1. Introducción: situando las identidades
culturales
En el verano de 1997 di un curso sobre Antropología económica
en la Maestría para la Gerencia del Desarrollo Sostenible que la
Universidad Autónoma de Madrid, España, está impartiendo
en Quetzaltenango, Guatemala, como una contribución a la formación
de gestores de asociaciones no lucrativas y organizaciones no gubernamentales
de desarrollo, fundamentalmente mayas. El curso de Antropología económica
es parte de uno de los módulos de la Maestría, el de Desarrollo,
cuya intención es discutir sobre los distintos significados (y las
prácticas que de ellos se derivan) del concepto «desarrollo»
(hoy inseparables de los términos de «sostenible» y social
o a «escala humana») y sobre la clase de desarrollo en el que
están interesados los alumnos/as, y sus organizaciones en el ámbito
de los Acuerdos de Paz firmados recientemente y en el umbral del siglo XXI.
El curso que impartí se subtitulaba «Los mayas en la era de
la globalización». En él buscaba problematizar la situación
de las poblaciones indígenas mayas guatemaltecas ante los procesos
actuales característicos de la globalización, y en particular
su inserción profunda y acelerada en la economía global.
Estos procesos en Guatemala están relacionados con:
1) la producción para la exportación de productos agrarios
como el café;
2) otros productos agrarios llamados no tradicionales;
3) la producción para la exportación de bienes manufacturados,
o más bien partes de lo que se conoce como maquila;
4) el proceso turístico, y de manera muy particular la producción
de artesanías;
y 5) la emigración. A través de estos procesos, a los que
habría que añadir el ámbito de la cooperación
internacional hoy tan importante en Guatemala, las poblaciones locales,
campesinas e indígenas, son articuladas, y se están articulando
a la producción y consumo de productos en el mercado mundial, a un
nivel que no tiene precedentes. La misma Maestría puede considerarse
un producto más de la forma en que la globalización pone en
contacto lo local y lo global.
Gran parte del debate hoy se centra en la cuestión de si esta articulación
es beneficiosa o perjudicial para las poblaciones locales y en particular
para las culturas indígenas, repitiendo en América Latina
las polémicas sobre la colonización del siglo XVI, el progreso
del XIX, y la modernización de mediados del XX, períodos en
los que se creó y consolidó el sistema económico mundial.
Mi intención en el curso de la Maestría era esquivar estos
términos del debate y tratar de conocer la naturaleza de cada uno
de estos procesos que ponen hoy en contacto lo local y lo global, sus desiguales
efectos sobre las poblaciones creando nuevos espacios de oportunidad y nuevos
criterios de exclusión.
Los cambios económicos, sociales, políticos y culturales derivados
de las nuevas modalidades de «contacto» entre las poblaciones
locales y los procesos globales obligan a repensarse conceptos como «cultura
moderna» y «cultura tradicional» o «cultura indígena»
que son términos claves tanto en la configuración sociopolítica
de Guatemala, como en la polémica sobre el desarrollo.
La idea de ofrecer un curso que se centrara en las nuevas vinculaciones
entre lo local y lo global, me surgió cuando tuve la suerte de asistir
a las clases impartidas en primavera por el historiador guatemalteco Arturo
Taracena. Taracena, junto con otros importantes historiadores e intelectuales
del país, como Gustavo Palma Murga, Marta Casaus Arzú, Demetri
Cojtí y Carlos Guzmán Bockler, han reflexionado sobre la historia
de Mesoamérica y de Guatemala preguntándose, entre otras cosas,
cuáles han sido y son sus sujetos, cómo la historia ha sido
pensada y cómo ha sido escrita.
La importancia de estas preguntas está ligada a la idea, hoy bien
extendida pero no muy asumida, de que la Historia es una construcción
social histórica y por ello producto de las tensiones de intereses
entre grupos distintos dotados de un desigual poder para escribirla a su
favor. Las respuestas a estas cuestiones son esenciales en un país
donde, si bien son fácilmente aplicables las tesis de Hobsbawn y
Ranger (1983) sobre las tradiciones inventadas (e impuestas), parece tan
difícil utilizar para el país como conjunto las de B. Anderson
(1993) acerca de la «comunidad imaginada».
En sus clases, Arturo Taracena mostró con detalle la forma en que
el proceso de producción de café para la exportación
en el siglo XIX consolidó el Estado liberal guatemalteco como un
proyecto nacional donde los ladinos productores desplazaron en la construcción
del estado a los criollos, dedicados al comercio, y recluyeron a los indígenas
mayas en sus comunidades vinculando su reproducción social principalmente
a la producción de cultivos para la sobrevivencia, a la vez que los
encadenaron en la producción del café mediante su participación
forzada en el trabajo temporal en las grandes fincas, principalmente en
la bocacosta, trabajo cuyas características dramáticas bien
ha relatado Rigoberta Menchú en su biografía.
