aparentemente sincréticas que recubren los niveles más cercanos a la superficie de una religiosidad estratificada, que guarda en lo más profundo de su rezago la luz de aquellas verdades primigenias, cuyos destellos nunca han dejado de brillar. Simultáneamente, la presencia de los símbolos propios de las deidades ancestrales en los elementos que conforman la vida diaria: trajes, enseres domésticos y piezas decorativas, unida a la utilización corriente de los idiomas mayenses, mantienen la ligazón permanentemente entre las grandes abstracciones que están en la base del pensamiento cosmogónico y las trivialidades de la cotidianidad.


Por otra parte, hay que entrelazar los planos ya descritos de la realidad interétnica con aquellos que corresponden a la estructura social de Guatemala en su totalidad. Conviene para ello, tener presente que las discriminaciones racial y clasista se complementan desde el inicio de la relación colonial, cuando las diferencias entre el vencedor y vencido pasan a ser pronto entre colonizador y colonizado, o lo que es lo mismo, entre predador y despojado, entre rico y pobre, por una parte, y entre blanco e (ya debidamente subvaluado como ser humano), por otra, a pesar de que, mediante la conversión forzada al cristianismo, tendrían que haber sido hermanos espirituales.

El panorama se nubla con la aparición del mestizo y su inserción simultánea en los rasgos intermedios de las escalas racial y económica, base de los futuros estratos de las clases intermedias tanto urbanas como rurales. Pero, su multiplicación convierte a la mayoría de ellos en miembros de clases populares, preponderantemente acantonadas en los centros urbanos y sectorialmente ubicadas en ciertas áreas rurales.

El aumento gradual del número de mestizos consolida indirectamente a la clase dominante, la cual, a más de blasonar con su riqueza, enfatiza como rasgo distintivo primordial el color blanco de la piel de sus miembros, los cuales -dicho sea de paso-, en los hechos, acrecentaron el mestizaje en el que ya vivían. El triunfo de los liberales en 1871 no sólo crea una nueva fracción de la clase dominante, basada en el cultivo del café, sino, luego de disfrutar la nueva riqueza, buscará y, en muchos casos encontrará, las alianzas matrimoniales con los conservadores.

A la mitad del siglo XX ambos grupos conformarán la burguesía agroexportadora. Además, la orden colonial de mantener al indio en el monte y al ladino en las ciudades nunca funcionó a cabalidad. Algunos de los indios encomendados o tenidos en los servicios personales estuvieron permanentemente en los centros urbanos.

Y, por otra parte, los mercados han sido los puntos de apoyo de una economía popular india que, con el correr de los años, ha cobrado la importancia suficiente para crear capitales comerciales susceptibles -al lado de otras explotaciones comercial-artesanales y artesanal-industriales- de mantener y acrecentar un segmento urbano del que, en el último tercio del siglo XX, han salido los intelectuales que ahora encabezan una parte de las reivindicaciones, ya que la otra tiene una raigambre netamente campesina, surgida como reacción a la política de y acaudillada primordialmente por viudas y huérfanas.

No está demás traer a cuenta que las instancias morales y administrativas de la sociedad global (escuelas, universidades, iglesias, tribunales, milicias, Congreso y Organismo Ejecutivo, etc.) están en manos de los diversos estratos de las clases medias urbanas y ladinas, las cuales se sienten detentadoras de la nacionalidad guatemalteca y, por ende, de los sistemas que rigen la vida de todos los , cuyo medio oficial de expresión es el idioma español.

Empero, ante el acoso de las reivindicaciones de los mayas de hoy, han tenido que aceptar la existencia de la Academia de las Lenguas Mayenses, la implantación de la enseñanza primaria bilingüe y pluricultural, la necesidad de restringir los ámbitos espacial y temporal de validez de las leyes ante los dictados del derecho consuetudinario (o indígena) y aceptar a regañadientes los triunfos electorales de los mayas que llegan -como tales- a gobiernos edilicios importantes, así como a unos pocos escaños del Congreso de la República.


