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1. España
en el pensamiento.
Decía Ciorán que "ciertos pueblos, como el ruso y el
español, están tan obsesionados por sí mismos que se
erigen en único problema: su desarrollo en todo punto singular, les
obliga a replegarse sobre su serie de anomalías, sobre el milagro
o insignificancia de su suerte". La perspectiva latinoamericana de
esta obsesión por España como pregunta placentera o dolorosa,
cruce de todos los sentimientos, nos la ofrece, en clave poética,
Carlos Fuentes: "Las posiciones a favor y en contra de España,
su cultura y su tradición, han coloreado las discusiones de nuestra
vida política e intelectual.
Vista por algunos como una virgen inmaculada, por otros como una sucia ramera,
nos ha tomado tiempo darnos cuenta de que nuestra relación con España
es tan conflictiva como nuestra relación con nosotros mismos. Y tan
conflictiva como la relación de España con ella misma: irresuelta,
a veces enmascarada, a veces resueltamente intolerante, maniquea, dividida
entre el bien y el mal absolutos. Un mundo de sol y sombra como en la plaza
de toros".
Efectivamente, desde dos culturas diferentes, ambos escritores han sabido subrayar la que ha constituido una larga tradición, nacida quizá a finales del XVI, y aún no extinguida, por la cual, intelectuales y no intelectuales, habrían tratado de explicar, cada cual a su manera, lo que para unos es una singularidad y para otros una anomalía: España. La imagen de la plaza de toros, traída a nuestra mente de forma nada ingenua por el escritor mexicano, aviva viejas imágenes de contradicciones hechas de fiesta y tragedia con que se han referido a España todos aquellos que a su realidad se han acercado: la España severa del Greco convive con la pintoresca de los viajeros románticos y la severa de Buñuel; la intolerante, proyectada desde la Europa reformada, se cruza con la rebelde o la que ha tenido capacidad para integrar la disidencia y hasta el pensamiento marginal.
Ningún saber ha sido ajeno, en uno u otro momento, a este debate: desde los Novatores, pasando por la disputa entre ilustrados y casticistas hacia finales del XVIII, hasta las fechas evocadas ahora casi con exageración, un sinfín de publicaciones han acompañado nuestra dual historia pues como sol y sombra se han dividido los diagnósticos sobre esta supuesta singularidad. Para los conservadores, en el pensamiento moderno estaba la decadencia suponiendo, pues, que habría habido un momento originario de plenitud; para ilustrados, liberales y progresistas, en general, el mal residía en el aislamiento sufrido por un país que estaría sin modernizar.
Cuando se enfrentan el pasado y el futuro, en los términos en que ha sucedido en España, la mitificación e, incluso, la esencialización son prácticamente inevitables. A nuestros noventayochistas se atribuiría haber caído en esa mitificación, simbolizada en la concepción de la intrahistoria unamuniana o, mediante la aplicación de ciertos postulados hiperpositivistas, que se habrían consumado en la que Diego Núñez ha llamado "la falacia de los caracteres nacionales", teoría del biologicismo dominante en las ciencias sociales del cambio de siglo.
Cualquiera fuera la naturaleza del diagnóstico, planteado en estos términos, la terapia quedaba lastrada pues se concluía siempre en la palabra "marasmo", es decir, parálisis producida por causas crónicas y, prácticamente, de carácter constitutivo. Esto terminó por sumergir a escritores e intelectuales, especialmente los del grupo del 98, en la brillantez de su prosa pero también en la falta de operatividad de sus propuestas.
El nuevo final de siglo y sus commemoraciones han resucitado este debate que se ve ahora a la luz de las investigaciones historiográficas realizadas, sobre todo, en las últimas tres o cuatro décadas.
Tres características, al menos, son comunes a los actuales estudios: toma de distancia de los postulados noventayochistas a propósito de las esencias nacionales; corrección de la supuesta singularidad española respecto de otros países europeos y presentación, más bien, de coincidencias en los procesos de modernización; y, finalmente, olvido de las propuestas de los hombres del 68, de Galdós en particular, por más que sepamos que convivió con la generación siguiente hasta su muerte, en 1920.
La histórica, pero no menos mítica, fecha del 98 nos ha impedido ver que la generación anterior, la de los novelistas que no habían llegado a los treinta (excepto Valera) cuando Prim gritó "¡Exaltados, a defenderse!", anticipó problemas, realizó una profusa pero también profunda revisión de nuestra historia y propuso sus soluciones. La literatura anterior a ellos no era, pues, tan vieja como nos han querido hacer ver.