Éste fue un proceso que afectó de manera general a finales
del siglo XIX y principios del XX a toda la región centroamericana,
aunque lo hizo de manera específica y diferente en función
de las características sociohistóricas concretas de sus distintas
regiones. Así, el caso de Guatemala es semejante al de Chiapas, pero
bien diferente al de El Salvador con menor presencia indígena. Sin
embargo, todos ellos deben ser vistos como casos particulares del proceso
general que supuso la consolidación y extensión de la economía
mundial asociada a la propagación del capitalismo imperialista en
el siglo XIX, que insertó de manera diferencial a buen número
de regiones en la producción para el mercado mundial: en este caso
se trata de la producción de granos de café para responder
a demandas específicas en la alimentación de las clases trabajadoras,
que tuvieron que afrontar las duras exigencias de trabajo de las diversas
«revoluciones» industriales europeas manteniendo en ellas insuficientes
aportaciones en la dieta de los trabajadores y creando nuevos patrones de
consumo.
Para Guatemala, el estudio de Arturo Taracena (1997) sobre los Altos de
Quetzaltenango ofrece un caso bien ilustrativo de este proceso de formación
de un estado ladino que encontró en la producción del café
el medio principal de inserción en la economía mundial. Los
textos de McCreery (1994) y de Grandin (1997) abundan en la complejidad
del proceso y de las interrelaciones entre el proyecto ladino y los intereses
de las elites indígenas así como las resistencias de éstas
al creciente peso de la hegemonía ladina. Estos textos son de lectura
obligada para cuestionar la visión excesivamente determinista de
los teóricos de la dependencia y del moderno sistema mundial antes
citados, que tendían a considerar a las poblaciones locales de una
forma demasiado pasiva y al «sistema» capitalista como dotado
de una capacidad ilimitada para imponer sus dinámicas.
La interesantísima exposición de Taracena en la Maestría,
mostró con claridad cómo en ese proceso histórico a
la vez aparecen lo que conocemos como el mundo «tradicional»
y el mundo «moderno», contradiciendo las tesis sobre las comunidades
indígenas que acuñaron los antropólogos Redfield y
Tax, que fueron piezas claves en la literatura y las acciones asociadas
al enfoque de la modernización. Estas tesis ligan la etnicidad y
el parentesco con formas anteriores de organización social, desplazadas
o sustituidas por las nuevas formas asociadas al contrato social y a la
emergencia de un sistema cívico. Según este esquema de pensamiento,
que mantenemos desde la Ilustración, los ladinos aparecerían
ligados al Estado y los indígenas mayas vinculados al espacio mas
«natural» de las comunidades. Los primeros se regirían
por normas sociales contractuales; los segundos por las normas consuetudinarias
de la tradición.
De la exposición de Taracena, en cambio, puede desprenderse una lectura
bien distinta: la etnicidad aparecería como un producto social tan
histórico como el estado, aunque nos siga pareciendo una fuerza natural
autónoma, un principio capaz de determinar de forma independiente
el curso de la vida social y más primitivo y anterior al sistema
de derecho.
En efecto, fue en relación al proceso de producción del café
cuando las poblaciones indígenas quedaron fijadas a sus comunidades
posibilitando el acceso y compra de tierras alrededor de ellas, a la vez
que se impidió la expansión en territorios de la bocacosta
que no eran usados de manera directa en las estrategias productivas de las
poblaciones indígenas, sino que más bien constituían
una zona de seguridad o una reserva bioenergética.
Este proceso contribuyó a «cerrar» la vida de las comunidades
sobre la gestión de sus propios recursos, a la vez que vinculó
sus economías de subsistencia a la producción del café
usando a sus miembros de forma temporal en las grandes fincas productoras
con el consiguiente acceso a ingresos monetarios, que facilitó la
compra de tierras circundantes a las comunidades a la vez que redefinió
las relaciones de poder, dentro y entre ellas. Todo ello contribuyó
a ceñir las comunidades a la gestión de lo local apartándolas
del proceso de construcción del Estado nacional.
Grandin ha descrito los intentos de las elites indígenas de Quetzaltenango
ligadas a un comercio floreciente por crear una hegemonía alternativa
que esquivase a los ladinos quetzaltecos y posibilitara alianzas con el
Estado central.
Pero el proyecto de las elites indígenas chocaba con las condiciones
materiales del proceso de acumulación y de sus relaciones con el
poder que vinculaba, en el proyecto central de consolidación del
Estado guatemalteco, la participación de las poblaciones indígenas
en la producción del café para la exportación con su
reproducción en las comunidades: en ese proyecto había poco
espacio para el juego político de las elites indígenas urbanas
y comerciales de las periferias en la construcción del proyecto nacional.
