Ésta es una rápida comparación entre los alcances
generales que la negociación y la paz tienen en Guatemala y El Salvador,
de sus profundas diferencias y sus similitudes. El trabajo se orienta por
las respuestas a un par de interrogantes clave: ¿Qué clase
de conflicto es el que termina en cada uno de ellos? Y, en consecuencia,
¿qué es lo que se negocia cuando se firma la paz?, ¿cuáles
son las modalidades del diálogo y la calidad de las fuerzas políticas
que lo impulsan?
I. LA HISTORIA SIMILAR
Son particularmente parecidas las historias de las sociedades subdesarrolladas
en América Latina. Es la homogeneidad relativa de las estructuras
de la dependencia, de las oligarquías, de las luchas frustradas por
la democracia, etc. Pero lo son aún más las de las sociedades
como Guatemala y El Salvador, que en la posguerra tienen la experiencia
política común de derribar a sus caudillos militares, con
diferencia de meses, después de huelgas generales animadas por coaliciones
cívico/militares. En ambas sociedades, entre 1944/45 hubo esfuerzos
por construir regímenes democráticos, que se frustraron con
mayor dramatismo en Guatemala por la breve década democrática
que se acabó en 1954.
Ambas sociedades tienen en su vientre oligarquías terratenientes
que han dispuesto de mano de obra abundante, obediente, barata. Esta oferta
ha sido fuente de ganancias para los señores de la tierra por lo
que, manipulada con violencia, ha sido el mayor obstáculo para la
vida democrática. Los sistemas económicos son similares en
su textura productiva, en la conducta de sus actores, en sus consecuencias
sociales y políticas. En los dos países, los militares, ayudados
por los abogados, fueron guardianes feroces de ese orden sociopolítico.
Concentración de la riqueza, exclusiones sociales que en Guatemala
están reforzadas por la condición indígena del campesinado.
Es particularmente cierto que en estos países las estructuras de
larga duración producen personalidades radicales, a la derecha y
a la izquierda. La referencia anterior es a la unidad de experiencias relacionadas
y que van desde el tipo de propiedad y la apropiación del excedente
hasta la educación, la cultura y el horizonte de oportunidades de
unos y otros. La política la hicieron los sectores medios y de su
seno salieron las víctimas y los verdugos. En ambas sociedades, las
causas del conflicto fueron de naturaleza política. Aún más,
la ausencia de instituciones democráticas y de oportunidades para
ejercitar la participación.
II. IDENTIFICANDO ALGUNAS DIFERENCIAS
Lo coetáneo de las crisis en Nicaragua, Guatemala y El Salvador en
la década de los ochenta hizo pensar en la homogeneidad de condiciones
en las tres experiencias nacionales. Se llegó a pensar en la homogeneidad
de condiciones en las tres experiencias nacionales. Se llegó a pensar,
por el lado de la derecha, de una conspiración desde La Habana. Las
diferencias son tan notables a partir de las causas locales, que empezamos
por señalar algunas de ellas, que a lo largo de esta conferencia
podrán completarse.
Una primera distinción es decisiva. No son fenómenos sincrónicos,
como se viene afirmando. El conflicto guatemalteco empezó a finales
de la década de los cincuenta y se prolonga por cuatro décadas,
el salvadoreño alcanzó a cubrir un poco más de la década
de los ochenta. Una segunda diferencia marca claramente la distinta naturaleza
de la crisis a la que se le pone punto final. En este aspecto, también
ha habido una tendencia analítica que al subrayar las semejanzas
se quedan solamente con ellas, desorientando el análisis. Veámoslo.
En El Salvador se produjo indiscutiblemente una guerra civil, cualesquiera
que sean las categorías teóricas que se utilicen para calificarla.
Y hubo tres aspectos que, genéricamente, la definen: un enfrentamiento
armado entre nacionales, que se mantiene por un largo período de
tiempo, ocupando espacios geográficos precisos, desarrollando mandos
militares unificados y ejerciendo con diverso grado de amplitud (local o
no) formas de poder.
