La escritura y la muerte en el diario de Miguel Torga.   
 
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A la memoria de mi madre y de Isabel de la Cruz Bellot

Dejad en descanso a los muertos,
dijo uno a Eneas,
no manchéis vuestras inocentes manos inquietando sus cenizas.

En 1934, Miguel Torga anotó en su Diario la impresión que le causó el fallecimiento de un niño con apenas una semana de vida. Confiesa que experimentó una dolorosa sensación. «Efectivamente el lino madura en agosto. Durante esos escasos meses determinados por la naturaleza, le arranca al sol todo el calor que puede y se llena de él. Luego da señales de cansancio y muere.

Pero este chiquillo de ahora ni había probado el sol. Ni tenía ese tallo sobriamente fibroso, ni esa flor azul y delicada, ni esa semilla parda y madura. Y por esto, al entrar en la habitación, experimenté la sensación más dolorosa de mi vida. Allí estaba, todavía no había sido sustituido por cebada ni centeno, pero poco le faltaba. La madre, deshecha en lágrimas. Y él, muy blanco, muy discreto, de cara a la pared, volviéndole la espalda a todos los medicamentos inútiles desparramados sobre la mesita de noche» (1).

Hay en esta descripción una mezcla de asombro, resignación y gratuita fatalidad muy apropiados para definir el estado del hombre ante la muerte. Desde esta temprana fecha hasta la de su fallecimiento acaecido en 1995, el poeta portugués no mitigará el desconsuelo, la rabia y la perplejidad que le provocará la muerte. Siempre le resultará inaceptable, y no por simple juramento hipocrático, sino por el riesgo que ve en ella de vaciar de sentido la lucha por la vida. Su oficio de médico le colocará durante años a la cabecera de los moribundos y ante ellos se preguntará una y otra vez sobre el valor de las palabras, del consuelo que en ella esperan los enfermos cuando no hay esperanza. Seguramente nadie conozca una palabra para un momento así; pero las palabras están al servicio de los hombres y por ello habrá que inventarlas o fingirlas cuando no las haya. Aquí, en este terreno, en el límite que traza la enfermedad con la muerte se encuentra el médico con el poeta. ¿Cómo callar ante el dolor sin exhalar un susurro de alivio?. Sólo una voz que calme le brinda al médico la posibilidad de ser humano cuando ya no se puede ser científico. ¿Se le puede ofrecer al que padece, pregunta Torga, una solidaridad más beneficiosa? Él sabe que ha de entender el sufrimiento ajeno aún cuando objetivamente esté injustificado. Y reconoce que ha oido en confesión más que ha auscultado, y se ha valido siempre más del corazón que de la sabiduría. «He hecho de la esperanza el arma de mi arsenal terapéutico» (2). Sin ella, ¿cómo exhortar a la vida que sufre?. Serán, finalmente, las emociones que suscite su propia enfermedad, las que le hagan apto para comprender la indefensión y la vergüenza de aquellos que esperan suplicantes una palabra o un gesto. Como él atestigua en su Diario, « nadie es capaz de comprender la desesperación que le produce verse reducido a una placa de celuloide» (3). Esa exposición impúdica de las propias entrañas; esa desnudez de lo íntimo le hace a uno tocar fondo y revelar desde la herida morfología la topografía del alma.

Es, pues, natural que la experiencia del médico-paciente sirva al escritor para obtener materia literaria de primera mano. Aunque esto no sea razón suficiente para garantizar el valor de ninguna escritura, sí hemos de reconocer que hay, al menos, en la profesión médica la gracia de una dimensión afectiva; la capacidad de recibir y percibir que está implícita en el artista. El ojo clínico puede ser, virtualmente también, un ojo poético. Por tanto, no es que la medicina produzca escritores, ésta se limita a conservar ese don a los que han nacido con él. «El médico, como tal médico, no puede cerrar la puerta de su alma ni apagar la luz de su entendimiento. Todos los seres humanos recurren a él a todas horas: el que sufre, el que finge, el que tiene miedo, el que desvaría. Por eso, cuando la casualidad superpone a una vocación creadora una condena al ejercicio clínico, no hay dramas sangrientos. La pluma que escribe y la que prescribe cohabitan armoniosamente en la misma mano» ( 4). El propio escritor aceptará sentirse beneficiado por esta prodigalidad clínica. Una prueba de lo que venimos diciendo la constituyen los diálogos con sus pacientes recogidos en su Diario, algunos de ellos servirán como bosquejos de futuras ficciones. Hombres y mujeres de Tras-os-Montes, a los que Torga consagrará su doble oficio. Hombres cuyos cuerpos son indistinguibles de la tierra que pisan, y con los que el escritor se siente comprometido en una comunión de «lágrimas y pus» (5). Seres concretos, singulares, a fuerza de ser carnales; la misma carnalidad que predicaba su admirado Unamuno. Personajes con arrugas, tan en su sino, que sólo la comprensión del creador hacia ellos les libra de caer en un grosero naturalismo. Miguel Torga acogerá a sus creaciones del mismo modo que atiende a sus pacientes, y es en esta inmensa generosidad para cobijar tantas voces donde reside su categoría de poeta. Seres tan puros dentro de su impureza que, al igual que sus paisanos serranos, «son capaces de lavarse las manos con la sangre de sus semejantes y que descubrieron el escepticismo hace ya mil años. Son hombres para los que el Absoluto es lo relativo comprensible» (6).