Desde esta perspectiva, la etnicidad y el contrato social en Guatemala,
o dicho de otra manera, las identidades indígena y ladina, se construyeron
a la vez, como resultado de un proceso histórico específico
que las incorporó, de forma asimétrica, como grupos estructuralmente
desiguales en una economía política única. En Guatemala,
el Estado y las comunidades no son instituciones que se suceden en un orden
temporal evolutivo donde se desarrolla una creciente complejidad organizativa,
sino que surgen necesitándose mutuamente y reforzándose. Podría
decirse que las comunidades indígenas fueron funcionales al Estado
ladino surgido en el siglo XIX, siempre que entendamos que el Estado ladino
fue funcional a la reproducción de las comunidades indígenas.
Evidentemente, los comentarios de Arturo Taracena dieron lugar a una interesante
discusión sobre las relaciones interétnicas entre indígenas
y ladinos. Dado que el 75% de los participantes en la Maestría pertenecen
a distintos grupos étnicos mayas habían encontrado un fructífero
campo de reflexión. Una de las lecturas liminares del curso de Taracena
consistía en mantener que los ladinos, es importante recordarlo,
que en el siglo XIX era un grupo subalterno, habían luchado exitosamente
por convertirse en constructores, y no víctimas de la historia, frente
a los criollos coloniales. El argumento contrasta vivamente con la tendencia
de los grupos indígenas a encontrar en la resistencia étnica
y en la victimización en los sucesivos sistemas de dominio los elementos
constitutivos de una identidad pan-maya. Pero ante mi sorpresa, esa discusión
se refirió por completo a las diferencias culturales y de identidad
entre ladinos e indígenas, y se desentendió por completo del
proceso en relación al cual se habían construido o reconstruido
éstas.
La ausencia total de referencias a la relación entre el proceso de
producción del café para la exportación y la formación
y transformación de los rasgos culturales e identitarios de ladinos
e indígenas me pareció de una trascendencia fundamental porque
limita hoy el debate sobre la construcción del proyecto político
nacional guatemalteco a una perspectiva culturalista.
Como consecuencia, dificulta plantearse la ubicación actual de las
poblaciones indígenas en el proceso de globalización económica,
dificulta formular preguntas cómo: ¿Qué tipo de ubicación
les puede ser más favorable a los grupos étnicos?, ¿De
qué manera y con qué desiguales consecuencias para sus miembros?,
preguntas que están en la base de la construcción actual del
proyecto nacional guatemalteco.
Es fundamental para mi argumentación dejar claro que no sostengo
que la etnicidad es simplemente una construcción social y con ello
una forma de falsa conciencia, una mistificación de las clases. Estas
afirmaciones ignoran que la forma en que se da significación a las
relaciones en cualquier sistema es parte irreductible de la realidad de
ese sistema, y que las estructuras de desigualdad y los términos
de su representación cultural ya sea que las subsuma bajo la idea
de etnicidad o de cualquier otra, son mutuamente constitutivas.
Cuando se convierte en principio objetivado en la conciencia colectiva de
una sociedad, la etnicidad puede ser perpetuada por factores diferentes
de aquellos que causaron su emergencia, y pueden tener un impacto directo
e independiente del contexto que surgió. En consecuencia, no puede
menospreciarse la construcción de políticas de resistencia
y acción mayas ceñidas al ámbito de las identidades,
un terreno que puede dar éxitos políticos indudables al pueblo
Maya.
En lo que quiero insistir es que esta estrategia no resuelve los problemas
que se relacionan con la ubicación de los mayas en procesos económicos
y socioculturales que no controlan y que les afectan hasta el punto de ser
los motores de transformaciones socioculturales, como fueron en el siglo
XVI la colonización española y en el siglo XIX la inserción
por medio de la producción de café en el mercado mundial.
En ambos períodos los mayas quedaron relegados en sus comunidades
y perdieron la capacidad para controlar o reconducir los procesos más
amplios que contribuyeron decisivamente a determinar sus vidas.
Un enfoque que conecte la cultura y la economía política considera
la conexión entre las poblaciones locales, en su capacidad relativamente
autónoma para otorgar significados y orientar sus acciones, con los
procesos mas amplios que inciden en sus vidas. Este enfoque era el que yo
pretendía introducir en el curso relacionando las poblaciones indígenas
mayas con la expansión de la economía capitalista del fin
de siglo XX, que constituye hoy una «economía global»
y que ofrece un nuevo contexto con nuevas oportunidades y constricciones
para las poblaciones locales, y en particular indígenas.