No está demás traer a cuenta que si los trescientos años de coloniaje directo descansaron en los dictados unilaterales de la Corona española, de las autoridades enviadas por ella y de los grupos de intermediarios a su servicio en estas tierras, lo cual aparejó en todo momento el abuso del poder y el uso de la violencia, hay que tener muy presente que durante los ciento setenta y cinco años de vida supuestamente independiente, a la violencia imbricada en el régimen colonial se añadió una más brutal tendente a mantener las riquezas y los privilegios de una clase dominante agroexportadora, así como las prebendas de las clases intermedias, urbanas y ladinas, que aseguran el precario mantenimiento del estatu quo propio del orden neocolonial.

La República de Guatemala, que se proclamó libre, soberana e independiente al desgajarse de la república federal centroamericana, en el segundo cuarto del siglo XIX, nace con una dictadura conservadora que duró 32 años. Los liberales se iniciaron con una dictadura de once años, doblaron el cabo del siglo XIX con otra de veintidós años y cerraron la primera parte del siglo XX con una más de catorce años, lo cual no quiere decir que durante los interludios haya habido libertad.

Un intento de búsqueda democrática abarcó el decenio comprendido entre 1944 y 1954 y su final fue propiciado por la convergencia de los intereses de los agroexportadores internos con las exigencias de la política de la guerra fría de los Estados Unidos de América. De entonces a esta parte, los gobiernos de fuerza, apoyados en una jerarquía militar tan criminal como ambiciosa, han protagonizado dictaduras abiertas o embozadas, apoyadas en el terror y en el fraude electoral, que encontraron su autojustificación con el estallido de la guerra de guerrillas que las fuerzas insurgentes, aparecidas entre 1962 y 1974, han venido librando en contra de la explotación económica, la injusticia social, las discriminaciones social y racial y la ausencia de libertades políticas, a través de demandas sumamente generales que jamás llegaron a concretarse en un proyecto de nueva sociedad, de estado capaz de acabar con el neocolonialismo aún vigente.

Ello, sumado a algunos errores políticos y militares muy significativos, permitió que las fuerzas contrainsurgentes, no sólo les cerraran los caminos que conducían al triunfo, sino que se ensañaran en grandes sectores de la población maya rural que, a más de ofrendar muchas vidas que se pudieron salvar, debió abandonar sus hogares y tomar el camino del exilio o el de la búsqueda inacabada de hogares sustitutivos en otras regiones del país.

La guerra golpeó con mucha mayor fuerza a la población rural maya, pero no dejó de abatirse contra intelectuales, estudiantes, obreros, periodistas, activistas de derechos humanos (civiles o religiosos) y comerciantes urbanos, en su mayoría ladinos y en menor cantidad mayas o extranjeros.

Algunos de los habitantes de las ciudades, así como otros de las áreas rurales ladinas, que no se vieron envueltos directamente por los hechos violentos, por una parte, y quienes se beneficiaron por la represión, a la sombra de jefes militares y políticos civiles, sea gozando de canongías y privilegios para hacer negocios, sea realizando exacciones ilegales desde cualquier cargo de la administración pública, por otra, no sólo estuvieron de acuerdo con la práctica indiscriminada del terror sino la justificaron y ensalzaron, pidiendo constantemente la aplicación de (de preferencia la de un general) como cura para todos los males.

En amplios sectores populares, urbanos y ladinos, tocados directa o indirectamente por los hechos sangrientos y cercados por la pobreza y las privaciones, así como en cuantiosos estratos de las capas medias, angustiados por el empobrecimiento y la incertidumbre de su futuro familiar y personal, la larga duración del conflicto, así como la imposibilidad de avizorar su fin, terminó por precipitarlos en la indiferencia y el desencanto con respecto a quienes a su juicio libraban la guerra, a saber: el ejército y la guerrilla.