Además, cada una de sus historias, las más de las veces precisas descripciones de su geografía trasmontana, constituyen un verdadero testimonio social. Y es lógico si tenemos en cuenta que para nuestro autor la escritura ha de ser, ante todo, un acto de conciencia. Se le debe exigir al escritor el mismo cuidado que al médico cuando coge el bisturí y la misma honradez. Habrá de ser, pues, desvelada la mentira cuando ésta se enmascare hábilmente en la obra con la excusa de un lenguaje cifrado. «Me gustaría, afirma en su Diario, restituirle a la palabra el alma que le han robado, y que la lengua tuviese en mis manos, además de la mayor gracia posible, una dignidad fuera de toda discusión. Que no hiera la sensibilidad de los demás, y que me testimonie y me responsabilice a mí. Que cada frase sea una seducción y un acto» (7). Un acto tan grave y discreto como el gesto del niño moribundo al volver su cabeza hacia la pared.

Torga reclama de la escritura dignidad para que en ella aliente la vida; de igual modo, pedirá a los hombres discreción para hacer frente a una existencia que aparenta poseer una razón de ser y, en verdad, no es más que un oscuro empeño volitivo. Carente de cualquier finalidad el hombre ha de hacer acopio de una fuerza de contención extraordinaria para que sin disimular el dolor, que le causa vivir, no lo haga ostentoso. Quizá el trapecista simbolice bien la imagen de nuestra condición, aunque nuestro escritor prefiere la metáfora de la cucaña. La vida resbaladiza como el palo engrasado de la cucaña; ascender por él exige una tenacidad y terquedad extremas. El resultado final será, seguramente, desalentador, pero el empeño habrá sido heróico. El propio Torga reconoce que lleva muchos años realizando ese esfuerzo con la misma constancia pero con la misma falta de éxito.

La discreción y la gravedad de la que hablamos constituyen los modos de los que se reviste el coraje íntimo, el último orgullo del que se sabe a solas con la muerte. Es el temple con el que todos esperamos ejecutar la última suerte. Discreción, pues, que lleva a responder al desconsuelo con la porfía; a rebelarse contra el sufrimiento pero sin rehuirlo. Convicción que lleva a condenar, paradójicamente, el absurdo. A juicio de Miguel Torga, el absurdo permite perfilar algunos rasgos del hombre pero olvida su rostro. Frente a la sentencia inculpatoria que el existencialismo ha dictado sobre la condición humana, él propondrá salvar lo humano aunque sólo sea para seguir repitiendo ese pecado de crear vida. Empeño camusiano de darse todo por entero hasta agotar nuestro esplendor torrencial. Sólo entonces, podrán brotar del corazón del hombre palabras que exalten nuestra existencia efímera; palabras que permitan combatir la soledad o el olvido. Nombrar las cosas será, desde esta definitiva certidumbre, un acto de afirmación personal, de autoreconocimiento; un grito de presencia más que un acto de creación. Un método para remediar el silencio de los muertos. El poeta, entonces, entregará su voz a todos, porque la verdadera desgracia no es siempre la muerte sino el desamparo cósmico en el que transcurren tantas existencias. Contra todos los silencios habrán de luchar los poetas, y responder a ellos con palabras arrancadas a la tierra para labrarlas, después, en la memoria de los hombres.

La escritura es, pues, para el escritor portugués un imperativo que le conmina a enfrentarse contra las oscuridades del alma y los desfallecimientos y arritmias de su vida. Es, también, una lamentación, como la del siervo Job contra su Dios; un clamor contra Aquél cuyas flechas hieren más que los pecados del hombre (8).

Desde esta perspectiva, la realidad de la muerte , o mejor su rechazo, delinearía no sólo el vivir sino el escribir mismo. Tanto el uno como el otro oficio comparten un mismo dramatismo que estriba en su propia inconsistencia.

Más que la melancólica fugacidad del tiempo, lo que angustia a Miguel Torga, a diferencia de otros escritores de cuño romántico, es la consideración de la vida y de la obra como empresa inacabable. El drama no radica en lo efímero sino en la conciencia de estar siempre en obra. Es esta evidencia, y no la de la muerte, la que hurta al hombre el descanso. Por ello, cuando se dice comúnmente que la vida es así, en ese tono sentencioso que no admite apelación alguna, nuestro escritor no puede por menos que rebelarse contra lo que hay en ese dictamen de maléfico, de traición o burla a la vida de los hombres. La vida es así, es un falso enunciado afirmativo que no dice nada y que, sobretodo, no ayuda a responder a la pregunta del por qué se opera esa transfiguración de la sonrisa inocente del niño hasta el rostro decrépito del anciano.