Una característica reconocida de la economía global es que
si bien conecta el planeta por medio de una serie de redes de flujos, lo
hace selectivamente; hay espacios que son irrelevantes para esa economía
global. Si es esto cierto, y los economistas, los gobernantes y la mayor
parte de nosotros así lo creemos, la habilidad de los lugares, las
regiones y las naciones por insertarse en la economía global aparece
como un elemento central para su sobrevivencia.
En esta dirección, era importante hacerse varias preguntas en el
curso de la Maestría, que se refieren al cambio sociocultural derivado
de la nueva fase de globalización económica en Guatemala y
en particular sobre las implicaciones para la poblaciones indígenas:
¿Cómo se incorporan y son incorporadas las poblaciones locales
a estos procesos?, ¿qué efectos tienen en ellas?,¿
qué personas y grupos son los más afectados y cómo
lo son a corto, medio y largo plazo?. En relación a la configuración
futura de las relaciones interétnicas en Guatemala pueden añadirse
las preguntas acerca del uso de las identidades étnicas en los procesos
de inserción y, en sentido inverso, sobre los efectos que estos procesos
tendrán sobre la reconstrucción de las mismas identidades,
como aconteció en los siglos XVI y XIX.
Estos campos de interrogantes constituyen un marco fructífero de
reflexión hasta ahora poco explorado, entre otros motivos por el
divorcio ya señalado que existe entre la literatura que se ocupa
de la globalización económica y la que lo hace sobre las relaciones
interétnicas. En lo que sigue me ocuparé del debate que empieza
a esbozarse sobre esta cuestión a través de algunos textos
producidos en los últimos años y que pueden tener incidencia
en Centroamérica.
2.Los Mayas en la Era de la Globalización
Recientemente, el sociólogo centroamericano, Pablo Pérez
Saínz (1997 y 1996) se ha ocupado de la problemática de la
globalización para Centroamérica y para Guatemala en particular.
Como sugiere en su último artículo «Lo global y lo local»,
la globalización económica es un referente clave para entender
el desarrollo actual de Guatemala y de Centromérica.
La crisis de los años ochenta y el cambio de modelo de desarrollo
han supuesto la apertura de las economías centroamericanas y el inicio
de importantes procesos de reestructuración productiva.
Esto ha sido una constante en toda América Latina en la década
de los ochenta, conllevando grandes transformaciones económicas,
en la conformación de una diferente estructura de oportunidades para
los distintos grupos y clases sociales, y en consecuencia, la emergencia
de nuevas formas de concertación política. La mayor parte
de los analistas de la realidad del subcontinente, sitúan estos cambios
en la respuesta que los gobiernos de América Latina, y los de Centroamérica
en particular, están dando al problema de la crisis de los ochenta
relacionada con la crisis de la deuda externa por medio de políticas
de ajuste estructural.
Los procesos de reestructuración productiva apuntan hacia la producción
de bienes exportables y flujos de conexión económica con el
exterior.
Pérez Saínz señala los nuevos procesos en los que significativamente
se manifiesta hoy la conexión económica entre lo local y global
en Centroamérica: la emigración, la exportación de
productos agrícolas no tradicionales, las nuevas industrias de exportación
(maquila) y el turismo.
Sus artículos se centran en las dos últimas. Como otros muchos
analistas considera la globalización más como una «realidad»
a la que adaptarse, que como un proceso abierto que está construyéndose
en base a las tensiones derivadas de los distintos intereses de los diferentes
grupos.
La nueva realidad a la que se refiere Pérez Saínz contrasta
vivamente con el período anterior ligado en América Latina
a la sustitución de importaciones, como el eje de regulación
social.
En Guatemala no se dio un proceso de relativa modernización científico-tecnológica
e industrial como ocurrió en otros países de industrialización
tardía, como fue el caso de su vecino México o de Brasil:
la conjunción de intereses, internos y externos al país, contrarios
a la consolidación de una experiencia como la mejicana, hizo fracasar
la revolución social guatemalteca del período 1944-54. Sin
embargo, sostiene el mismo autor en un artículo anterior (1996),
que la consolidación y desarrollo del Estado nacional adoptó
la forma de un «subfordismo» siguiendo el modelo que se extendió
por todo el mundo con el proceso de modernización dominante en aquellas
d écadas.
Para el período anterior, los términos «tradición»
y «modernidad» eran considerados contradictorios. Para la mayoría
de los analistas, la sociedad moderna era incompatible con los valores y
costumbres tradicionales. Geertz (1962), por ejemplo, pensaba que la sociedad
moderna industrial quizás no significara necesariamente el desarrollo
de la libre empresa capitalista, pero sí el declive de la magia y
la construcción de un código universal legal y moral, la creciente
movilidad social de la burocratización del gobierno y el aislamiento
de la familia elemental de los lazos familiares extendidos.