En Guatemala no hubo guerra civil sino conflicto social a raíz del
derrocamiento militar de Arbenz (1954) que se agudizó con el golpe
institucional del ejército en Marzo de 1963 y que dio paso al desarrollo
de un Estado contrarrevolucionario, encabezado por militares. Contribuye
a darle este carácter, sobre todo, el influyente clima de la guerra
fría y la aún más decisiva ayuda norteamericana. Han
sido varias décadas de sistemática política contrainsurgente,
en cuyo interior hubo dos olas guerrilleras, en 1965/67 y desde finales
de los setenta hasta 1982. En Guatemala hay más muertos en los cuarenta
por represión política que los caídos en combate propiamente.
Hubo un largo período de violencia contrainsurgente con breves espacios
de lucha insurgente.
Una tercera diferencia igualmente decisiva es que el Frente Farabundo Martí
entre 1980/83 y después de 1986 logró tener siempre la iniciativa
militar como lo comprobó la toma de San Salvador, en Noviembre de
1986 la calidad del ejército nacional no pudo evitar ni una retirada
ordenada ni el regreso, días después. Se habla figurativamente
de un empate estratégico que en la perspectiva del orden político
nacional imperante se debería traducir como la incapacidad del Ejército
para vencer la subversión. La calidad operativa del FMLN se mantiene
intacta hasta el final.
En Guatemala se discute cómo debe de ser interpretado lo que ocurrió
a comienzos de los años ochenta con los tres frentes guerrilleros
después de las campañas militares que terminan con la llamada
operación Victoria 82, que costó 50.000 campesinos asesinados,
medio millón de desplazados y más de cien mil refugiados.
El ejército reduce el espacio social, dispersa a la guerrilla y crea
las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC), con lo cual aísla aún
mas. Finalmente unificado el mando militar de la URNG en 1984, se mantiene
presente en acciones aisladas en numerosos puntos del país. Pero
es el regreso a la «propaganda armada». Su capacidad ofensiva
es inferior a su presencia política en el interior y su imagen político-diplomática
en el exterior. Tal vez no pueda hablarse de una derrota, pero la URNG no
tiene desde entonces ninguna
iniciativa militar.
III. DEMOCRATIZACIONES, PACIFICACIONES
En ambas situaciones, los procesos de construcción de la paz han
sido particularmente paralelos a los procesos de democratización
política. No es exactamente que la democracia anteceda a la paz pero
la salida de los militares del gobierno es el antecedente inmediato de la
búsqueda de la paz. Entonces, la llegada de los gobiernos civiles
es condición esencial para la proyección de una nueva época,
sin guerras. Se trata de una doble transición marcada paulatinamente
por un conjunto de circunstancias que constituyen una originalidad contradictoria
frente a los resultados finales. Se dice contradictoria porque, en El Salvador,
la convocatoria a Asamblea Constituyente ocurre en un momento en que la
guerra se recrudece (1983) y en Guatemala cuando ha ocurrido una poderosa
ofensiva militar (1985). Se buscó constitucionalizar la vida política
en medio de la guerra y por ello los primeros gobiernos civiles pero legales,
pero su legitimidad fue débil.
La difícil construcción democrática no podría
exitosamente ocurrir en el primer momento de la transición, cuando
las circunstancias políticas estaban aún bajo pleno control
militar y por ello fueron adversas para los nuevos gobiernos civiles. Y
aunque es cierto que los primeros presidentes civiles electos libremente,
los democristianos Duarte y Cerezo, no pudieron alcanzar la paz y apenas
iniciar los primeros balbuceos de un diálogo que posteriormente cobra
fuerza, es indudable que un régimen militar jamás se hubiera
abierto al diálogo.
