En el fundamento de los cuadros de Yurihito
Otsuki hay una curiosidad y pasión incesante por un rango
del espíritu que tiene dos naturalezas. Este rango del espíritu
que aquí nombro, si pensamos superficialmente, puede parecer antagónico;
pero en realidad no es ni más ni menos que una manifestación
de los dos extremos en los que el espíritu está más
pleno del aliento de la vida. Si ahondamos mejor, esta es la única
manera de manifestación que nos revela fulgurante la fuerza más
favorable del espíritu.
Es decir, se trata por un lado de una fuerza libre y audaz que infatigable
y sin pausa intenta renovar el ego, aspirando a lograr un estado distinto.
Y, por otro lado, es también una fuerza libre y audaz, que procura
aproximarse infinitamente a un estado inmóvil, meditar sobre sí
mismo en la calma absoluta, y penetrando en sí mismo ver la eternidad.
Ambos casos requieren una concentración sumamente vigorosa.
Los cuadros de Yurihito Otsuki se puede decir que son una escena en la que
rivalizan estas dos naturalezas de concentración. El que contemple
sin prisa sus lienzos, en los que enigmáticos símbolos meditan
sobre sí mismos flotando, sentirá que sus oferentes cuadros
siempre elevan su oración a un cierto estado; una oración
hacia una silueta, que es la esencia de la vida surgida en la lejanía
de la forma y el color.
La vida está fluctuando incesantemente, su sencilla quietud significa
muerte. Pero existe otro género de quietud del ser, y cualquier persona
abriga con anhelo profundo ese estado de quietud que está lleno de
energía de vida. Así, de esta manera, el más virtuoso
actor de teatro No con el movimiento mínimo de su mano extendida,
para describirlo sólo podemos expresar que, respirando levemente
por su mano, puede en el acto atraer al escenario a un ánima de quinientos
o quizá mil años atrás. Como esta aparición
de otro mundo en sí, podemos decir, exactamente así, es lo
que se aparece por el prodigio de la Epifanía.
No está falto de cautela decir que ésta es una aparición
llegada de una dimensión especial y espiritual, en la que atravesando
la frontera que separa la vida de la muerte van y vienen los vivos y los
muertos. Además éste es un misterio cotidiano que puede percibir
sin dificultad cualquier ser que tenga ese don de percibir.
Yo creo que la realidad pictórica que ansía Yurihito
Otsuki es precisamente como este horizonte. Ello no está
restringido meramente al placer visual que dan las formas y los colores
fijados en un limitado lienzo.
El hecho de que él haya elegido mi poesía como punto de partida
para la persecución de ese fin, naturalmente, es como poeta una alegría,
y al mismo tiempo será un estímulo nuevo para mí.
La cosa que llamamos «obra» no es sólo una cosa que se
acaba sobre un papel impreso o sobre una tela pintada, sino que la obra
puede continuar su vida, con sólo vivir otra vida nueva en el corazón
del espectador o del lector.
Ésta es mi creencia, y por esta creencia mía puedo decir sin
exagerar que este hecho también es un desafío gozoso, ya que
en este caso, él es un «primer» lector de mi poesía
con el significado concreto que esta palabra tiene.
Cualquier persona que lea un poema es el «primer» lector de
ese poema. Aunque ese poema sea un poema muy conocido de un poeta que falleció
cientos de años atrás, quien ahora lea por primera vez ese
poema tiene que ser un «primer» lector de ese poeta. El encuentro
ha de acontecer siempre con frescura y novedad.
Yurihito Otsuki, siendo en este sentido el «primer» lector de
mi poesía, ahora expone aquí sus propios y nuevos poemas encarnados
en la pintura.
Makoto Ooka
Texto escrito para la exposición de pintura de Yurihito Otsuki que
tuvo lugar en la Galería 57 en el mes de Mayo de 1995