Más aún, esta percepción respecto, sobre todo, de Galdós ha producido un enjuiciamiento injusto que durante mucho tiempo ha producido miopías difíciles de explicar hoy. Entre otras cosas porque el autor canario, además de convivir durante muchos años con los nacidos hacia los sesenta y setenta, fue quien estuvo atento al análisis histórico de los acontecimientos; quien se dio cuenta de la necesaria colaboración del arte y la historia para desentrañar el significado profundo de la realidad y quien no perdió el sentido crítico pero tampoco la esperanza en las capacidades humanas para mejorar y progresar. Quizá fue el que llegó a tiempo de librarse de los esencialismos que llevaron a la soberbia o al pesimismo, ambos paralizantes aunque sea por razones opuestas.
Así pues, si se trata de reconstruir la historia de las diversas interpretaciones dadas al llamado "problema de España" se hace imprescindible encontrarse con este novelista sobre él que han caído, durante mucho tiempo, los juicios de descuidado o espontáneo identificando su obra con las miserias de su época y la mediocridad de los personajes descritos en sus páginas. A ello contribuyó la generación siguiente y aún la del 14, salvo excepciones, y no menos algunos intelectuales y escritores en torno a los años setenta de nuestro siglo.
Creo, sin embargo, que los estudios de los últimos veinticinco años, iniciados con los primeros congresos galdosianos, celebrados desde entonces en Las Palmas, han facilitado muchas claves que nos permiten leer a Galdós de manera bien diferente.
2. Galdós, un heterodoxo a su pesar.
Si algo revela la lectura permanente de los textos galdosianos es su doble papel como intérprete del problema de España y como protagonista del mismo. Así lo podemos ver a través de la extensísima obra que sobre nuestro autor nos facilita un instrumental imprescindible para su conocimiento: datos biográficos, lenguaje, fuentes, etc., pero, sobre todo, para saber qué ha significado en cada momento de estos casi setenta años desde su muerte. Su figura, convertida en personaje de muchos lectores, se nos aparece en sintonía casi perfecta con los avatares de unos acontecimientos que han reflejado los problemas reales, y quizá también los ficticios (pero no por eso menos reales) de una historia que él demostró conocer muy bien.
Es esa una lección permanente que justifica tanto la lectura de su obra que siempre ofrecerá matices nuevos como la necesidad de seguir trabajando en las claves que nos desvelen las múltiples sutilezas de quien es ya un clásico de nuestras letras.
Las ponencias del I Congreso Internacional de Estudios Galdosianos, cuyo primer cuarto de siglo está a punto de cumplirse nos empezaron a poner en la pista correcta. Se trata de textos que forman ya parte de la historia de la recepción galdosiana como los de Rodolfo Cardona o Josette Blanquat, interpretaciones minoritarias y exigentes, en las que se notan algunas tenues cautelas, pero imprescindibles para entender el proceso de una recuperación adecuada del significado que, como escritor, había de hacerse de Pérez Galdós.
La última de las aportaciones aparecidas hasta el momento se debe a un gran conocedor de todo ese periodo: Francisco Pérez Gutiérrez quien en su libro La juventud de Marañón dedica un capítulo a subrayar la importancia que Galdós desempeñó en el diálogo entre personas de distinta formación y carácter: Menéndez Pelayo, Pereda o él mismo. Quizá exagera un poco el talante progresista, sobre todo del primer Galdós, pero acierta en lo fundamental y, sobre todo, en la influencia que ejerció en el liberal Marañón.
Todos estos estudios constatan la aportación de Pérez Galdós a la construcción de una conciencia nacional, basada en la historia y en el sentido moral según la óptica de un sesentayochista pero muy atento a los aconteceres posteriores. Y nos queda, también, la ubicación en que prontamente le situó Menéndez Pelayo dentro de la tradición heterodoxa (es decir, parte del propio problema según lo entendía el historiador santanderino). Ambos aspectos son claves para entender la naturaleza de este llamado "problema de España" y las precisiones que sobre su formulación deben hacerse.
Galdós quedó, a su pesar, convertido en heterodoxo por el amigo con quien compartía veranos en Santander. Pero, al tiempo, esta historia de los heterodoxos nos puso en la pista de un pasado que quizá habría pasado desapercibido. Y, además, nos mostró, en este caso a pesar del propio Menéndez Pelayo, la naturaleza de ese pasado.
Gracias, pues, a esta obra supimos pronto cuál era la posición de Galdós: excéntrica respecto de la cultura ortodoxa y dominante. Su producción, extensa, larga en el tiempo e intensa en su concepción es fruto de esa perspectiva oblicua y libre: la proporcionada por la observación, el Ateneo, las tertulias... Seguramente pudo así percibir visualmente, en los comienzos, y cada vez de forma más consciente, por qué era necesaria la sutura o reconciliación de la conciencia con la historia, de la religión con la moral y del arte también con la propia historia.