La búsqueda de la paz, como ya el sentido común lo repite
por todas partes, fue posible por la concurrencia de factores internacionales
y locales. El clima externo fue creado por la acción del Grupo de
Contadora, que formuló recomendaciones oportunas para evitar la generalización
de la guerra, para establecer mediaciones que detuvieran al conflicto e
inauguraran un período de paz con democracia. El acta final de Contadora
no fue aceptada plenamente por los presidentes centroamericanos en 1985,
pero constituye un valioso antecedente de las cumbres presidenciales llamadas
de Esquipulas. El Acuerdo de Esquipulas II, del 7 de agosto de 1987, planteó
una solución global para la pacificación de la región,
basada en la consolidación de la democracia, promoviendo un diálogo
nacional, una amnistía general, el cese del fuego, todo ello buscado
a través de comisiones plurales de reconciliación.
En la espesa tradición de intolerancia de la vida guatemalteca, la
constitución de la Comisión de Reconciliación a mediados
de 1988 permitió por primera vez contactos entre la URNG y actores
locales diversos, primero y luego, diálogos preliminares con representantes
del gobierno. En El Salvador, los intentos fueron anteriores, desde 1986,
pero de escasos resultados. El FMLN tuvo diversas iniciativas, pero no es
posible hacer en este momento, por razones de tiempo, la crónica
de un difícil recorrido, más arduo en El Salvador, pero más
prolongado en Guatemala. Sólo señalaremos algunos hitos importantes,
de lo que son por lo demás, hechos bien conocidos. De hecho, el proceso
de paz se ve facilitado cuando los cinco presidentes centroamericanos pidieron
la intervención del secretario general de la Naciones Unidas, para
que interpusiera sus buenos oficios directamente dirigidos a alcanzar el
fin de los conflictos. Esta decisión fue alcanzada dos años
después del Acuerdo de Esquipulas, cuando el Consejo de Seguridad
del 27 de julio de 1989 resolvió autorizarlo.
IV. LAS DIVERSAS CONDICIONES NACIONALES
El proceso de paz en Guatemala abarca cuatro gobiernos y tres comisiones
de paz distintas. En esos casi nueve años fue cambiando paulatinamente
el estilo del diálogo, la voluntad de las fuerzas intervinientes,
el contexto internacional. El primer problema resuelto fue con el reconocimiento
de la URNG como fuerza político/militar con la que había que
parlamentar. Por ejemplo, le otorgó legitimidad la reunión
de El Escorial con partidos políticos nacionales (1990). El escenario
local fue variando desde los temores de Vinicio Cerzo, la anuencia condicionada
de Serrano, los primeros acuerdos con De León y el éxito final
con Arzú.
En El Salvador, el recorrido fue más breve e intenso. El acuerdo
suscrito el 15 de septiembre de 1989 en México entre la representación
del Gobierno y el Frente Farabundo Martí para la Liberación
Nacional para iniciar un diálogo que condujera a la firma de la paz,
fue elevado como solicitud a la ONU. En octubre de ese año, el secretario
general informó a la Asamblea General y al Consejo de Seguridad y
se autorizó buscar por la vía política un fin a la
guerra civil. Los esfuerzos del representante Sr. Álvaro de Soto
fueron decisivos durante todo el período.
De los numerosos encuentros habidos entre los contendientes guatemaltecos,
sólo empieza a ser importante por la formalidad del formato alcanzado,
el Acuerdo suscrito en Oslo en marzo de 1990, que puede ser considerado
como el inicio directo de las conversaciones de paz. Seis años habrán
de pasar para que estas alcancen un final exitoso. Es distinta la experiencia
salvadoreña. En efecto, con el Acuerdo de Ginebra, del 4 de abril
de 1990, se señalaron cuatro objetivos a alcanzar y un cronograma
de trabajo: finalizar el conflicto por la vía política, consolidar
la vida democrática, garantizar el respeto a los derechos humanos
y reconciliar a la sociedad salvadoreña. En Guatemala, sólo
el Acuerdo de Marzo del 10 de enero de 1994 pudo alcanzar una precisión
razonable similar.