Para la mayoría de los estudiosos del cambio social, las sociedades
tradicionales y los estados emergentes debían proceder a una amplia
transformación para hacerse compatibles y adaptados a ese sistema
industrial y moderno, que en última instancia correspondían
tanto a los países occidentales capitalistas como a los países
socialistas del Este: ambos compartían la misma oposición
a la tradición.
Como ocurre siempre, no todos los autores mantenían del todo esta
perspectiva. Uno de ellos fue Manning Nash, que en su estudio Los Mayas
en la era de la máquina, en el que analiza el impacto de la instalación
y funcionamiento de una fábrica textil sobre la población
Quiché de Cantel, cerca de Quetzaltenango, y donde mostró
que a diferencia de lo que suponía la corriente principal de los
estudios de la modernización, instituciones como la familia y el
sistema cívico religioso no eran, en sí mismos, incompatibles
con el funcionamiento de la industria dándose un proceso de adaptación
mutua entre la producción fabril y las instituciones tradicionales.
En cambio, Nash comprobó que la emergencia y reforzamiento de instituciones
nacionales modernas como los sindicatos obreros, con el proceso revolucionario
de la década de 1944-1954, sí plantearon tensiones importantes
en las instituciones locales dándose nuevos mecanismos de ascenso
social y nuevos sistemas de prestigio en las localidades, principalmente
para los jóvenes, que colisionaron con los sistemas tradicionales
basados en el papel de los ancianos en la regulación de la vida social
local.
Aunque Nash hizo importantes críticas al enfoque de la modernización,
compartía la misma perspectiva que sus contemporáneos acerca
de la «cultura», considerándola un sistema total, delimitado
y coherente, con características específicas que la hacían
aparecer como autónoma e independiente de los procesos y realidades
que la enmarcan.
Esta forma de concebir las culturas heredada del relativismo cultural (que
se aplicaba tanto a la cultura «tradicional» como a la «moderna»)
como si fueran discretas, hizo que se enfatizaran sus diferencias y sus
fronteras, y al usar un planteamiento dicotómico, donde las características
de una son vistas por oposición a las de la otra, lo tradicional
y lo moderno aparecen como mundos antitéticos e irreductibles. Las
preguntas que se hacía Nash estaban formuladas desde una perspectiva
desde la que era imposible la coexistencia cultural de la tradición
y las instituciones indígenas y la modernización.
La industrialización, en definitiva, debía acabar por integrar
la cultura indígena en un proceso de asimilación y mestizaje
que en Guatemala adoptó el término (irrevocablemente asociado
a sus dramáticas consecuencias) de «ladinización».
Hoy el concepto de globalización económica, en cambio, parece
poner en contacto lo «tradicional» y lo «moderno»
de distinta manera. Si el enfoque de la modernización insistía
en que las sociedades locales debían adaptarse al capitalismo (modificándose),
la globalización parece ligarse a una concepción sobre el
capitalismo que permite que éste se adapte a las variantes culturales
locales (Blim 1997). Son ahora precisamente las distintas características
socioculturales locales las que permiten a las localidades, como las comunidades
indígenas, acoplarse exitosamente a la economía global.
Pérez Saínz utiliza el concepto de «capital social»,
(1996:10), como el mecanismo por el cual los lugares logran acoplarse a
la economía global. Define el capital social como «...expectativas
para la acción dentro de una cierta colectividad que afectan a los
fines y comportamientos económicos de sus miembros, incluso si tales
expectativas no tienen orientación económica».
Entre las formas de capital social distingue:
1) la introyección de valores compartidos por los miembros que pertenecen
a una localidad o grupo étnico,
2) la reciprocidad simétrica de redes sociales horizontales de intercambio
no mercantil,
3) la solidaridad comunitaria ante un hostigamiento externo, y
4) la confianza exigible entre personas que pertenecen a un grupo determinado
y que subordinan los deseos individuales a las expectativas colectivas.
Todas estas modalidades son expresiones de las características que
se presumen de las relaciones sociales cara a cara entre individuos cercanos
física y socialmente; hacen referencia a sistemas de relaciones primarias
anteriores y/o que funcionan al margen de las relaciones contractuales y
formalizadas relacionadas con un estado de derechos y obligaciones. La globalización,
en cambio, casa bien con las lealtades primordiales. En consecuencia, para
Pérez Saínz el contexto sociocultural que caracteriza cada
economía comunitaria es crucial para configurar su integración
al sistema mundial.
En general, cuanto mayor presencia de capital social y más diversificado
en sus modalidades, más posibilidades de lograr una inserción
menos espuria en el proceso globalizador. Para el autor, la globalización
permite un margen de maniobra a las comunidades; éstas, lejos de
permanecer inermes al impacto globalizador, reaccionarían ajustándose
a él, movilizando sus propios recursos socioculturales. Son estos
los que representan su verdadera ventaja comparativa.(Pérez Saínz:
16-17). En resumen, a través del capital social, las comunidades
encontrarían, o no, la vía para insertarse en la economía
global, proceso por el cual, en último término, sobreviven
o perecen, si no lo consiguen.
