La realidad del mundo es una maravilla
cuando creemos en ella como si no lo fuera,
como si fuera otra: esto es, cuando la irrealizamos poéticamente.
José Bergamín
Cuando entre el ser y el comparecer, se ha llegado durante largos años
de una vida aún joven de creador, a mantener una permanente pelea
cuerpo a cuerpo con esa maravillosa realidad del ser ..." como si no
lo fuera" y la realidad de "un esperar puro", de un largo
"resistir" como nos dice Rilke, una espera en la que "no
hay nada disuelto" más que una paciencia medida, también
redentora, añadimos nosotros, ¿en un caso como éste,
se puede perdonar la inconstancia de una comparecencia continuada en el
mundo práctico de lo real?
Pero... ¿quién tiene que perdonar... y qué tiene que
perdonarse? se preguntará el lector hasta ahora un tanto perplejo
con lo expresado en estas líneas. La verdad es que nos gustaría
no contestar directamente a estos interrogantes. O mejor dicho -y mejor
visto, y aún mejor mirado- nos gustaría que a ello contestara
la pintura, la palabra, la música de José Alcázar,
su creación "irrealizada poéticamente", su obra
de creación auténtica, despegada y libre de cualquier tipo
de comparecencia obligada, temporal, real.
El gran poeta italiano contemporáneo Eugenio Montale nos dice: "Un
poeta no debe renunciar a la vida. Es la vida la que se encarga de huir
de él" De un pintor verdadero como José Alcázar,
de cualquier creador... que no es lo mismo que un creador cualquiera; evidentemente,
como también nos diría Montale, puede afirmarse lo mismo.
La obra de Alcázar, la obra de José, no ha podido nunca conseguir
una permanente comparecencia pública y puntual, precisamente porque
él nunca ha querido renunciar a la vida y como ya sabemos la vida
es muchas veces perezosa... y tarda en huir de nosotros hasta dejarnos en
esa orfandad creadora tan necesaria, tan vivificadora en su propio abandono,
tan lúcida en su tormentosa soledad.
Debemos pues mirar su obra, escucharla y sentirla, hoy aquí y ahora,
desde su integridad de un tiempo sin tiempo. Para entender siempre lo que
quiere decirnos cada vez que nos presenta aquello donde ha puesto su mano
rigurosa de creador puro.
¿Puede juzgarse como una vaga continuidad temática y expresiva
de su obra, aquello que no es más que la consecuencia de una afirmación
y reafirmación de una vida no renunciada? Suele hacerse con extremada
pedantería o envidiosa sabiduría pedagógica, con los
creadores que no presentan una nota alta de formal comparecencia a lo largo
y ancho de una obra de creación.
Para nosotros, la pintura de José Alcázar, lo que más
y mejor expresa es precisa y justamente... lo que hay en ella salido de
esa "hora muy rara" de la que nos habla también el gran
Rilke, aunque el poeta alemán lo hiciera desde otro lugar, desde
otro aposento, el de su buscado objetivismo simbolista, pero en el fondo
romántico a pesar suyo. Esa hora, decíamos, intemporal...que
llega después de la "infinita espera", después de
haber olvidado los recuerdos... y haber tenido "la paciencia de esperarlos".
De esperar su vuelta sorprendente.
Tal vez esa sea hoy la recompensa de José Alcázar por haber
escogido el ser, frente a la realidad temporal y puntual que le hubiera
obligado a renunciar a su vida, sin saber esperar su huida natural... Una
recompensa en la que se encuentra su mirada viva, con la verdad de su pintura.
Madrid, 14 de Abril de 1998