Sin embargo, no pudieron esquivar la creciente inseguridad -también sangrienta- protagonizada por bandas de delincuentes paramilitares o espontáneos con los que las diferentes policías se coludían o las dejaban actuar. La sensación de la inexorabilidad de la violencia en un horizonte de carencias materiales sin final visible, facilitó la búsqueda en el más allá de soluciones que dieran, por lo menos, cierto tipo de equilibrio emocional y permitieran asomarse a algún retazo de esperanza.

Ese es el vacío angustioso que ha sido colmado en forma creciente por las diferentes sectas y denominaciones cristianas y paracristianas que, en número mayor de cien, se han lanzado a la caza de adeptos, aprovechando también la pérdida de credibilidad en la iglesia católica, largamente comprometida con los regímenes coloniales y neocoloniales, y tardíamente vuelta hacia una difícil solución de los problemas populares.

Sin embargo, el fin de la preeminencia católica y su sustitución por las de las denominaciones evangélicas atañe, en los hechos, a un sector de la población que difícilmente sobrepasa al 40% de esta última, puesto que la indiferencia hacia las religiones , por un lado, y el peso real y profundo de la religiosidad cosmogónica, por el otro, minimizan y desvitalizan los mensajes propiamente cristianos.

Las reelaboraciones de éstos y su constante reacomodo a los prejuicios, anhelos y símbolos de prestigio de las diferentes clases y capas sociales, tanto urbanas como rurales, mayas o ladinas, desacralizan las prácticas pretendidamente religiosas y las convierten en una parte importante de las relaciones simbólicas de la vida cotidiana. No hay que dejar de mencionar que tanto los evangélicos como los católicos usan y abusan de los medios de comunicación social para hacer su propaganda y pretender afirmar su preeminencia.

A través de canales de televisión (nacionales y extranjeros trasmitidos por cable), así como de emisoras de radio, aparatos reproductores de la voz y el sonido (puestos a un volumen rayano en la polución auditiva), libros, panfletos, hojas sueltas, acosos personales de puerta en puerta,procesiones, cohetes, carreras universitarias de teología, etc. dominan la escena pública de los espacios religiosos y pueden inducir a creer que gobiernan a la mayoría de las conciencias. Sin embargo, hay que tener presente que los ateos y los indiferentes tanto como los cultores de la religión cosmogónica no se sirven de los medios de comunicación ni de las prácticas de proselitismo antes mencionados, lo cual no les resta número ni vigor. Y que, en la actualidad, todas las posiciones mencionadas han encontrado o están a la búsqueda de una acción política cuyas modalidades están en proceso de reelaboración o de elaboración (en el caso de la religión cosmogónica sobre todo), máxime con el derrumbamiento -a partir del colapso de la URSS- de la aventura semireligiosa marxista a la que sus adeptos (hoy demócratas y/o neoliberales conversos) pretendían darles visos de ideología política atea y anti-imperialista.

Antes de cerrar este párrafo debemos traer a cuenta que los llamados partidos políticos son organizaciones que, por regla general, enarbolan la figura de un caudillo que acciona rodeado de una clientela política con abierta vocación de enriquecimiento económico y de trasiego de influencias, por lo que las plataformas programáticas, a más de expresar generalidades de tintes democráticos, sólo tienden a cubrir una apariencia ante la ley y el público, toda vez que su verdadero programa es su caudillo.

Al actuar así no hacen más que continuar con una tradición latinoamericana que, nacida a principios del siglo XIX, no deja de ser una constante en la vida política del subcontinente. En los hechos, en Guatemala el único partido político, no declarado como tal pero actuante, lo constituyen las fuerzas armadas, las cuales -al decir de un politólogo norteamericano- son fuerzas porque están armadas, lo que, de todas maneras, en la actualidad no les basta para contener un rechazo y un rencor en su contra, compartido en forma creciente por la mayoría de la población.