Cuando en fecha bastante temprana alude a la importancia en la novela de la existencia de un plan por encima, incluso, del estilo, muestra que tuvo una pronta conciencia de la naturaleza del problema de la sociedad española tal como a su tiempo había llegado y, también, de las razones encerradas en la historia que era preciso desentrañar.
Hoy podemos apreciar esta ingente obra, concluida en Santa Juana de Castilla, como un ejercicio al servicio de la construcción de una moral social capaz de articular la tradición católica cuya valoración positiva quedó muy clara en su artículo de 1885, pero que necesitaba corregir sus elementos disgregadores y anacrónicos para hacer posible su incorporación a lo que llamamos una sociedad moderna. En este sentido Galdós es, claramente, un impulsor de la necesaria secularización que necesitaba el pueblo español como base de la tolerancia y la pluralidad. Su apuesta estuvo en realizar esta operación desde el respeto a la tradición que el primer Menéndez Pelayo convertía en amenaza.
Ese era el asunto: la tradición como problema y solución. Y esto bastantes años antes del famoso 98. ¿Cómo recuperarla, cómo utilizarla, cómo reconstruirla para sacarla de su fondo mítico y reaccionario? Responder adecuadamente a esta pregunta fue la gran aportación de Pérez Galdós que obligó a rectificar al propio Menéndez Pelayo quien no sólo le propuso para el ingreso en la Academia sino que su respuesta en 1897 muestra la distancia respecto de 1881, año de la primera edición de los Heterodoxos.
¿Cómo pudo realizar esta labor nuestro canario insigne? Decíamos que ya, a comienzos de los setenta, Josette Blanquat nos puso en la buena orientación mostrándonos la temprana influencia de la cultura renacentista, acrecentada tras el contacto con Alfredo Adolfo Camus, y, concretamente, de Erasmo cuyo Elogio de la locura se encuentra en la biblioteca de Galdós.
Bataillon, José Luis Abellán y otros nos han aproximado al carácter de las reformas religiosas del XVI, críticas con el catolicismo ritualista y superficial y defensoras de la vida interior, es decir, de la conciencia como ámbito de la religiosidad auténtica. En su reciente libro sobre Juan de la Cruz, Rosa Rossi lo dice así: "...aquella soledad profunda era el fundamento necesario para la creación de ese <espacio interior> que es uno de los descubrimientos de la mística moderna" (...) "...en aquella pasión y aquella práctica suyas de la soledad y el silencio había una apremiante dimensión moderna que iba más allá no sólo de la propuesta claustral sino también de la comprensión de la mayoría de las personas que tenía a su alrededor".
La reivindicación de la conciencia, como espacio de creatividad y de libertad, es la base del humanismo moderno que en España adopta la versión del realismo cervantino y la novela picaresca; anticipación, también, de la razón cartesiana, origen de la filosofía moderna contra la que se posicionó el catolicismo oficial, anclado en posturas políticas y filosóficas medievales (orientación que ni siquiera la gran escolástica española de Vitoria, Soto o Suárez fue capaz de cambiar).
La creación de un espacio de heterodoxia o disidencia "sui generis" encontró ahí su semilla de libertad: novatores, ilustrados, liberales, católicos liberales como Fernando Castro y Gumersindo de Azcárate, modernistas (religiosos) como Unamuno hasta María Zambrano, que se vinculó a través de su padre y de sus propias lecturas de Galdós, toda una tradición de heterodoxos a su pesar, de españoles al margen como algunos los han definido.
Al margen, pero con la vista muy en el centro como la tuvo Galdós. Seguramente sin Menéndez Pelayo nos hubiera costado más encontrar la pista de muchos de estos nombres que habrían pasado inadvertidos y que forman un elenco de intelectuales que nos permiten revisar "el problema de España" corrigiendo el prejuicio sobre el secular aislamiento y carencia en nuestro suelo de filosofía o ciencia. La historiografía moderna ha corregido esta percepción en buena medida y con ello parte de la famosa singularidad española se ha esfumado.
Sencillamente, hemos incorporado la España "heterodoxa" y en esta tarea la aportación de Benito Pérez Galdós tanto como su propia recuperación, son fundamentales. El llamado "problema de España" lo era de dualidad: ortodoxia/heterodoxia; tradición/modernidad; catolicismo/liberalismo... mas también de una forma de unidad que no se realizara por exclusión.