Aceptar la tristeza de lo finito y enfrentarse a su congénita desesperanza requiere un acto supremo de valentía, máxime si se renuncia al abrigo de toda trascendencia. Pero, además, el hombre sólo logrará alcanzar el grado de ser que le es propio cuando reintegre la enfermedad y la muerte al lugar natural que les corresponde, arrancando de ellas cualquier imagen metafísica. Al desposeer a la muerte de su misterio, el ser humano puede aliviar el horror que le provoca ese vacío de oscuridad y silencio infinito. Una y otra vez, a lo largo de las páginas de su Diario, insistirá Torga en que la idea terrorífica del fin no forma parte del hombre. Hay que desterrar de nuestra mente la sospecha de un veredicto final sobre nuestra vida. Es soportable para el hombre su dolor y sabe que es ineludible el sufrimiento que templa todas las existencias, pero esas angustias propias del más allá qué sentido tienen si no es el de la mortificación. «La muerte, nos confesará, es terrible. Le quita sentido a las palabras, a los gestos, a las lagrimas, al silencio. Deja la vida sin expresión» (9). No es de extrañar que para los judíos la muerte sea fuente de impurezas porque con cada nuevo contacto con ella, «todo sentido se arriesga a quedar reducido al absurdo. La carrera detrás del disfrute del instante –el carpe diem- se torna entonces la única y triste sabiduría. Los grandes compromisos y los grandes sacrificios están a un paso de alterarse» (10).

Hay momentos, sin embargo, en que Miguel Torga reconoce la dificultad que supone aceptar estóicamente la muerte simplemente como final de un ciclo; él es consciente de que el lugar ontológico del hombre viene definido por la relación de desproporción existente entre la conciencia de la finitud y el ansia de infinitud. Dilema que, en el fondo, esconde una antiquísima contienda teológica entre el inconformismo del hombre y la omnipotencia divina. Sólo librando esta batalla y alcanzando, ya al final de sus días, una cierta tregua con Dios, aceptará Torga que el hombre alcance en la muerte una especie de dimensión sobrenatural –más poética, a nuestro juicio, que religiosa- cuando «el cuerpo parezca transfigurarse en la estatua yacente del alma» (11).

Pero el poeta nunca dejará de afirmar que es aquí, «en este pobre planeta, donde todo tiene lugar y vale o no vale la pena. Que es aquí donde nos cumplimos o nos negamos, donde nos trascendemos o no, dándole a la vida la dignidad que merece, por ser el bien supremo» (12).

Únicamente el hombre doblegado por un esfuerzo de años, agotado y consciente de su propia degradación, tiene derecho a buscar en la muerte la respuesta a preguntas sin respuesta y «la iluminación de claridades a las que en vano intentó dar claridad» (13). Por todo esto, el Diario de Torga se muestra ante nosotros como un escaparate de dudas y gemidos, de gritos, irreprimibles en un mortal que nunca desistió y que, sin poder, ha podido hasta caer exhausto. En su último poema-epitafio, Requiem por mí (14), se describe a sí mismo como una ruina humana, inválida y lisiada. Una naturaleza consumada, pero bendecida por la visión de ese río feliz que retorna al seno de su eterno nacimiento.

Al final, es cierto, la muerte prefigura la resurrección con la única metáfora que consiente el pudor de nuestro poeta: la del eterno retorno, la del río de la vida.

En San Lorenzo de El Escorial a 13 de Septiembre de 1998.

NOTAS

Torga, Miguel. Diario (1932-1987) Editorial Alfaguara, Madrid 1988, pp. 16-17.
Torga, Miguel. Diario II. Últimas páginas (1987-1993). Editorial Alfaguara, Madrid 1996, pp. 82-83.
Torga, Miguel. Diario (1932-1987). Editorial Alfaguara, Madrid 1988, p. 76.
Torga, Miguel. oc, p. 259.
Torga, Miguel. oc, p. 183.
Torga, Miguel. oc, p. 219.
Torga, Miguel. oc, p. 231.
Torga, Miguel. "Fábula do servo de Deus", en O outro livro de Job. 4ª ediçao, Coimbra Editora, Coimbra 1958, pp. 77-79.
Torga, Miguel. Diario II. Últimas páginas (1987-1993). Editorial Alfaguara, Madrid 1995, p. 85.
Levinas, E. De lo Sagrado a lo Santo. Cinco nuevas lecturas talmúdicas. Riopiedras Ediciones, Barcelona 1997, p. 85.
Torga, Miguel. Diario II. Últimas páginas (1987-1993). Editorial Alfaguara, Madrid 1995, p. 80.
Torga, Miguel. oc, p. 47.
Torga, Miguel. oc, p. 276.
Torga, Miguel. oc, pp.288-289.