2. Donde mueren las conciencias las palabras no acaban los caminos.


Si bien la historia de la dominación colonial y neocolonial a la que ha estado sujeta la totalidad de la población de Guatemala, desde la invasión europea de principios del siglo XVI hasta el presente, ha mantenido a la , ha habido tres épocas en las que su agudización ha desembocado en el terror, a saber: la agresión inicial, a la que, según quien aluda a ella, se la llama (de 1521 a 1551, aproximadamente); la Reforma liberal, con sus (de 1871 a 1920) y todos los males que ellos acarrearon; y la (de 1954 hasta la fecha), con su variada gama de actos de crueldad, impunidad insolente y corrupción generalizada. Violencia, arbitrariedad y sevicia son las características más sobresalientes de cada uno de los períodos mencionados, en los cuales, por regla general, no sólo ha campeado la figura del tirano sino también la de sus seguidores incondicionales, que pagan favores con servilismo, y reciben, a cambio de sus procederes criminales, prebendas e impunidad. Las redes de negociantes, denunciantes y sicarios de las tiranías se desparraman en los variados niveles sociales y mantienen sobre todos los habitantes la amenaza de la delación, el temor a la tortura, el despojo de bienes y humillación colectivas. Aun cuando la dirección de los actos de terror está siempre en los mandos militares, no se debe olvidad que las clientelas de quienes están en los engranajes de la dictaduras no sólo son constantes sino abundantes; y que, a más de buscar la obtención de beneficios pecuniarios, están convencidas de las bondades del sistema, de su eficacia y de la imperatividad de su mantenimiento, por lo que añoran los tiempos de los verdugos de antaño, se postran ante los del presente, y buscan afanosamente a los de mañana. Por ello endiosan la figura del torturador en quien ven la realización más eximia del macho y el triunfo incondicional del machismo en su modalidad más abyecta. Sin embargo, a los efectos descritos -que son creación indiscutible del sistema- hay que agregar los que, a partir de 1962, trajeron los estadounidenses. Con métodos tomados de los nazis, así como prácticas del ejército francés en Indochina y Argelia, y las suyas propias en Vietnam, estos siniestros personajes trajeron a Guatemala no sólo los procedimientos de tortura más actualizados por la tecnología diabólica del final del siglo XX, sino prepararon los cuadros militares y paramilitares encargados de ponerlos en práctica. Las tristemente célebres unidades de Kaibiles (versión guatemalteca de los Boinas Verdes, que ensucian el nombre de Kaibil Balam, uno de los héroes que se enfrentaron a los españoles en 1521), así como los (espías del ejército,armados y dotados de impunidad) y las PAC (Patrullas de Autodefensa Civil) formadas, en su mayoría, por civiles mayas constreñidos a actuar -con el pretexto de combatir a los guerrilleros- en contra de su propio pueblo, son los ejemplos más acabados de grupos encargados, según el caso, de asesinar o mantener la amenaza del terror generalizado. Es en este contexto en el que hay que situar el General Efrían Ríos Mont, jefe del gobierno de facto que actuó en 1982 y 1983, quien, a más de dirigir la segunda etapa de la campaña de en contra de la población maya del occidente del país, se presentó como campeón de la secta evangélica, de cuño norteamericano, denominada Iglesia del Verbo, para participar como candidato indirecto a la Presidencia de la República (la constitución política en vigor impide a quienes han acaudillado los golpes de estado ocupar la primera magistratura) en las elecciones llevadas a cabo a fines de 1995 y principios de 1996, en las que su partido fue derrotado por escaso margen por el actual presidente de Guatemala, dirigente empresarial de derecha moderada. Ahora bien, el caos de Ríos Mont ha sido presentado como el del que, pese a haber utilizado la dureza, no sólo respeta y le sigue sino que exige que vuelva a dirigir los destinos del país, y que la prueba fehaciente de tal aserto la dan los cómputos finales de la votación. Los medios de