Estas diferencias en el tiempo son de orden cualitativo; expresan la distancia
que se establece entre la intención política de negociar y
la decisión práctica de hacerlo, medido en términos
de resultados. Es la distancia que mide la voluntad de los hermanos enemigos
para entenderse, cuando los logros concretos, firmados, van expresando paulatinamente
el nivel de confianza, el convencimiento civilizado de la inutilidad de
la pelea. Cuando los costos de la guerra son mayores. En los dos años
y medio que se demoró el proceso salvadoreño y los siete años
y medio del guatemalteco, aparecieron ciertas condiciones que tienen que
ver con la manera cómo se constituye el conflicto o la guerra y la
naturaleza íntima de los contendientes. Estas son diferencias claves
que, por la brevedad del tiempo que se dispone, formulamos de la siguiente
manera:
a) Aparece de manera decisiva en el horizonte internacional la voluntad
norteamericana en su política exterior de acabar lo antes posible
con aquellos conflictos que están involucrados directamente como
resultado de su enfrentamiento con la URSS. Las guerras de Angola, Mozambique,
Camboya, Etiopía, Laos, Nicaragua terminan cuando el apoyo a una
de las partes se acaba. Hubo una «mercenarización» repugnante
en las llamadas «guerras de baja intensidad» (así llamadas
hipócritamente por aludir a las guerras del subdesarrollo) que son
aquellos donde los intereses norteamericanos no son defendidos por norteamericanos
sino por nacionales que los representan. La intensidad es alta en la sociedad
lastimada. En El Salvador, el cálculo de R. Córdoba es que
proporcionalmente murieron cuatro veces más salvadoreños que
norteamericanos en la 2ª Guerra.
El Ejército salvadoreño a partir de 1981 creció cuatro
veces en número y abundantemente armado y teledirigido por los Estados
Unidos, cuyos esfuerzos financieros y logísticos no fueron suficientes
para las Fuerzas Armadas de El Salvador (FAES), lograron la victoria. En
la década de los ochenta, el Gobierno de El Salvador recibió
de los Estados Unidos 3.919,3 millones de dólares como asistencia
militar y una parte menor como ayuda al desarrollo. En esa cifra no se contabilizan
los gastos de la misión militar, que llegó a estar integrada
por medio centenar de oficiales comprometidos directamente en la conducción
de la guerra. Nótese que lo que era fuente de vigor se convirtió
en debilidad en el momento de negociar.
En efecto, la dependencia financiera y técnica del exterior fue factor
decisivo en la obligada obsecuencia de los militares salvadoreños
para aceptar, primero, las negociaciones y, luego, los términos de
la paz. Las posibilidades de presión norteamericana sobre los militares
guatemaltecos fueron distintas; es desconocida pero por un simple ejercicio
deductivo, debió ser menor pues el ejército guatemalteco tenía
una dependencia externa marginal en los últimos años. Consideradas
ambas situaciones, es diferencial el efecto de la presión externa
cuando la guerra se va perdiendo que cuando se va ganando.
b) En segundo lugar, es importante reconocer, aunque sea de una manera muy
superficial, los cambios que ocurrieron en la naturaleza de los actores
sociales dominantes y sus intereses, la manera cómo esas fuerzas
sociales estuvieron presentes en el origen del conflicto o en el momento
de su negociación. En la coalición de intereses por la tierra
de estos sectores y que la movilización campesina fue el mayor desafío
experimentado nunca antes por el orden oligárquico tradicional. Nuestro
análisis es que los intereses terratenientes se debilitaron en el
curso de la guerra, más rápida y profundamente en El Salvador
que en Guatemala y esa debilidad es importante políticamente en el
curso de la negociación. Al fin y al cabo, ésta, es un regateo
político donde influyen las fuerzas más poderosas del escenario
nacional, lo que explica en buena medida el desigual contenido substantivo
de los diversos acuerdos.
Habría que examinar cómo se fueron moviendo en estos años
tres factores que según el sociólogo norteamericano Rueschemeyer
explicarían la conducta política de las elites agrarias. Dicho
muy rápidamente, se puede examinar el debilitamiento de la oligarquía
en su poder de clase, en el poder del Estado y en las estructuras internacionales
de poder.