Desde nuestra posición actual podemos saber que se ha tratado de un falso problema -en términos positivos- pero, no por eso, menos real y crudo por ser un mito. Posiblemente, el arte mucho ha tenido que ver con su construcción y a través del arte había que contribuir a disolverlo.
Miembro insigne, pues, de la España heterodoxa dedicó, al menos, veinte años de su vida a denunciar las raíces del problema y a mostrar -estéticamente, como él podía hacerlo- la forma de superarlo, es decir, de integrar ambas partes. La plenitud es alcanzada por el Galdós dramaturgo al lado del novelista, desde los noventa hasta el final de su vida, utilizando técnicas realistas y modernistas que le permiten resaltar el papel liberador de la conciencia sin descuidar la atención a los hechos históricos. La coherencia entre doctrina y técnica literaria queda así, también, patente.
No es casual, pues, que, antes de cualquier otra consideración, hayamos de ver a Galdós como el gran renovador de la novela y el teatro españoles. En este sentido forma parte de una orientación que podemos ya ver consolidada en Larra (quizá iniciada con nuestros liberales de comienzos de siglo como Quintana) quien supo ya ver la importancia que la literatura tiene en la vida de un pueblo. Clarín fue de los primeros en darse cuenta de esta renovación del lenguaje como vehículo de ideas y de la vía abierta por la que después transitaron Alarcón, Valera, Giner, González Serrano, Manuel de la Revilla, el propio Clarín y Pérez Galdós.
De los distintos géneros, la novela comenzó a perfilarse como central, bien por razones psicológicas como apuntara Valera (aquello de nuestro genio natural); bien por otras razones que tienen más que ver con problemas de conciliación entre elementos opuestos. Estamos hablando de un género que permite, frente a la violencia del concepto, por utilizar la expresión zambraniana, la visión irónica como forma de diálogo con otras formas de conocimiento y con la realidad. Pretende con ello conseguir estos dos objetivos: el progreso del pueblo, es decir, en clave liberal, la construcción de una clase media y la renovación nacional. "Esperemos -había escrito Larra- que dentro de poco podamos echar los cimientos de una literatura nueva, expresión de la sociedad nueva que componemos, toda de verdad, como de verdad es nuestra sociedad, sin más reglas que esa verdad misma, sin más maestro que la naturaleza, joven, en fin, como la España que constituimos".
Todavía antes de 1868 (donde se concentra toda esta fermentación y se crean las condiciones de la gran renovación de la novela que se inicia en 1870 con la publicación de La Fontana de Oro), escribió Giner unas Consideraciones sobre el desarrollo de la literatura moderna (1862). Ahí exponía estas dos ideas: a) "Suprímase la literatura de un pueblo y en vano se apelará para reconstituir su pasado a su historia política, muda armazón de sucesos, esqueleto que no reviste la virilidad de la musculatura ni anima el vivificante calor de la sangre; estúdiese aquella y los más remotos tiempos y las generaciones más olvidadas se nos presentarán con toda la pompa de sus grandezas, con todas sus miserias, con todas sus aspiraciones, con todos sus extravíos." b) "Divorcio funesto es siempre el de las literaturas popular y reflexiva; y cuando en vez de marchar unidas y alimentadas por unos mismos principios se apartan y contradicen, degenera esta en insípida y convencional, perdiendo cuanto puede hacerla duradera e interesante en todos los tiempos, y se aísla aquella en una esfera reducida y menospreciada, tuerce el curso natural de su vida y engendra a lo sumo groseras producciones que no pueden aspirar a influir sino en las últimas clases de la sociedad".
Precisamente ese es el año de la llegada de Galdós a Madrid para matricularse en la Facultad de Derecho. Pronto tuvo oprtunidad de conocer a Giner y a los demás krausistas que dominaban el panorama intelectual madrileño, incluidos el historiador Fernando de Castro y el profesor de literatura clásica Adolfo Camus ya mencionados. En el ambiente del Ateneo, en las redacciones de los periódicos y en la calle, donde presenció protestas estudiantiles y la sublevación del cuartel de San Gil, fermentaron lecturas muy heterogéneas que le dieron a conocer el estado precario de un género que necesitaba una renovación profunda. Ortiz Armengol en su voluminosa biografía de Galdós nos recuerda algunos de los autores que Galdós frecuentaba por estas fechas: Balzac, Víctor Hugo, Goethe, Poe, Irving, Dickens y algunos clásicos como Homero y Virgilio.