comunicación masiva se han hecho eco -directa e indirectamente- de tales afirmaciones y para demostrarlo han publicado las cifras correspondientes a los resultados finales de la elección, mencionando de paso que el abstencionismo fue muy grande. Sin embargo, el meollo del problema está precisamente en que ese abstencionismo tiene una doble faz muy difícil de presentar en números, a saber:1) en la votación de enero de 1996 concurrió a las urnas el 37,88% de los votantes inscritos y dejó de hacerlo el 62,12%, y 2) los votos dados al partido de Ríos Mont son el 44,75% del 37,88%, lo cual lo deja muy mal parado en cuanto a popularidad. Se puede asegurar entonces que quienes le dieron su voto son, en buena medida, los eternos nostálgicos de las dictaduras,las reservas de torturadores con que cuenta esta sociedad y/o aquellos que tienen o esperan tener prosperidad en los negocios a la sombra del general y sus familiares. Con resultados tan magros, podría afirmarse que Ríos Mont no representa ningún peligro para el enésimo intento de despegue hacia la democracia que se lleva a cabo en Guatemala. Pero, el abstencionismo permitió que colocara el 26% de los diputados que integran el actual Congreso de la República, o sea a 21 miembros de los 80 con que cuenta la cámara, quienes -al igual que sus colegas- no tienen, en los hechos, la representación popular, pero sí el poder de legislar. Finalmente, conviene mencionar que aun cuando no se tienen datos correctos sobre la población total de Guatemala, ya que el Instituto Nacional de Estadística carece de los reales y opera a base de proyecciones de población deficientes, existe la idea, más o menos fundada, de que el número total de guatemaltecos linda los 10 millones. Partiendo de esa base, resulta muy pequeña la cifra de votantes inscritos (3.777.589) sobre todo si se toma en cuenta que el voto obligatorio para los ciudadanos comprendidos entre los 18 y los 60 años y que la pirámide poblacional del país agrupa a las dos terceras partes de la población en los rangos de su base, lo cual significa que hay otro abstencionismo más grande aún: el de quienes ni siquiera se interesan por inscribirse en el Registro Electoral.
Por consiguiente, es en los abstencionismos donde hay que empezar a buscar las explicaciones de fondo.En primer término, hay que traer a la memoria que en el régimen neocolonial nunca ha habido lugar para el votante de las área rurales ni de los barrios populares de los centro urbanos, por lo que todos ellos jamás han creído que sus problemas políticos y los de la sociedad global se resuelvan en las urnas electorales. Una larga tradición de manipulaciones y fraudes soporta firmemente tal apreciación, máxime si se trata de campesinos mayas, doblemente marginados, y en los últimos 35 años, brutalmente golpeados por la represión militar, así como sumidos en la pobreza y la falta de información de todo tipo. El terror cobró ante sus ojos la realidad más espantosa y los recuerdos más lacerantes están esparcidos por doquier, al igual que los cementerios clandestinos, cuyo descubrimiento es todavía bloqueado por militares y paramilitares que recorren con desafiante impunidad los teatros de las masacres. La huida de muchos sobrevivientes cortó la relación directa entre familiares y el alejamiento distendió, en muchos casos, los lazos de cohesión social y familiar. Las caídas en el alcoholismo, la prostitución, la drogadicción más barata (la de oler pegamentos o solventes para pinturas, por ejemplo) o la realización de actos criminales sea en pandillas, sea en forma individual, han marcado los extremos de la desorganización personal y cobrado millares de víctimas. Por otra parte, el excedente de campesinos sin tierra emprende, a más de la migraciones pendulares o itinerantes hacia los centros de producción agrícola de Guatemala y el Estado mexicano de Chiapas, otra más dolorosa hacia los Estados Unidos de América, a donde sus protagonistas, en su mayoría indocumentados, van a buscar en el trabajo agrícola el sustento propio y el de los familiares que quedan en sus lugares de origen, al