Pérez Saínz, coincide en sus conclusiones con buena parte
de los autores de la literatura reciente acerca del cambio actual de modelo
de acumulación del capitalismo. En esta dirección el autor
cita en una nota a pie de página a autores como Piore, Sengenberger
y Pyke y Zeitlin para quienes el fordismo ( y su sucedáneo, el subfordismo
centroamericano) habría agotado un ciclo histórico y estaría
siendo sustituido por un nuevo modelo basado en una horizontalidad de la
economía y apoyado en una notable aceleración de los procesos
tecnológicos, tanto en lo que atañe al ritmo de las innovaciones
como en lo que se refiere al lapso que transcurre entre las innovaciones
y su incorporación a la producción. Tales procesos, que se
asientan en la informática, la robótica, la electrónica,
los nuevos materiales, la genética y la biotecnología, sugieren
un mundo productivo y social caracterizado por la flexibilidad para acoplarse
al acelerado ritmo de cambio en el que las economías nacionales se
están integrando a los mercado globales.
El análisis de Pérez Saínz, con el uso del capital
social como mecanismo adaptativo, tiene la ventaja de permitir un acercamiento
comparativo entre distintas localidades de la región centroamericana,
que posibilita mostrar la variedad de respuestas locales a la articulación
a la economía global y las diferencias en el grado de éxito
en su forma de inserción. Sin embargo, sus conclusiones se encuentran
con dificultades, como lo hace, en general, la literatura del cambio de
modelo de acumulación.
En primer lugar, al presuponer que son las comunidades los actores económicos
relevantes y no sus diversos pobladores, el enfoque desvía su atención
de las líneas de fragmentación y contestación intracomunitarios
presuponiendo a las comunidades como unidades caracterizadas por relaciones
sociales dominadas por la confianza entre sus miembros, que las llevaría
a mantener un interés común ignorando las líneas de
confrontación en base a sus distintos intereses de género,
generación, clase o etnicidad. El concepto de capital social difumina
las diferencias internas dentro de las comunidades, el desigual reparto
de poder y los conflictos existentes en ellas.
Una segunda fuente de problemas de su enfoque, relacionado con el punto
anterior, tiene que ver con el hecho de que no hay nada en el capital social
local, como no lo hay en el bienestar nacional, que asegure en sí
mismo la redistribución de la riqueza. Estos planteamientos parten
de la asunción de una pobreza compartida en las localidades productoras
y no se preguntan por los efectos que tendrá la generación
de riqueza sobre las estructuras y las dinámicas locales. Es una
característica del crecimiento capitalista que promueve la acumulación
de unos a expensas de otros; por su misma estructura estratifica ofreciendo
un campo desigual de oportunidades.
El capitalismo introduce a los indígenas en sus reglas de juego en
un proceso continuo de generación de la desigualdad. Elementos importantes
en esta dinámica son los nuevos intermediarios, conocidos en la literatura
antropológica como brokers, figuras que saben leer las nuevas oportunidades
de la conexión de las poblaciones locales y el capitalismo global.
La función del broker, parafraseando a Wolf, sería relacionar
aquellos individuos orientados hacia la comunidad que quieren aumentar las
oportunidades de su vida, pero a quienes les falta seguridad económica
y conexiones políticas, con aquellos otros que operan primariamente
en relación a instituciones nacionales e internacionales, y cuyo
éxito en esas operaciones depende de la naturaleza y extensión
de sus relaciones y de la fuerza de su seguimiento personal. La existencia
de los brokers y el análisis de los impactos de sus acciones sobre
la estructura socioeconómica de las comunidades está totalmente
ausente del trabajo de Pérez Saínz.
En tercer lugar, el autor mantiene una visión donde la globalización
económica representa una «realidad» a la que las comunidades
deben adaptarse de manera activa y empresarial como posibilidad de sobrevivencia.
Así como antes las comunidades indígenas se adaptaron a la
naturaleza inventando el maíz y cultivando las milpas leyendo las
reglas del orden natural, ahora deberán leer con aplicación
las nuevas reglas del juego de la globalización económica.
En esta interpretación el mercado ha sustituido a la naturaleza como
el entorno al que las poblaciones deben adaptarse mediante la movilización
de sus recursos culturales.
Por último, el trabajo de Pérez Saínz, no sólo
no se cuestiona la economía de mercado, sino que tampoco se pregunta
si las poblaciones locales (al menos ciertos grupos de individuos dentro
de estas poblaciones) están por la labor de articularse a ella como
activos y entusiastas agentes capitalistas; no se pregunta por las estrategias
de resistencia, ni por las consecuencias no deseadas de dicha integración.