Los diagnósticos sobre la situación cultural española los encontramos en sus colaboraciones periodísticas o en las revistas de la época, principalmente la Revista del Movimiento Intelectual de Europa, y, más aún, en el periódico La Nación. Muchas de las claves para entender cómo se orienta la renovación estética a partir del final de esa década están ya aquí apuntadas: atención a la tradición nacional y a las propuestas de los países vecinos por igual; esto junto a la necesidad de practicar el arte de la observación de lo que sucede y sin perder el sentido moral de lo que nos rodea.
Con Galdós alcanza esta reflexión su madurez en 1870 en el Prólogo que puso al libro de Ventura Ruiz Aguilera, Proverbios ejemplares y proverbios cómicos y que tituló Observaciones sobre la novela contemporánea en España. Ahí quedó expuesto un programa estético al servicio de la reconstrucción del país sobre la base de las clases medias: frente a la vieja novela que llama de impresiones y movimiento, una novela que se comprometa con la verdad de los hechos.
Valgan estos tres fragmentos donde seguramente se condensa lo más sustancial de su propuesta:
"El gran defecto de la mayor parte de nuestros novelistas, es el haber utilizado elementos extraños, convencionales, impuestos por la moda, prescindiendo por completo de los que la sociedad nacional y coetánea les ofrece con extraordinaria abundancia."
La sociedad actual, representada en la clase media, aparte de los elementos artísticos que necesariamente ofrece siempre lo inmutable del corazón humano y los ordinarios sucesos de la vida, tiene también en el momento actual, y según la especial manera de ser con que la conocemos, grandes condiciones de originalidad, de colorido, de forma."
"Nada de abstracciones, nada de teorías; aquí sólo se trata de referir y de expresar, no de desarrollar tesis morales más o menos raras, y empingorotadas; sólo se trata de decir lo que somos unos y otros, los buenos y los malos, diciéndolo siempre con arte. Si nos corregimos, bien; si no, el arte ha cumplido su misión, y siempre tendremos delante aquel espejo eterno reflejador y guardador de nuestra fealdad"
Quizá se olvida el grado de madurez que este pensamiento alcanzó en Galdós si se dejan de leer las palabras finales de Marianela. Ahí toma conciencia del verdadero papel del novelista capaz de descubrir la verdad profunda frente al periodista que sólo ve la superficie. Entonces nos descubre la razón de la novela: "Bastaba leer esto (se refiere a la crónica que para The Times habrían escrito unos reporteros sobre la vida de Marianela) para comprender que los dignos reporteros habían visto visiones. Averiguada la verdad, de ella resultó este libro".
Para entonces Galdós había iniciado su doble labor como novelista de la historia: los Episodios; y del presente: las Novelas Contemporáneas. La sutura de la dualidad había que emprenderla simultáneamente recreando estéticamente el pasado y el presente.
Sobre Trafalgar y los sueños patrióticos pero también europeístas del narrador ya escribí en otra ocasión. Las conocidas como novelas de tesis nos muestran la naturaleza de la dualidad y sus consecuencias así como la insuficiencia del krausismo al intentar superarla. Esa es la conclusión que nos deja La familia de León Roch que, sabemos, disgustó a Giner: mas nos habría valido que León casara con Pepa Fúcar, heredera de industriales, que intentar convencer a la católica María Egipciaca de las bondades del racionalismo armónico.
El naturalismo estético de cuño positivista le sirvió, a continuación, para analizar el problema en otros términos, ver otras dimensiones menos ideológicas del problema: desde los aspectos caracteriológicos hasta los sociales y políticos. El amigo Manso nos permite saber cómo era, por estos años, la forma de enfrentar este problema: Máximo Manso muere reconociendo, lo que es igual, tomando conciencia o sin perder de vista, que las cosas son como son pero quedan al alcance de nuestra comprensión. Es decir, que no basta atenerse a la positividad de los hechos sino que debe buscarse el sentido histórico de los mismos. "¡Que vivan, que gocen! Yo me voy" titula Galdós el último capítulo para describir el estado de ánimo de nuestro protagonista quien, finalmente, consigue poner en orden su razón, la pura y la práctica. Al igual que D. Quijote, una vez recobrada su nombre de pila, su vida como héroe novelesco carece de sentido. Su intachable lección moral ya ha quedado expuesta; que el progreso necesita de los hechos imperfectos, también.
Hacia los años 90 llega la hora de proponer soluciones, por así decirlo. Así lo estudié en mi obra Hombre, Sociedad y Religión en la novelística galdosiana (1888-1905). Pensaba entonces que la sucesión de personajes-protagonistas, desde Angel Guerra hasta Casandra, pasando por Nazarín-Halma y Misericordia completaban este proceso. Hoy creo que el mismo continúa hasta El caballero encantado y su expresión del hombre nuevo. Es una apuesta por la integración de la autonomía de la conciencia (sentido) en términos de un sentimiento moral laico y tolerante y su viabilidad histórica en la sociedad española (fundamento).