Con respecto al primer aspecto, recordemos que la concentración de
la riqueza y el control de la mano de obra, abundante (raíces del
poder de las elites agrarias), se atenuó en El Salvador a partir
de la aplicación, en dos fases, de la reforma agraria, por la Segunda
Junta Cívico-militar en 1980, la nacionalización de la banca
y de las instituciones del comercio exterior, en 1982 y por los efectos
de la guerra en el sector cafetalero. Con respecto al segundo punto, el
fin del control militar del Estado, desde 1979 debilitó la influencia
que por más de medio siglo tuvo la oligarquía. Con respecto
al tercer punto, la globalización y los cambios en la demanda internacional
hicieron girar la influencia dominante a los intereses financiero-especulativos
y a nuevas formas de inserción en el mercado internacional. Por si
esto fuese poco, en El Salvador, las remisiones de dólares son casi
el doble del valor de las exportaciones de café, que ocupan desde
hace años un tercer lugar.
Durante los largos años del conflicto guatemalteco, la economía
no se afectó nunca sino hasta comienzos de los años ochenta,
como resultado de la crisis de la deuda externa. Durante los veinte años
anteriores, los índices de crecimiento fueron como promedio, superiores
a cualquier época. En cambio, la guerra en El Salvador afectó
profundamente la economía, que además coincidió con
la aludida crisis de los ochenta, que fue común a toda América
Latina. Las zonas de conflicto ocuparon mas del 40% del territorio nacional
y la producción en general se estancó entre 1981 y 1987; en
esa década el producto per cápita experimentó una caída
del 15%, el valor de las exportaciones se contrajo en un 50%, etc., etc.
Las clases propietarias no perdieron con la guerra en Guatemala ni en El
Salvador. Por el contrario, hubo síntomas claros de que la violencia
fue funcional a la concentración del capital, pero ya no en manos
de la clase terrateniente. De nuevo los cambios en el mercado internacional
redefinen la importancia de las viejas ventajas comparativas y de los productos
tradicionales de exportación. Hay una emergencia en el interior del
sector privado de nuevos actores/intereses, vinculados al capital internacional
financiero, o a nuevos mercados.
Las consideraciones anteriores tienen un sentido preciso en tanto no se
ignora que la negociación es un juego de fuerzas políticas,
un cambalache entre intereses dominantes: la coalición política
previa a la guerra, la alianza del ejército con interés terratenientes
apoyados, en el ámbito de la guerra fría, por los intereses
norteamericanos, se va descomponiendo, El «estilo» de hacer
política con violencia para excluir, la política de la dictadura
militar se va terminando en ambos países a la mitad de los ochenta
con las erráticas aperturas democráticas. Nótese que
concurrir a las elecciones sin fraude, aceptar las reglas democráticas
de la competencia libre y de la organización popular contrasta con
la tradición brutalmente autoritaria del pasado. La conclusión
no es que la democracia deja fuera del juego a la oligarquía sino
que la obliga a adaptarse a un juego donde cuentan también otros
factores. Por eso, los resultados son distintos en Guatemala y en El Salvador
en relación a los acuerdos de paz.
Estos elementos definen el escenario de las negociaciones también.
Conforman los rasgos locales del mismo y explican los diferentes resultados
que se alcanzan con la paz. En El Salvador el vacuum político en
el grupo dominante lo resuelve el genio de clase con la fundación
urgente de su partido, ARENA, partido político que nació para
triunfar. Son los intereses genéricos de la derecha que se preparan
para pelear en tierra incógnita, la democracia y a dialogar. No fue
la Democracia Cristiana sino ARENA quien negocia con la izquierda, porque
sabe ceder y exigir. Y porque ahora, en este partido, las fuerzas de la
oligarquía tradicional pesan menos.