Como corolario de lo anterior, al reificar, esencializar e ignorar la dinámica
de las comunidades, tanto en su interior como de su conexión con
el exterior, la posición de Pérez Saínz tiende a responsabilizarlas
del éxito o fracaso de su articulación a la economía
global.
Como no deja de reconocer Pérez Saínz (1997), hay una voluntad
evidente de los gobiernos en Centroamérica por seguir una orientación
hacia la producción para la exportación de producto. El contexto
de dicha apertura comercial es el de una política neoliberal ligada
al ajuste estructural: las divisas son necesarias para contrarrestar las
desequilibradas balanzas de pago nacionales. Una consecuencia de estas políticas
es la disminución de la capacidad de los estados para satisfacer
las necesidades y los derechos de sus ciudadanos, dejando a las comunidades
y a la sociedad civil la responsabilidad (y la obligación) de satisfacerlos.
Desde esta perspectiva, la globalización económica, las políticas
neoliberales de ajuste estructural y la emergencia de las comunidades como
unidades de adaptación al nuevo sistema de la economía global
a través de los nuevos procesos de articulación, no son realidades
paradójicas, como sugiere Pérez Saínz. Como sugieren
Gupta y Ferguson (1992) es en el contexto de la sustitución de las
pautas de acumulación fordista por la llamada acumulación
flexible en numerosas áreas del planeta, en la que surge la actual
polémica de las comunidades, identidades y formas culturales. Las
comunidades aparecen como una condición necesaria para el desarrollo
del capitalismo mediante la adaptación exitosa de los lugares a una
economía global, cuyas reglas se dictan en otra parte. En este sentido,
la situación a finales del siglo XX de las relaciones de las localidades
y el sistema mundial tiene más que ver con la del siglo XVI y la
del XIX, que con el período del fordismo que le antecede.
En la literatura sobre el cambio de modelo de acumulación hay pocos
textos sobre la articulación de las poblaciones locales a los procesos
globales que adopten un enfoque alternativo al de la adaptación a
la economía global. Ello se debe a la debilidad del pensamiento crítico
de izquierdas en el contexto de un neoliberalismo que se ha encontrado sin
contrincantes en la política y en el ámbito intelectual y
que ha ido configurando las bases de un pensamiento hegemónico acerca
del mundo (capitalista) del futuro, hasta el punto de formular una hipótesis
como la del fin de la Historia.
Uno de estos textos es el artículo de Carlos Cabarrús (1997).
En él, el autor argumenta que hay una relación directa entre
el auge de los grupos étnicos y el resultado del capitalismo. En
este punto Cabarrús parece extender a la división espacial
del trabajo capitalista de la economía global los argumentos que
E. Wolf (1987) utiliza respecto a las diferencias étnicas en el mercado
de trabajo capitalista: «El capitalismo no creó todas las distinciones
étnicas y de raza que sirven para diferenciar categorías de
trabajadores. Sin embargo, es el proceso de movilización del trabajo
dentro del capitalismo lo que comunica a estas distinciones sus valores
efectivos», y añade Wolf que, en consecuencia, tales «etnicidades
no son, pues, relaciones sociales "primordiales". Son producto
histórico de la segmentación del mercado de trabajo bajo el
modo de producción capitalista».
De manera semejante, para Cabarrús la «alteridad» étnica
brinda la posibilidad de un acento muy cualificado en la utilización
de la mano de obra y en la consiguiente extracción de la plusvalía.
En el contexto de la globalización económica esta característica
de la etnicidad (y del capital social por extensión) tendría
una importante funcionalidad para el desarrollo del capitalismo. Usando
los casos del trabajo rural (ligado a la producción para la exportación
y el turismo), el comercio y la política centroamericanos sobre poblaciones
indígenas en Guatemala y Panamá, Cabarrús muestra que
la estratificación social ligada a la diferencia étnica es
usada como un medio del capitalismo para obtener mejores beneficios económicos:
la diferencia étnica sería, así, funcional al desarrollo
del capitalismo mediante la producción local.
Además, el artículo de Cabarrús también explora
las consecuencias del fortalecimiento de la economía étnica,
ya que, al tomar conciencia las poblaciones de su etnicidad, adquieren un
poder simbólico y de acción que puede ser contrario a los
propósitos del capitalismo, ya que el problema étnico reside
en causas distintas a las afectadas por ese sistema.
Este argumento es especialmente importante en el momento actual en el que
la globalización alcanza el reconocimiento de la problemática
indígena tras las diversas campañas de denuncia y resistencia
mediante las cuales los grupos étnicos han adquirido un creciente
protagonismo en América Latina, tanto en las políticas nacionales
como en el ámbito internacional, consiguiendo algo que debemos considerar
un hecho histórico: la redefinición de las relaciones entre
los derechos universales individuales y los derechos de las minorías
y los pueblos indígenas.