La religión, problema y solución, causa de nuestros enfrentamientos pero nervio de nuestra historia, debía quedar reducida a moral social, compartida, sin exclusiones; moral laica, es decir, sostenida por las conciencias, sin pretensiones de constituir una iglesia nacional alternativa, tan inviable como inútil para resolver el problema de la integración. Sin caer tampoco en formas falsas de misticismo caritativo de carácter individual cuya operatividad social termina por ser contraproducente.
Pero la lección debía aprenderse colectivamente y practicarse como pueblo y esto sólo era posible, en el campo del arte, a través del teatro. Por eso, sus últimas obras dramáticas repiten machaconamente, para fijarlas, estas ideas de concordia y de superación de los dualismos.
Quedaba, aún, una última acción donde la historia y el arte -"si mucho deshace el tiempo, más edifica la imaginación", había dicho Galdós- aunaran sus puntos de vista para mostrar al pueblo español que, realmente, la integración era posible porque en el principio fue ya la unidad. Simplemente que esta era de naturaleza diferente a como se nos había enseñado. Sólo así el "problema de España" quedaría realmente superado.
3. El legado de Santa Juana de Castilla.
Esta obra de larga gestación, concebida hacia 1892, en fechas próximas a Angel Guerra donde Galdós "dialoga" con la propuesta de Fernando de Castro acerca de crear una iglesia nacional para mostrar su inviabilidad histórica y lo inútil de tal esfuerzo, está "presente" a lo largo de toda su última etapa hasta su redacción y representación poco antes de su muerte.
Como ha visto muy bien Finkenthal se trata de una obra sobre los orígenes, "un momento de la Historia de España pleno de posibilidades", centrado en 1555, año de la muerte de la reina Juana, poco antes de que el rigor inquisitorial impusiera el absolutismo religioso contra la libertad de cultos y las reformas religiosas. Cuando todavía hubiera sido posible evitar el "problema de España" generado por la reina Isabel a quien Galdós atribuye el "cruel propósito de meternos a todos en comunidad o rebaño, con regla estrecha y absolutamente intolerable."(...) "El litigio -añade- ha seguido dividiendo en enconados bandos a los que, no ya castellanos, sino españoles nos llamamos en el viejo solar europeo, y aun hemos podido obtener sentencia definitiva"(...) "No vio o no la dejaron ver, que si antes de morir hubiera desatado nuestras conciencias, habría hecho más por nosotros que descubriendo cien Américas y conquistando doscientas Granadas".
Pero la recreación estética puede reconciliarnos con la historia. Aún es tiempo de desatar las conciencias, es decir, recomponer nuestra historia religiosa hecha de conflictos; y de reconstruir nuestra historia social y política con la ruptura de las clases populares y las dirigentes. La primera función la cumple esa última escena donde la reina Juana, la princesa con mejor formación humanista de la corte de los Reyes Católicos, a quien la historiografía alemana de orientación modernista del XIX situaba dentro de la influencia erasmista es asistida en sus últimos momentos por Francisco de Borja, el caballero de Carlos V y clérigo-jesuita, doble representante, pues, de la tradición absolutista religiosa y política. Es, precisamente, el jesuita quien reconoce a Juana como santa, ¡Santa Reina!, porque "socorriste a los pobres y consolaste a los humildes sin vanagloriarte de ello, en el seno de Dios Nuestro Padre encontrarás la merecida recompensa". Reconciliación religiosa, en el origen, con anterioridad al nacimiento de las Españas, la ortodoxa y la heterodoxa, que poco después surgirían.
Y la memoria de doña Juana sirve al segundo propósito: el recuerdo de los Comuneros en Tordesillas, que Galdós recrea mediante la ficción estética del encuentro de doña Juana con el pueblo. Pudo haber sido el origen de "otra" historia política y social no absolutista si la reina hubiera firmado la propuesta de los comuneros. La historiografía nos muestra que la rebelión política conllevaba un aliado incómodo: el campesinado (el pueblo) que proponía una rebelión social. Y Juana, si bien aprobaba la postura comunera, no se decidió a firmar contra su hijo con lo cual este salió reforzado. Mas fueron dos meses y medio de libertad, breve sueño para una vida dilatada y una historia larga, que salta en el tiempo mediante la imaginación estética pues... lo que pudo ser, puede ser todavía:
D. Juana.-"Comodidades, no; llaneza, igualdad con el pueblo.
Peronuño.-La Reina está en lo cierto. El pueblo debe gobernarse a sí mismo, en conformidad con la Soberana".