extremo que en muchos municipios existen ya -como comercios estables- oficinas postales privadas para enviar tanto peticiones y noticias como para recibir conteniendo el dinero que salva de las acechanzas de la miseria. Aun cuando no existen estadísticas oficiales sobre el número de guatemaltecos que viven en la unión americana ni de las cantidades de dólares que, en conjunto, envían a sus parientes, hay estimaciones aceptables que sitúan en cerca de un millón a las personas y en varios millones a los aportes. Como contrapartida hay que tener en cuenta que, de la población maya que habita los centros urbanos del centro-occidente del país, así como de las áreas rurales de esa misma zona, han surgido liderazgos que basan su fuerza, respectivamente, en los conocimientos adquiridos en los centros universitarios o como reacción en contra de los actos represivos. Ambos han hecho esfuerzos y obtenido logros significativos en las tareas de organizar a la población a fin de sacarla de la pobreza y, paralelamente, reafirmarla en los valores, las prácticas y los símbolos de su cultura, con el fin de cohesionarla en ámbitos mayores que los de la aldea o el municipio, para que se pueda enfrentar con éxito y superar las desigualdades económicas y las discriminaciones racial y social que le impone el sector ladino acantonado en todos los centros de poder del pseudo-Estado guatemalteco. Como consecuencia de ello ha habido intentos exitosos, en algunos casos muy significativos, de participación política reciente, que han logrado colocar en puestos de elección popular a dirigentes intelectuales, así como a lideres salidas de las asociaciones de viudas y huérfanas de guerra. En términos generales, puede afirmarse que es a través de prácticas como éstas como la población maya está verificando el tránsito de una estrategia centenaria de resistencia hacia una estrategia social de acción, lo cual apareja una reafirmación de su identidad histórica y de su conciencia colectiva dirigida esta vez a asumir, como pueblo, el control de su propio destino. No cabe duda de que este cambio de actitud se fue generando como consecuencia del manejo creciente de medios económicos por parte de ciertos sectores urbanos mayas, por una parte, y de la guerra popular que tuvo como teatro el campo y que, con el correr de los años, contó en sus filas a una mayoría muy importante de campesinos mayas que, ante el cerco de las injusticias agrarias, pusieron en juego sus propias vidas. Finalmente, para la población maya, en general, el problema más agudo que tiene que resolver es el de la tenencia de la tierra y de las aguas que la fecundan, así como el de los campesinos sin tierra. Paralelamente, el de encontrar caminos organizativos que abarquen a la totalidad de sus miembros, y la capacitación de cuadros dirigentes no sólo de primera línea sino intermediarios. Ambas actividades implican una confrontación muy dura con las autoridades, las clases y las instituciones ladinas, que hasta el momento no parecen estar dispuestas a ceder sus zonas de privilegio, y en lo atinente a la problemática societal de fondo, no son capaces de planteársela porque carecen de los elementos esenciales para aprehenderla y comprenderla. Ese es el riesgo mayor de que, en un futuro cercano, las posiciones lleguen a ser irreconciliables y la posibilidad de resolverlas a través de las armas vuelva a aparecer, aunque esta vez conduzca a una confrontación en la que, peligrosamente, los agravios económicos cedan la primacía a los de origen étnico-cultural.