La situación es distinta en Guatemala, donde la elite agraria no
sufrió el experimento reformista de nacionalizar las herramientas
claves de la sociedad agroexportadora, ni se aplicó ninguna reforma
agraria, ni la guerra profundizó la crisis económica del campo.
De hecho, sucedió todo lo contrario. También la coalición
anticomunista que generó el Estado contrainsurgente, en los años
sesenta, se empezó a descomponer a comienzos de los ochenta. Al igual
que en El Salvador, pero por motivos distintos, la santa alianza se va disolviendo
al intentar legitimar y volver civil el poder gubernamental. Pero reteniendo
importantes cuotas de poder en el Estado.
A diferencia de aquel país, en Guatemala ni el Ejército se
reveló incapaz de derrotar a la guerrilla ni las clases agrarias
sufrieron el escalpelo del reformismo. La debilidad de éstas ha sido
su incapacidad para alcanzar la debida representación política
tal vez porque el CACIF es un actor encargado de hacerlo. Ni la Democracia
Cristiana, ni el MAS, ni UCN pudieron tener la representación debida.
El PAN, de una derecha mas moderada, tuvo aún antes de llegar al
gobierno la audacia de buscar la negociación y de llevarla a feliz
término.
c) En tercer lugar, es importante mencionar el papel que han jugado los
otros actores, las organizaciones sociales, los partidos políticos,
los intelectuales, en fin, los numerosos sectores que forman la sociedad
civil, entendida como el universo de lo privado donde se constituyen las
organizaciones de intereses particulares, independientes del gobierno, y
que expresan la múltiple existencia social de la sociedad de clases.
De nuevo las diferencias son importantes en relación al papel que
pudo desempeñar la sociedad civil y sus organizaciones. En El Salvador,
pese a los esfuerzos de convocatoria de la Iglesia Católica, no se
estructuró un movimiento que acompañara los incidentes de
la negociación. Acompañar, en este caso, es una referencia
comparativa a lo que si hizo en Guatemala un conjunto de organizaciones
sociales, políticas, académicas, ONGs, y otras. Se intentó
en El Salvador, con la creación a inicios de 1987, del Debate Nacional
para la Paz y su institucionalización como Comité Permanente
del Debate Nacional. Diversas organizaciones, en el interior del CPDN formularon
propuestas programáticas y el propio Comité las hizo, unitariamente,
en relación con las negociaciones de paz. Un rasgo de la participación
de fuerzas sociales en este país es que en la constitución
de las llamadas organizaciones político-militares, los cuatro grupos
del FMLN tuvieron siempre una expresión de «movimiento social
y político». Los intentos de la Iglesia, de la Universidad
Centroamericana y del poder, Ellacurría en particular, intentaron
crear una tercera fuerza social pero no prosperó.
En Guatemala, las fuerzas de la sociedad civil fueron indiferentes en el
inicio del proceso, por razones que no es el momento de analizar, pero luego
se incorporaron a la dinámica del diálogo porque el Acuerdo
Marco, de marzo de 1994, recomendó el establecimiento de la Asamblea
de la Sociedad Civil (ASC) como un organismo consultivo de la mesa negociadora.
La ASC participó activamente en los dos últimos años,
movilizando opinión pública, discutiendo y proponiendo algunos
de los contenidos de los Acuerdos que las partes negociaban. No fue una
Asamblea plenamente representativa, por ausencia de los empresarios y de
algunos partidos políticos, pero su funcionamiento constituye un
dato importante en los resultados finales. Los Partidos Políticos
desempeñaron en ambos países un protagonismo menor. La explicación
de esta extraña ausencia de un escenario tan estratégico es
resultado de la política pequeña, de la politiquería,
que utilizó el argumento que la negociación la hacía
el (partido del) gobierno, que éste no realizó consultas y
que finalmente, los acuerdos serían de todos modos discutidos y aprobados
por la Asamblea o Congreso Nacional, donde el partido de gobierno tenía
mayoría. Es oportuno recordar que la negociación con la guerrilla
no compromete al gobierno sino al Estado, especialmente en Guatemala, donde
fueron sucesivos los que la establecieron.