El artificio literario no encubre un aspecto que Galdós había manifestado al menos desde Misericordia y que coincide con innumerables aspectos de esos y posteriores años en la cultura española de la época: la toma en consideración de los valores populares: "A las hegemonías determinadas por los hechos de gesta, sustituye hoy el imperio de la fuerza espiritual, y esta la dan los éxitos del trabajo y la riqueza".
Es el fin de Galdós, anticipación de su muerte, dice Carmen Menéndez. Pero es el comienzo de una esperanza: reconciliación y progreso: "¡Desgraciado el pueblo que no tiene algún ensueño constitutivo y crónico, norma para la realidad, jalón plantado en las lejanías de su camino!", había casi gritado tras el 98.
Que Galdós, en este drama, desvelaba esa norma lo supo ver Manuel Machado en la crítica ya mencionada: "Yo he creído notar en este drama sobrio y fuerte que la mano del genio entreabría las puertas de la gran verdad artística y el estremecimiento de la suprema belleza ha conmovido mi espíritu en ciertos momentos."
Así pues, no es casual que estuviera en su mente durante tanto tiempo (casi treinta años) este personaje de Doña Juana y que este recuerdo acompañara la producción -las novelas, el teatro pero también una buena cantidad de artículos, cartas, etc.) de todo este periodo. Y que, casi con seguridad estos pensamientos orientaran su evolución política y radicalizaran su posición moral.
No estaría, pues, del todo de acuerdo con la conclusión a que llega Peter Bly en su, por otra parte, buen análisis sobre Galdós y el 98. No creo que pueda afirmarse, sin más, que Galdós "fuera un reformador desencantado acerca de las posibilidades de cualquier mejoramiento espiritual en el futuro de la sociedad contemporánea española" aunque el propio autor reconozca que "no por eso dejaba de hacer constar la hipótesis teórica de tal mejoramiento". No es cierto para el Galdós de 1901 cuando, tras preguntarse si hay solución para la anemia del país, afirma que "no perdamos la esperanza de que así sea, porque en las naciones se corrige la anemia más fácil y prontamente que en los individuos: se cura con una fiebre que España padece ahora en altísimo grado, y en el ansia de vivir".
Tampoco es cierto cuando al final de Cánovas proclama en palabras de la Historia: "Sed constantes en la protesta, sed viriles, románticos, y mientras no venzáis a la muerte, no os ocupéis de Mariclío...". El postrer bostezo puede significar fatiga pero no desencanto en el sentido de que hasta el final de su vida hiciera propuestas contra toda esperanza de reforma. Por el contrario, sigue confiando en el poder de la verdad del arte como instrumento moral de transformación. Cuando estrena Santa Juana de Castilla esa fuerza no ha decaído como acabamos de ver.
Es cierto que Galdós sabía bien que la literatura tiene una gran capacidad para dar razón de lo singular y lo cotidiano y hasta de la verdad descarnada de lo humano como admitiera en su Discurso de 1897 pero que, a diferencia de la ciencia y la misma filosofía, ofrece dificultades para convertirse en un pensamiento operativo o funcional. Ahora bien, no se olvide que el final de Misericordia es una apuesta por la unión de la moral que personifica Benigna y la eficacia que simboliza Juliana. Y que el propio Galdós no se quedó en su torre de marfil de escritor. En este sentido contamos ya con bastantes estudios sobre los documentos políticos de Galdós, y Benito Madariaga ha recogido y estudiado los textos de contestación que provocaron en la España reaccionaria estas manifestaciones públicas del novelista. No parece que ya entonces fueran tomadas como propuestas de un desencantado y tampoco lo han parecido después como decíamos a propósito de la recepción posterior del significado de su obra.
Por el contrario, a propósito de su concepción de España, desde el conocimiento que le proporcionaba su historia y la propuesta de futuro que deseó dejar, está muy claro que fue afinando mucho en su análisis hasta comprender radicalmente que el campo donde se habían dirimido todas nuestras luchas y desuniones era el de la conciencia. Y esto en dos sentidos: primero, la recuperación de la libertad que impulsaron nuestros reformadores, incluidos los místicos (véase el significado profundo de Benigna); y, segundo, recomponer la necesaria unidad entre el deber y la actividad que nos hace progresar. Los escenarios de ambos objetivos son el moral (progreso espiritual) y el político (funcionamiento adecuado del parlamento y demás instituciones). Que el arte es insuficiente para transformar este segundo ámbito casi, con seguridad, lo supo muy pronto, pero con la misma rotundidad que estuvo convencido de su enorme potencial respecto del primero. Y este era así porque consideraba que el ámbito moral era, también, una parte importante de la vida política y de la construcción del Estado. Su aproximación al ideal gineriano en el último tramo de su vida me parece evidente, tras someterlo a un proceso de eliminación de adherencias.