Los Acuerdos de Paz firmados en Guatemala, y en especial el Acuerdo sobre
la Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas, es un claro ejemplo
de la influencia de esa conciencia global. De esta manera la cuestión
étnica y la dimensión indígena de las comunidades escapa
de la funcionalidad de la reproducción del sistema capitalista y
se sitúa, como un principio independiente, frente a él.
La consideración de esta doble acción recíproca y tensa
entre las poblaciones y los sistemas, ha llevado a algunos antropólogos
en los últimos años a denunciar el hecho de que la influencia
de un marco global ha significado, casi siempre, no tomar en cuenta el efecto
que los procesos a nivel local tienen sobre el panorama más amplio.
C.Smith, por ejemplo, en uno de sus trabajos sobre Guatemala en 1984, señalaba
que debemos mirar no solamente cómo operan las fuerzas externas,
según el modelo global, sino también cómo el capitalismo
es afectado por las instituciones y condiciones locales.
Creo que sería útil enfocar al menos algunos de los procesos
de articulación local-global, no sólo como adaptaciones a
las fuerza externas, sino también como luchas contra dichas fuerzas.
Mediante estas estrategias que contienen a la vez acomodación y resistencia,
las poblaciones no sólo se adaptan a las fuerza del capitalismo,
también las afectan y contribuyen a trasformarlas.
Otro texto de referencia para la región en este sentido, es el libro
compilado por Groot y Rubén Pasos, que describe una serie de experiencias
en Centroamérica desde las que elaborar un conjunto de propuestas
campesinas para el desarrollo sostenible de la región. Estas propuestas
engarzan bien con una emergente tradición intelectual importante
en la década de los noventa, que recoge las aportaciones de distintas
corrientes, que han adoptado términos como Agroecología, Ecología
Política, Ecosocialismo, la ecología de los pobres o Ecofeminismo
y que en su conjunto constituyen una perspectiva (plural y a veces contradictoria)
contrahegemónica al pensamiento neoliberal.
Desde esta tradición puede hacerse una lectura distinta de las formas
que adoptan las relaciones entre las poblaciones locales y los procesos
globales. Un común denominador de estas corrientes es señalar
que los grupos indígenas y campesinos no sólo buscan adaptarse
a la economía capitalista de mercado, sino que en sus luchas históricas,
por la tierra y el control productivo, y en las nuevas luchas («semánticas»)
por la definición de la naturaleza (Groot y Pasos) crean las condiciones
para construir un mundo en el que puedan reproducirse, desde sus intereses,
valores y tradiciones culturales. Apoyados en estas últimas, basadas
en sus actividades e impulsados por sus expectativas y visiones del mundo,
los grupos campesinos e indígenas tratan de crear nuevos caminos
que les sean favorables.
Desde esta perspectiva, encontramos fructíferas formas de relacionar
lo «tradicional» y lo «moderno», donde lo primero
no es superado por lo segundo, ni donde las poblaciones locales deben buscar
adaptarse a las nuevas condiciones de la economía global. Un último
ejemplo: la descripción de los usos «tradicionales» de
cultivo de poblaciones indígenas kakchikeles retornadas tras el exilio
en México al Departamento de Chimaltenango realizada por el ingeniero
Fernando Vargas revelan las estrategias campesinas por consolidar una tecnología
en la producción de alimentos desde sus propios conocimientos, prácticas
e intereses. Éstos contrastan con los de la agricultura intensiva
capitalista, cuyas prácticas, generalizadas en la presunción
de su supuesta superioridad, han conducido a la degradación ambiental
y al endeudamiento de los sectores campesinos.
La formulación de una nueva tecnología cuyo punto de partida
sea el uso y las necesidades locales exige actuaciones que exceden el ámbito
local, como puede ser la reformulación de la política de investigación
y desarrollo nacional, en el campo agrario y en otros, reorganizando sus
lineamientos desde la revalorización del conocimiento local «tradicional»,
no como algo a conservar sino como un motor para el desarrollo que debe
ser alimentado. Exige también la construcción de redes de
comunicación e intercambio de experiencias con comunidades y centros
de investigación de otras regiones y países con las que compartir
prácticas, necesidades e intereses.
Este ejemplo concreto sirve para mostrar cómo las tradiciones culturales,
lejos de estar construidas por esencias fijas e inmutables, como sostienen
con frecuencia los científicos sociales y como asumen los políticos
que mantienen (tanto modernizadores como tradicionalistas) tesis culturalistas,
permiten a los individuos y los grupos buscar sus propios caminos de desarrollo,
y lo hacen interrogando y actuando en el mundo que constituye su entorno,
contribuyendo así a conformarlo.
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