V. LOS DIVIDENDOS DE LA PAZ
Finalmente, es importante establecer de forma sumaria los aspectos alcanzados,
en términos igualmente comparativos. El proceso se ocupó de
discutir y aprobar aspectos substantivos de la construcción de la
paz. Constituyó un diálogo espinoso sobre temas económico-sociales
de ambas sociedades, pero fue más profundo o, al menos, más
extenso, lo alcanzado para los negociadores guatemaltecos. No se trató
solamente de aspectos técnicos relacionados con el «fin de
la guerra» sino de una agenda que constituye, de hecho, un programa
de cambio propio de una perspectiva de nation-building. Esto otorga a la
negociación una dimensión original, que puede contribuir a
la construcción de confianzas necesarias en sociedades destruidas
por la guerra. Algunas semejanzas y diferencias, son las siguientes:
a) El 26 de julio de 1990 las partes salvadoreñas firmaron el primer
Acuerdo, relacionado con el respeto a los derechos humanos, y que lleva
el nombre de San José, ciudad donde se estableció, luego pieza
fundamental en la creación de la Misión de Observadores de
las Naciones Unidas en El Salvador (ONUSAL). Estuvo encargada primero de
la verificación de ese acuerdo pero posteriormente se amplió
a la supervisión de todos los acuerdos políticos celebrados
entre el FMLN y el Gobierno. El equivalente puntual en Guatemala es el Acuerdo
Global sobre Derechos Humanos, firmado en México, el 29 de marzo
de 1994 y que organizó primero la verificación de los derechos
humanos, creando MINUGUA y después el cumplimiento de los otros acuerdos.
Nótese la similitud de los contenidos.
b) El problema de la tierra y otros aspectos socioeconómicos, considerados
como causas del conflicto, plantearon en ambos países la mayor crisis
en los procesos de diálogo y negociación, interrumpiéndolo
por dieciocho meses en el caso de Guatemala y provocando mayores crispaciones
políticas en San Salvador, testimonio fatal de que las clases agrarias
defienden la propiedad hasta cuando ésta es un obstáculo para
el desarrollo social y la democracia. En El Salvador el debate adoptó
la modalidad de reformas constitucionales y fue planteado conjuntamente,
como Acuerdo negociado, con aspectos relativos al sistema judicial, el ejército,
el sistema electoral, la comisión de la verdad y otras. Hubo una
fortísima oposición a modificar el texto legal. Se alcanzó
una coincidencia en el Acuerdo de México, del 22 de abril de 1991
estableciendo reformas constitucionales y que obligó al gobierno
salvadoreño a llevarlo a conocimiento de la Asamblea Legislativa.
Las reformas fueron dramáticamente aprobadas unos minutos antes que
terminara la noche del 30 de abril, último día de sesiones
de la Asamblea. La nueva Asamblea, contrariando parte de lo acordado no
aprobó las enmiendas relativas a las Fuerza Armadas, remitiendo el
problema para más adelante.
En la experiencia de Guatemala, se discutieron los mismos temas pero con
una secuencia y un timing diferentes y con una activa presencia de la sociedad
civil. En efecto, después de una crisis que movilizó la opinión
nacional a favor y en contra, fue aprobado el 6 de mayo de 1996 el Acuerdo
sobre aspectos socioeconómicos y situación agraria, que prácticamente
desbloqueó el procedimiento. Estando ya en la recta final, el 7 de
diciembre, en Estocolmo, y el 12 de diciembre de ese año, el Acuerdo
sobre el Fortalecimiento del poder civil y funcionamiento del Ejército
en una sociedad democrática.
