IV. La pintura de Yurihito Otsuki
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En el fundamento de los cuadros de Yurihito Otsuki hay una curiosidad y pasión incesante por un rango del espíritu que tiene dos naturalezas. Este rango del espíritu que aquí nombro, si pensamos superficialmente, puede parecer antagónico; pero en realidad no es ni más ni menos que una manifestación de los dos extremos en los que el espíritu está más pleno del aliento de la vida. Si ahondamos mejor, esta es la única manera de manifestación que nos revela fulgurante la fuerza más favorable del espíritu.

Es decir, se trata por un lado de una fuerza libre y audaz que infatigable y sin pausa intenta renovar el ego, aspirando a lograr un estado distinto. Y, por otro lado, es también una fuerza libre y audaz, que procura aproximarse infinitamente a un estado inmóvil, meditar sobre sí mismo en la calma absoluta, y penetrando en sí mismo ver la eternidad.
Ambos casos requieren una concentración sumamente vigorosa.

Los cuadros de Yurihito Otsuki se puede decir que son una escena en la que rivalizan estas dos naturalezas de concentración. El que contemple sin prisa sus lienzos, en los que enigmáticos símbolos meditan sobre sí mismos flotando, sentirá que sus oferentes cuadros siempre elevan su oración a un cierto estado; una oración hacia una silueta, que es la esencia de la vida surgida en la lejanía de la forma y el color.

La vida está fluctuando incesantemente, su sencilla quietud significa muerte. Pero existe otro género de quietud del ser, y cualquier persona abriga con anhelo profundo ese estado de quietud que está lleno de energía de vida. Así, de esta manera, el más virtuoso actor de teatro No con el movimiento mínimo de su mano extendida, para describirlo sólo podemos expresar que, respirando levemente por su mano, puede en el acto atraer al escenario a un ánima de quinientos o quizá mil años atrás. Como esta aparición de otro mundo en sí, podemos decir, exactamente así, es lo que se aparece por el prodigio de la Epifanía.

No está falto de cautela decir que ésta es una aparición llegada de una dimensión especial y espiritual, en la que atravesando la frontera que separa la vida de la muerte van y vienen los vivos y los muertos. Además éste es un misterio cotidiano que puede percibir sin dificultad cualquier ser que tenga ese don de percibir.

Yo creo que la realidad pictórica que ansía Yurihito Otsuki es precisamente como este horizonte. Ello no está restringido meramente al placer visual que dan las formas y los colores fijados en un limitado lienzo.

El hecho de que él haya elegido mi poesía como punto de partida para la persecución de ese fin, naturalmente, es como poeta una alegría, y al mismo tiempo será un estímulo nuevo para mí.

La cosa que llamamos «obra» no es sólo una cosa que se acaba sobre un papel impreso o sobre una tela pintada, sino que la obra puede continuar su vida, con sólo vivir otra vida nueva en el corazón del espectador o del lector.

Ésta es mi creencia, y por esta creencia mía puedo decir sin exagerar que este hecho también es un desafío gozoso, ya que en este caso, él es un «primer» lector de mi poesía con el significado concreto que esta palabra tiene.

Cualquier persona que lea un poema es el «primer» lector de ese poema. Aunque ese poema sea un poema muy conocido de un poeta que falleció cientos de años atrás, quien ahora lea por primera vez ese poema tiene que ser un «primer» lector de ese poeta. El encuentro ha de acontecer siempre con frescura y novedad.

Yurihito Otsuki, siendo en este sentido el «primer» lector de mi poesía, ahora expone aquí sus propios y nuevos poemas encarnados en la pintura.

Makoto Ooka
Texto escrito para la exposición de pintura de Yurihito Otsuki que tuvo lugar en la Galería 57 en el mes de Mayo de 1995