Curiosamente cuando, desde los años sesenta ya de nuestro tiempo, se ha producido el despegue económico y social, la integración en Europa, etc., lo que puede considerarse como "la modernización de España" y nuestra particular revolución que ha llevado a la consolidación de la clase media, no han sido las soluciones técnicas o legislativas el lugar de los mayores problemas sino el ámbito de la moral social donde se ha producido el desfondamiento. Si embargo, fue, precisamente, donde Galdós, liberal sesentayochista bajo el lema ya citado de Prim, puso mayor énfasis. De ahí la crítica al canovismo: ejemplo de constructo político (anticipador de las soluciones tecnocráticas) con un Parlamento formado por el "montón grande la mayoría conservadora y el montón chico de la minoría liberal dinástica, sin olvidar unas cuantas figuras sueltas sacadas de las urnas o de los cubiletes con un fin ornamental y pintoresco" (...) "espléndida mentira de la Soberanía Nacional". Por eso no duda en parafrasear el artículo 11 de la Constitución de 1876 en unos términos que no deben pasarnos desapercibidos: "Todo ciudadano será molestado continuamente por sus opiniones religiosas y por el ejercicio de su respectivo culto, conforme al menosprecio debido a la moral universal". No parecen quedar muchas dudas al respecto de por donde se orientaba la percepción galdosiana del llamado "problema de España" y hacia donde debía caminar la solución.
4. Consideración final
Así pues, el tema de España no es ni mucho menos patrimonio exclusivo del 98 ni los escritores finiseculares fueron los iniciadores de las reformas de la España contemporánea como si no hubiera una hilo conductor con la Ilustración del XVIII (que no pasó desapercibida al propio Galdós). En este sentido, la opinión sostenida por Diego Núñez, vinculando el pensamiento regeneracionista con la Ilustración, me parece que corrige sustancialmente la óptica desde la que se ha leído a estos autores. Galdós fue un contemporáneo de Costa y Picavea. Al primero se refirió en el último de los artículos que envió al periódico La Prensa de Buenos Aires ya en 1901 señalando que su "labor ardua, generosa, absolutamente desinteresada, nos abre horizontes de esperanza en medio de esta cerrazón que envuelve los desmayados caracteres de nuestra época". Con el segundo es casi seguro que compartía su tesis del austracismo pero no sabría decir con qué radicalidad pues no recuerdo haber leído ningún texto donde se hable de Picavea
Puede discutirse si su sentimiento sobre España quedó en esta propuesta moral y pedagógica, estética en el caso de Galdós, que fue incapaz de articularse políticamente. En todo caso tuvieron claro que sin moral social no hay progreso y nuestro canario ilustre se esforzó por sedimentarla. Y esto es ponernos en la senda de la Ilustración representada en España por Jovellanos, Campomanes, Quintana y otros cuya herencia europea no fue ajena, en absoluto, a Galdós.
Los noventayochistas (con la excepción de Unamuno a este respecto), considerando que todo lo anterior a ellos era viejo y caduco, apenas tuvieron sensibilidad para atender lo que significó la generación que les precedió. A cambio produjeron la sensación de que la reflexión sobre España comenzaba con ellos, operación que fue aprovechada, como sabemos, por ciertas lecturas interesadas de los años cuarenta y cincuenta. Han tenido que ser hispanistas desde Francia y Estados Unidos (por más que se puedan criticar algunas orientaciones recientes) quienes tuvieron la capacidad de recuperar el significado de la obra galdosiana como profunda reflexión no, precisamente, sobre el ser de España sino sobre la conciencia de los españoles en cuyo anudamiento ha consistido buena parte de nuestros problemas. Hablar de España, pues, era, sencillamente, hablar de cómo quitar el nudo.
Si Galdós hubiera escrito en nuestros días lo habría definido sencillamente como un problema cultural, en el que hoy consideraríamos sentido europeo del término. No creo que este diagnóstico pudiera considerarse viejo. La miopía ha sido de otros porque Galdós y los contemporáneos de su generación en su esfuerzo por la renovación de la literatura ya mostraron que su esfuerzo se dirigía a la "universalización (¿podríamos hablar de europeización?) de España".