Es natural que haya habido algunas dimensiones de la negociación
que fueran diferentes con respecto a El Salvador, tal como el amplio debate
que condujo al Acuerdo sobre identidad y derechos de los pueblos indígenas,
firmado en México, el 31 de marzo de 1995 y que constituye un compromiso
substantivo de cambio, en el seno de una sociedad multiétnica como
Guatemala. En Oslo, el 17 de junio de 1994 se alcanzó un acuerdo
para el reasentamiento de las poblaciones desarraigadas por el enfrentamiento
armado. Y también fue relativamente distinto lo relativo a la Comisión
de la Verdad, alcanzado en la misma ciudad el 23 de junio de ese año
y llamado Acuerdo sobre el Establecimiento de una Comisión para el
esclarecimiento de las violaciones de los derechos humanos y los hechos
de violencia que han causado sufrimientos a la población guatemalteca.
La diferencia substantiva, junto a otras y que refleja la correlación
de fuerzas políticas en uno y otro caso, es que la de El Salvador
estaba llamada a identificar responsabilidades personales y la de Guatemala
lo prohíbe expresamente.
Después de los Acuerdos de México se produjo de nuevo una
crisis en la negociación salvadoreña, con puntos en conflicto
relativos al cese del enfrentamiento y a las garantías para la reinserción
de los alzados. En septiembre de 1991 viajó a Nueva York el presidente
Cristiani, con ocasión de la Asamblea General de la ONU. Las presiones
de las cancillerías de la ex URSS y de EEUU, de la ONU y la OEA,
etc. sirvieron para que se alcanzara el llamado Acuerdo de Nueva York, que
desbloqueó el proceso y lo aceleró. Ahí se acordó
crear la Comisión Nacional para la Consolidación de la Paz
(COPAZ) y acuerdos en principio sobre las Fuerzas Armadas, la Policía
Nacional y los aspectos económico-sociales.
La noche del 31 de diciembre de 1991, concluyó esta espinosa carrera
de obstáculos. Muchos detalles se omiten por la brevedad de esta
exposición. El de Guatemala enfrentó menos dificultades en
su etapa final, salvo el lamentable incidente ocurrido el 21 de octubre
de 1996 cuando se descubrió un secuestro perpetrado por ORPA, que
suspendió el proceso por 15 días. Pero la voluntad de ambas
partes era decididamente la de terminar antes del fin de año.
Dos acuerdos finales fueron importantes, el relativo al definitivo cese
al fuego (Oslo, 4 de diciembre de 1996) y las bases por la Incorporación
de la URNG a la legalidad, que incluyó una propuesta de Ley de Reconciliación
Nacional.
Dos últimas diferencias son importantes a la postulación general
que venimos haciendo en dirección de explicar la negociación
y sus resultados como un inevitable juego de tensiones, intereses y fuerzas
políticas, que hunden sus raíces en la tradición inmediata
de la guerra y su naturaleza y en los cambios experimentados por los actores
sociales. Uno es el cese al fuego que se alcanzó en Guatemala como
un asunto de hecho, en marzo de 1996, es decir diez meses antes de que se
firmara el acuerdo. En Guatemala los muertos de guerra terminaron antes
del acuerdo final, mientras que en El Salvador continuaron aún después
de Chapultepec.
Pero aún más importante es el tema del perdón y el
olvido frente a los crímenes cometidos en ambos países, por
ambos contendientes. La reconciliación nacional pasa por la naturaleza
de la amnistía que debe decretarse inexorablemente. De otra manera,
no habría firma final de la paz. En El Salvador fue resuelta relativamente
bien, con un período legal que cubrió a todos pero compensado
con una comisión de la verdad que identificó criminales.
El tema de la impunidad ha envenenado el ambiente de fiesta que privó
en el interior del Palacio Nacional de Guatemala y el cauto entusiasmo de
unas 30.000 personas reunidas la noche del 29 de noviembre en la Plaza de
la Constitución, frente al Palacio. Sin duda, la Ley de Reconciliación
Nacional va más allá de introducir la extinción de
la pena para quienes cometieron delitos políticos y comunes conexos,
como lo sugiere una larga experiencia jurídica internacional. En
este caso, se ha incluido claramente la posibilidad de perdonar delitos
comunes cometidos con ocasión de perseguir delitos políticos.