La guerra civil ha dejado a la población urbana y ladina, principalmente de la ciudad de Guatemala y de las ciudades grandes del interior, con la convicción de que quienes se ocupan de la cosa pública carecen de capacidad, honradez y buena fe. La pérdida de credibilidad en todo tipo de autoridad es un hecho, como lo es la desgana cultural y la falta de solidaridad humana.La corrupción, amparada en la impunidad de autoridades militares y civiles, ha hecho creer a un considerable número de ciudadanos que la vía violenta y directa de adueñarse de los bienes de los demás es la más firme para asegurarse una posición holgada y mantenerla. De ahí que los secuestros, el tráfico de niños, los asesinatos por encargo, el robo de automóviles, el contrabando de todo tipo (armas, municiones, bebidas alcohólicas, cigarrillos,prendas de vestir, vehículos automotores, comestibles, perfumes, aparatos eléctricos,etc,etc.) el tráfico de drogas y el lavado de dólares estadounidenses constituyan la ocupación de delincuentes que están situados tanto en los altos despachos de los funcionarios del gobierno y de la sedicente iniciativa privada, como en los niveles intermedios de las burocracias pública y privada, así como en las barriadas miserables, desde las que se opera en pandillas de adolescentes y jóvenes que, con el calificativo de , esparcen la inseguridad entre los grandes sectores poblacionales de escasos recursos que, ante la indiferencia (cuando no la complicidad) de las autoridades policíacas, tienen que atascarse en la impotencia y tragarse la indignación. Es evidente, por otra parte, la degradación del sistema educativo en todos los niveles a causa de la incapacidad de una mayoría de los maestros y de la falta de incentivos para los alumnos. Un sistema judicial corrupto asegura la venalidad de la justicia, y un aparato burocrático incapaz y corrompido hace muy difícil la marcha de los asuntos de gobierno. Sectores industriales, comerciantes y financieros coludidos con la podredumbre militar y, en general, gubernamental y, en los casos más señalados, con el tráfico de drogas y el blanqueado de dólares, así como una elite latifundista que perdió el control general del país y que insiste en poner en práctica un modelo económico que ya no funciona, protegido por las armas represivas, terminan por sembrar el desencanto total, el cual se agrava por la incertidumbre de un futuro colectivo que nadie sabe cómo definir y encarar. Aunque aparentemente innecesario -y hasta cierto punto más de tinte periodístico que académico- el párrafo precedente puede contribuir a que se entienda el porqué del abstencionismo tan grande y la razón por la cual el régimen democrático, en su versión electorera, no es el camino para remediar los males descritos. Pero, lo dicho sí es la vía para comprender la pérdida global de valores (o de la intensidad de los mismos) en conglomerados humanos que se ven arrollados por los hechos de su propia historia, que siempre les fueron ocultados o tergiversados, así como por acontecimientos que generados en el extranjero han sido decisivos para trastocar las vidas de sus antepasados, las suyas propias y las de sus descendientes, sobre todo en sectores como el ladino, al que la conformación de la desigualdad colonial lo privó del sentimiento profundo de pertenencia a un con perfiles firmes y, sobre todo, propios. Si bien se ha defendido elaborando una cultura que ha logrado ciertos caracteres de originalidad, nunca ha podido romper con la compulsión de como los indios y como los extranjeros blancos y ricos. No puede sufrir alteraciones en su identidad colectiva quien no la tiene. Únicamente un cambio sustancial de la organización social y una ruptura paulatina y permanente con el sistema neocolonial podrían dar paso a un mañana en el que este grupo social se logre encontrar a sí mismo sin necesidad de partir de falacias para alcanzar metas inalcanzables, y aprenda a aceptar a los mayas ya no como enemigos sino como la base más importante de sus ancestros racial, étnico y cultural. Del pozo en el que han caído sus valores actuales sólo vale la pena que rescate a aquellos que estimulen su inteligencia y su solidaridad humana. En la búsqueda de horizontes menos amenazadores podrá evitar una guerra que, hasta el momento, tiende a aparecer como inevitable.

Al tratar estos temas siempre se entreveran las crudeza de la realidad con las alegorías de la imaginación, del mismo modo que las remembranzas, al transitar por los sueños, se convierten en esperanza. Humberto Ak'abal, desde su verdor de las montañas de su tierra Ki-ché nos dice:

El corazón los entiende.

Son los guardianes de la vida.